jueves, 11 de marzo de 2021

24. Nunca supe apreciar los dones de que estabas dotada…

 Pachuca. Mayo 6 de 1917.

Todos los días y a la misma hora pasaba una morenita muy agraciada por el jardín de la torre en donde solíamos perder el tiempo esperando a que salieran a las muchachas de la Escuela de Comercio.

Victoria, así se llamaba. Era una morena menudita de rostro muy agraciado, su pelo corto, le acortaba más la edad y la hacía verse más bonita.

«¿Quién es esa chamaca?» pregunté. «Es la hermana de Héctor, nuestro compañero de estudios» respondieron mis amigos. «No me acuerdo de él, pero la hermana me gusta y me lo voy a declarar». «¡A que no lo haces mañana cuando pase!», me retaron. «Mañana lo veremos» dije.

Se habían reunido más compañeros de los que ya estudiaban Filosofía y nos nombraban jueces de su discusión sobre “qué es la mujer sobre la tierra”. Se juntaba el hambre con las ganas de comer, porque no sabíamos nada de Filosofía, pero si podíamos opinar y darnos pisto de enterados; pues gracias a que teníamos, yo principalmente, la costumbre de leer, pudimos salir airosos y dejar pasmados a mis compañeros.

La mujer, les decía yo, ha tenido sobre la tierra “pros” y “contras”, yo soy partidario de la mujer, porque en primer lugar sin ella no existiría nadie. El pobre de Adán se las hubiera pasado negras en el paraíso, por eso Dios no queriendo que Adán se aburriera, de una costilla le hizo a Eva, que si bien es cierto que lo hizo caer en el pecado fue tan dulce este, que creo que Adán no se comió una manzana sino docenas de ellas…

Ahora, “los contras” son misóginos por dos cosas: porque son muy feos y nadie los quiere o porque no son hombres. Entre los primeros tienen ustedes a Schopenhauer que tenía cara de macaco, a Diógenes que era viejo, feo, asqueroso y presumido, sin embargo y a lo que decía una vez que vio colgada de un árbol a una mujer “ojalá que todos los árboles dieran los mismos frutos”, se sabía a trasmano que tenía relaciones con la prostituta más bella de Corinto. Entre los segundos tenemos, para qué hablar, pero Platón, Homero, Aquiles, Virgilio, etcétera, no se casaron ha de haber sido por algo.

O como decía Severo Catalina del Amo: “la mujer es todo: afirmación Suprema. La mujer es nada, negación suprema. La mujer es la mujer; síntesis de la síntesis”. Poniéndose en un término medio deberíamos aceptar la tercera, que es la que se apega más a la razón humana, pues con eso damos a entender todo y el todo no es la nada.

Napoleón hablando de la mujer decía: “una mujer hermosa agrada a los ojos, una mujer buena agrada al corazón. La primera es un dije, la segunda es un tesoro”.

Aún más, Severo Catalina añadía la opinión de Napoleón: “lo que a la belleza del rostro adune la belleza del alma y a los encantos de la naturaleza, los de la virtud, bien puede pasar en la tierra como como un trasunto del cielo”.

Si a Homero, Virgilio, Platón, Schopenhauer, no gustaron de las mujeres por dedicarse a la ciencia fueron unos tontos y me pongo del lado de Manuel Acuña Flores cuando en un verso decía:

Fragmento de Rasgo de buen humor:


¿Y qué? ¿Será posible que nosotros

tanto amemos la gloria y sus fulgores,

la ciencia y sus placeres,

que olvidemos por eso los amores,

y más que los amores, las mujeres?

Yo, al menos por mí, protesto y juro

que si al irme trepando en la escalera

que a la gloria encamina,

la gloria me dijera:

—Sube, que aquí te espera

la que tanto te halaga y te fascina;

Y a la vez una chica me gritara:

—Baje usted, que lo aguardo aquí en la esquina,

Lo juro, lo protesto y lo repito:

Si sucediera semejante historia,

a riesgo de pasar por un bendito,

primero iba a la esquina que a la gloria.

 

Acabando de recitarles estos versos al auditorio y dejarlos lelos con tanta explicación pasó mi encantito, y sin más los corté, me fui tras ella hasta alcanzarla en la esquina del Banco Hidalgo.

«Buenas tardes, señorita». «Buenas tardes, señor», respondió. «Quizá usted no se figure cuál es el objeto de mi atrevimiento, pero sépase usted que la simpatía que ha despertado en mí desde que la conocí ha llegado al máximo y se ha transformado en un amor sincero, el cual he venido a declararle, esperando verme favorecido cuando menos por sus esperanzas».

La chica estaba atontada, no sabía qué contestarme y yo creo que en su lucha interior no se atrevía a decirme que no, porque también le simpatizaba, hasta que por fin me dijo: «No creo que así tan de pronto sienta un amor como el que usted dice por mí». «Señorita, el amor repentino es el bueno, porque el amor que se estudia y se medita ese no es amor, es cerebralidad». «Pero es que yo no he tenido un novio». «Mejor para mí, porque la encuentro como una Virgen pura sin las malicias de todas esas mujeres coquetas que nunca me han gustado». «Yo quisiera que nos tratásemos unos días para ver si nos comprendemos». «Pero si ya nos comprendemos, ¿que no se ha fijado en que ya tenemos una hora de estar platicando? ya somos casi novios no falta más que usted diga sí». «¿Y si le dijera que no?». «Me moriría de pena». «Pues no se muera, viva porque sí le correspondo». «Gracias, gracias, no esperaba tanto de usted. Soy el más feliz de los mortales… ¿nos vemos cuándo?». «Todos los días a la entrada y salida de la escuela, estoy en el plantel del profesor Gallo Suárez…». «Gracias y hasta la vista…».

El gusto me embargaba, tenía ganas de correr y creo que lo hice porque llegué muy agitado hasta donde habíamos tenido la discusión respecto a la mujer y casi les grité «Ya es mi novia». Esa manera de gritar me recordó al geómetra Arquímedes cuando salió desnudo gritando eureka. Hasta mis amigos se rieron y de paso no me creyeron nada de lo que les decía.

Mis amigos aún hablaban de la mujer y yo en mi optimismo le repliqué diciéndoles: «nada de filosofías, nada de nimiedades, los filósofos y los sabios son unos adocenados que no saben apreciar ese bello don que la vida nos ha creado… “el amor” … ¡oh! ese Eros es el más bello de los dioses del Olimpo y su madre la mujer más adorable…».

Con mi alegría se terminó la discusión y se aceptó que los sabios eran unos imbéciles porque no hacían más que martirizarnos con sus estúpidos conocimientos.

Al día siguiente nos vimos en la mañana, a mediodía y en la tarde, y así muchos días. Hasta que un día nos encontró Héctor, su hermano, pero no se atrevió a decirnos nada, después cambiamos la hora de la cita a las 7:00 de la noche en su casa, en las calles de Reforma. Ya para este tiempo mi amigo del alma era novio de la hermana como el destino y la amistad nos hacía andar siempre juntos.

Por ese tiempo otros amores me hicieron inventar un pretexto y enojarme, o al menos aparentar el disgusto. La causa fue que un compañero, sin saber que era mi novia, se le había declarado y yo lo había visto, y ella se había dado cuenta. Un día que la encontré después del enojo no le hablé y ella me escribió la siguiente carta:

Mi bien amado Severino mío:

No creas que al dirigirte esta lo haga en espera de una satisfacción; lo único que ruego, que exijo de ti, es una reparación a causa del daño que me has hecho: en primer lugar voy a hacerte ciertas preguntas a las que te ruego contestes sin embates y con la mayor sinceridad y franqueza posibles; pero hazlo de modo que sin mentir y basándote sobre todo, en la certidumbre de los hechos, no me ofendas más con una suposición tuya; de manera es, que, piensa y reflexiona bien cada una de las interrogativas que te dirijo y las cuales hago porque es necesario a mi amor propio, casi ofendido, humillado casi; y después te vuelvo a suplicar, me respondas con toda verdad ciudad posible.

Pero ahora vamos a los hechos: en primer lugar sin que yo hubiera cometido ninguna falta, sin que hubiera desmerecido en lo más mínimo tu cariño y solamente fundándote en sospechas y mentiras, falsas como calumnias y maledicencias, inventadas tal vez por algún infame, que no teniendo valor suficiente para insultarme cara a cara, ¡lo hace ruin y cobarde!, ¡lo hace a mis espaldas! sin que yo lo sepa y se dirige a ti, porque tal vez ¡infame! comprende que yo sabría defenderme si se hubiera atrevido a mí. Si Severino mío, se dirige a ti porque comprende que yo a ti no te puedo hacer ni decir nada, porque ante ti se estrella mi orgullo y me quedo anonadada, ¡y perdóname!... ¡hasta llego a humillarme! pero me defiendo… y tú Severino mío inocente y crédulo has creído cuanta mentira te contaron, has creído y te perdono aunque me hayas desgarrado el alma con tu credulidad, has creído, repito, que yo te había engañado; que te dejaba de amar; que yo amaba a otro… que… en fin, que mi corazón ya no te pertenecía,  cómo es posible que dices, y creo que me estimas, hayas dado crédito a semejante mentira fraguada, tal vez, por algún envidioso de mi dicha ¿cómo es que tú cuyo corazón me pertenece haya siquiera imaginado tal abominación?, ¿en qué te fundabas?, ¿tenías acaso alguna prueba positiva de tal engaño? ¿o acaso me habías dejado de amar y pensabas que yo al saberlo al recibir tu desprecio te correspondería con un desprecio vil a trueque del amor puro que hasta entonces te había brindado…? ¡Cuán equivocado estabas! ¡mil y mil veces estabas en un error! Ante todo, eran calumnias y mentiras cuánto te habían dicho y estoy dispuesta a darte una satisfacción como delante de la persona… ¡qué digo! de la víbora que se atrevió a mentir sin comprender… ¡infame!… que tú al creerlo, disminuirías a un tanto tu afecto hacia mí, y que esa porción de cariño que villana e indirectamente me robaba, hacía falta en mi corazón.

En segundo lugar, sí ya no me amabas y todo lo que te dijeron contribuyó a tu enojo, fue un absurdo esto último porque no tenías ningún fundamento serio en que basar tus sospechas y suposiciones. Por último, cierta ocasión que nunca olvidaré me encontraste, me viste perfectamente y yo a ti también, ¿por qué pues no me saludaste? ¿que acaso era yo indigna de recibir tu saludo ya que no tu amor? ¿por qué obraste de esa manera? ¿qué crees que en esa vez no me humillaste? si otra persona hubiera sido, casi estoy segura de que no que volvería a hablar… pero yo… ¡insensata! el amor me ha secado y no sé si tú aún te dignes amar todavía a la que has ofendido casi. ¿Ya que no mereció el saludo merece aún el amor? yo creo que si aún lo merezco, porque mi conciencia no me acusa de haber cometido más falta que la de haberte querido con el alma, con toda la pasión con que pudo amar mi virgen corazón; porque nosotras las mujeres, nuestro corazón se forma repentinamente de un momento a otro, nos vamos trocadas de niñas a mujeres y ahí tienes, Severino mío, porque el tierno corazón de una niña invulnerable e indiferente a todo lo que no concierne a su alegría infantiles, se ve momentáneamente, cambiado completamente y entonces es cuando empieza a ser mujer y ¡ay de ellas si obedece a las fogosas pasiones de su virgen corazón! Sucumbe, baja por la pendiente resbaladiza donde la coloca en las pasiones y no encuentra obstáculo ni hay razón que pueda detenerla en el fatal camino a donde la dirige su corazón.

He aquí, porque la única falta de que me acusó, si es que falta puede llamarse a la obediencia estricta al corazón apenas empezado a formar.

Los hombres empiezan a amar por único pasatiempo, por vanidad; es muy difícil en un hombre saber cuál fue su primer amor, porque empieza por frivolidad y acaba por pasión; pero en el intervalo del pasatiempo son muchas las bellas favorecidas, mientras que en las mujeres nos basta, con saber quién es el ídolo, el caro bien amado y aunque antes haya habido otros, o después haya más, téngase la certidumbre de que, aunque el mundo entero se opusiera, a nadie había de amar sino a él; sí Severino mío, yo estoy en este caso; a ti y únicamente a ti te amo y he amado… me has humillado y te perdono… has sospechado de mí y también te perdono porque tú no eras el culpable, obedecías a tu dignidad que creías ofendida y a un infame que te engañaba, pero esto creo que no fue motivo para que dejaras de saludarme.

Ahora te voy a pedir un favor muy grande que espero que me concederás: dime quién fue el que tan vil y villanamente te engañó y me ofendió, espero no me negarás este último favor que yo te pido.

Tú encendiste la llama de mi corazón y por eso te amé, ahora aunque todos se opongan, no es nada fácil apagarla y te amo y te amaré hasta que cese el último de los latidos de mi pecho…

Con bastante sentimiento.

Tuya.

Victoria

«¿Qué te parece Ruperto?, ¿no crees que estoy obrando como un canalla?». «Yo te lo decía, que ese pretexto salía a veces contraproducente y es lo que te ha pasado por no seguir mis consejos». «Y ahora me arrepiento de verdad, porque Victoria es tan buena que si yo le hubiera hecho más cosas, tenlo por seguro que más me querría; ¿ahora qué debo hacer para hablarle? ¿con qué cara me le voy presentando?». «No seas tonto. Dile que su carta te convenció y que nada ha pasado, así que tú quedas en tu lugar y ella contenta. Ten la seguridad que te espera con los brazos abiertos».

Esa noche soñé con el poeta:

Tu llanto

Te quise más, al ver, dulce bien mío,

que a tu carita se asomó el quebranto

y a tus ojos las cuentas de rocío

del diáfano veneno de tu llanto.

Te quise más, con un amor inmenso,

pues llorando ante mí, fuiste sincera,

de sólo recordarlo me avergüenzo…

¡Yo no valgo una lágrima siquiera!

no valgo tu dolor… tan solo anhelo

haber sido la seda del pañuelo

con que enjugaste el llanto de tu cara…

 

Como me lo dijo mi amigo salió. Pues tan luego como se dio cuenta de que la esperaba en las afueras de su casa salió rebosante de alegría y con besos acompañados de lágrimas me decía: «verdad que soy inocente de cuánto te contaron». «De eso ya ni que acordarse, basta con tenerte entre mis brazos para olvidarme de que existo en el mundo». «¿Qué tanto me quieres?». «Eso y más…». Y felices nos besábamos hasta la tortura.

Pasó más tiempo y nuestras relaciones seguían un ritmo acompasado, es decir, con sus ondulaciones, porque mi espíritu aventurero no se amoldaba a esta inercia amorosa, principié a faltar bajo cualquier pretexto que ella creía o no. Yo la quería lo mismo que el primer día pues su bondad hacía que mi afecto no se aminorará en lo más mínimo.

Durante el largo tiempo que duraron nuestras relaciones fueron, como ella me decía, muchas las bellas favorecidas con mi falso amor; pero ella siempre fue la preferida.

La quiero o no la quiero… era el dilema en que me encontraba metido y no le daba una solución satisfactoria: «Indudablemente que la quiero porque si no lo fue para así no sentiría satisfacción y ese bienestar al estar a su lado». Pero mis deslices, a veces, mi desapego, los otros amores que tenía, ¿no denotaban una falta de amor? claro que sí entonces ¿la quería o no la quería? y a decir verdad hasta la fecha no lo sé. ¿O no era amor que yo sentía por ella y ese afecto que yo le dispensaba era nada más una complacencia amorosa? Yo no era capaz de faltarle en lo más mínimo cuando ella estaba presente, en cambio cuando estaba solo con los amigos me llegaba a olvidar de ella no sólo por horas sino hasta por semanas. Durante ese tiempo no sentía inquietud, ni ansia, por su ausencia y sólo en su presencia la acariciaba con gusto y hasta con satisfacción.

Fuera lo que fuese, nuestras relaciones se fueron enfriando, al menos por mí parte y por ella yo creo que la resignación le dio la tranquilidad, aunque su amor por mí no creo que haya decaído, pues bastaba mi presencia para que ella enloqueciera de alegría; pero un buen día se me antojó ya no volver y no volví hasta pasados ocho meses en que mi amigo y yo, no teniendo que hacer pasamos por la casa de nuestras novias y se nos antojó entrar a visitarlas. Las encontramos y nos recibieron, sobre todo a mí, como si no hubiese pasado tanto tiempo sin vernos. Nos despedimos pronto y salimos no sin notar alguna inquietud de parte de las dos hermanas.

«A mí se me figura que hay gato encerrado y que ya nuestra ausencia les hizo buscar nuevos amores», le decía yo a mi amigo. «¿Y qué nos importa? ¿acaso no tenemos nosotros también nuevos amores?». «Tienes razón, pues sería injusto no concederles también el mismo derecho, lo que no me explico es que si ya los tienen porque ese recibimiento». «De eso no te extrañe, algo debe de sobrar de nuestros antiguos amores y que si ya los tienen tenemos el derecho de primacía. ¿Quieres que vayamos a convencerlos mañana por vía de esport?».

Al día siguiente nos convencimos de que en realidad ya tenían nuevos novios, porque cuando llegamos a la puerta ellas corrieron hacia adentro de su casa y ellos se siguieron, nosotros que ya teníamos confianza entramos y nos sentamos como si no hubiésemos visto nada… esa noche entre caricias y caricias, ella se hubiera entregado a mí, pues estaba dispuesta a todo; pero yo, pensando en su porvenir truncado por un rato de obnubilación me detuve y no volvimos a vernos más…

Tiempo después supe que se había casado, no supe con quién… mucho tiempo después, ya siendo médico, se me presentó llevando a una criatura en los brazos para que le hiciera el favor de tratarla de unos granos. Yo la traté con la amabilidad con que se trata a los viejos amigos, más aún cuando se trataba de una mujer. Ella me ocultó su desgracia, pero en la cara se lo reconocí, pues aparte de los años, las huellas del sufrimiento le saltaban a la cara. Se empeñó en pagarme la consulta que yo no quería aceptar, se despidió de mí y no volvió a mi consulta y en la calle hacía lo posible por no verme la cara... seguramente, habrá o sabrá que, aparte de que noté su desgracia ahora la sabía perfectamente, la prueba es que ella trabaja y sufre en silencio cómo debe sufrir toda buena madre…

 


miércoles, 3 de febrero de 2021

Te recomiendo a Niccolò Ammaniti

La primera vez que escuché hablar de él fue por la novia de un amigo. Ella, italiana y docta en el mundo de la cultura de su país, me comentó que Niccolò Ammaniti era un escritor al que debía de leer. Recuerdo que hablábamos de novelas con sentido del humor y cuando fui a buscarlo a las librerías aún no estaba traducido al español. Por supuesto que no me iba a atrever a leerlo en mi precario y penoso italiano que llega apenas a nociones de… Fue hasta, quizás, diez años después que encontré casi toda su obra traducida y comencé a leerlo. El primero de sus libros que devoré entre risas y nervios fue Que comience la fiesta. Luego, seguí con Anna, el cual me produjo una sensación apocalíptica que se adecua a esta pandemia que vivimos. No tengo miedo, me pareció una historia estremecedora en muchos sentidos de la palabra. Finalmente, Como Dios manda, me transportó a las vivencias conmovedoras, y a la vez degradantes, del lumpen noritaliano.

Ahora mismo, empatizo con Lorenzo, el personaje de Tú y yo, la novela que no tardaré más de un día en terminarla.

Aún quedan más novelas de Niccolò Ammaniti por leer, así como espero que él tenga muchas más por escribir. 

Si eres un lector exigente, como si no lo eres tanto, te invito a leerlo, te aseguro que no te decepcionará.



lunes, 21 de diciembre de 2020

#unaNavidaddiferente

 Toque de queda

 Walter Arias

En ese año, las navidades no solo eran frías, sino que el ambiente concentraba la sensación de derrota de muchos que echaban de menos a sus seres queridos que no estarían para celebrar las fiestas. Las calles se encontraban vacías porque el gobierno, dos semanas antes, decretaba el toque de queda con tal de hacer frente a la ola de contagios de un nuevo virus respiratorio. Joaquín Villegas buscaba una callejuela, no tan fría, donde hubiese chimeneas para sentarse a comer un pan con mantequilla y jamón que le había dado una vieja caritativa a la salida de la iglesia. Desde hacía once meses que dormía en la calle y aquella noche en los refugios para indigentes no cabía ni un alma más.

Había apostado todo a ser escritor y fracasó; el banco se había quedado con su casa y él sin siquiera un amigo o un familiar que lo consolase. Estaba solo, aunque se decía a él mismo que el próximo año alguien iba a descubrir su talento y estaría rodeado de lujos, abundancia, admiradores, gente que lo reconocería a simple vista para pedirle su autógrafo. Pero, por ahora, debía tragar sapos y esperar a que pasara esa mala racha. Lo peor del virus era que la gran mayoría de la gente se había vuelto desconfiada y egoísta; y si él les contaba su historia, y su caída en desgracia, lo tildaban de loco al verlo con la ropa sucia y rota. Siempre se quedaba con las ganas de hablar cuando todo el mundo le rehuía.

Los adornos navideños iluminaban su paso y creía que esa noche él no existía para nadie, pues nadie lo veía. La ciudad callaba, sus habitantes estarían resguardados en casa por órdenes de las autoridades, hasta que escuchó unos gritos:

          ─¡Alto ahí! ─se giró y vio a un par de policías que venían hacia él. Apuró el paso sin perder la calma. Uno de ellos le asestó un golpe con su porra en un hombro. Joaquín Villegas gritó de dolor y del susto. Conocía el comportamiento de aquella policía asesina que tenía órdenes de limpiar la ciudad y más si se trataba de un estado de excepción. Corrió con todas sus fuerzas apretando en sus manos la bolsa con su comida. Sus perseguidores le pisaban los talones hasta que pudo esconderse tras una verja cubierta de maleza proveniente de los jardines de las casas ricas de la zona. La respiración se le escapaba y comenzó a toser. Los jadeos y la falta de aire lo hicieron desplomarse en la acera. Los uniformados vieron cómo se retorcía y parecía que se asfixiaba.

          ─Vámonos de aquí, compañero. ¡Dejemos a este muerto de hambre palmar solo! Seguro que tiene el virus. ─Ambos agentes se taparon la cara con la mano y lanzaron una mirada de asco. Al tiempo que se alejaban, Joaquín Villegas retomó energía y comenzó a correr de nuevo. Los policías se dieron cuenta y volvieron con las porras desenfundadas a cazarlo. Cuando sintió de nuevo que las piernas ya no le respondían y respiraba con más dificultad se dio por vencido. Iba a levantar las manos en señal de rendición, cuando escuchó que alguien lo llamaba con una especie de silbido. Un gran adorno iluminado en forma de Santa Claus, que se había desprendido de los cables, lo cubría de la vista de los perseguidores. Miró a su alrededor y entre una tubería larga y ancha de un edificio en construcción distinguió un par de ojos que brillaban con el reflejo de aquel Santa Claus caído. Sin pensarlo entró en aquel pasadizo y una mujer en harapos y con la cara llena de hollín le susurró:

          ─Aquí estarás a salvo. Este es un buen lugar para esconderse. ─Joaquín, poco a poco retomaba el aire y veía con más claridad a aquella mujer, de quien pensó que en algún momento de su vida pudo haber gozado de una vida digna.

          ─¿A ti también te ha perseguido la policía? ─la cuestionó. Ella asintió y dejó ver su pelo sucio y las manos negras de tierra con la penumbra. Se adentraron hasta donde la luz del Santa Claus ya no se colaba─. ¿Desde cuándo vives en la calle?

          ─Ya no recuerdo ─dijo ella.

          ─¿Sabes que hay un virus contagioso y que hay toque de queda en todos lados? ─continuó él.

          ─No sé nada. Hace mucho tiempo que no sé nada.

          ─¿Pero sabes que esta noche es Noche Buena? ─Ella lo miró con indiferencia─. No tienes por qué estar triste. Yo también estoy solo en esta ciudad.

          Joaquín sacó el pan con mantequilla y jamón y lo partió en dos. La chica tomó un pedazo y comenzó a devorarlo. Él la miraba mientras también comía su parte. Al menos les quitaría un poco el hambre de esa noche.

          ─ Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Joaquín Villegas, soy escritor, solo que nadie me cree. Lo perdí todo, porque así es este mundo: fariseo, injusto, prosaico e incomprensivo. Aunque estoy seguro de que el próximo año todo cambiará y alguien reconocerá mi talento. Ya verás, todo será mejor, te sacaré de esta miseria en la que estamos ahora mismo y serás mi secretaria. ─Ella lo miraba con humedad en los ojos─. Porque sabes leer y escribir ¿no? ¡No me mires así, no soy un demente! ─dijo gesticulando con las manos─ ¡Feliz Navidad querida amiga! o más bien, ¡feliz Nochebuena! ─Los dos sonrieron mientras masticaban el último bocado de su cena navideña.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Fragmento: El estampado perfecto

 

 

PRÓLOGO

 

 

F

rancisco Iglesias i Capdevila conoció a su hijo, el Francisquet, dos semanas después de que Josefa Vila lo diera a luz. Fue en abril de 1785 cuando Francisco viajó desde Cádiz a Barcelona para el bautizo en el templo de Sant Just Pastor. La suavidad de la primavera mezclaba la humedad con las brisas saladas que daban un aroma particular a su ciudad que no tenían otras; los viandantes habían dejado la ropa de lana y comenzaban a lucir las prendas de algodón.

Aún no se cumplía un año de la muerte de su padre Oleguer Iglesias, el estampador de indianas que durante décadas había pintado telas de algodón y lino, y de la aparición de aquel italiano en el velorio, que se había convertido, sin saberlo, en la primera señal por la que Francisco Iglesias dejaría su natal Barcelona para siempre.

 

  

                                               


                                               

PRIMERA PARTE


Capítulo I

F

ue entrado el verano cuando los cuerpos sudorosos cargaban el ambiente de aromas agrios y tristes. La calle de las Trenta Claus estaba oscura y desierta. Olía a maderas y a agua estancada. Francisco y sus hermanos se consolaban mientras la madre sollozaba y los vecinos compartían su dolor. El italiano miraba la reunión desde la puerta e incomodaba a Francisco y este vigilaba sus manos huesudas que sostenían el sombrero de ala ancha que se había quitado ante el dolor de la muerte. Francisco se acercó a su hermano mayor, Oleguer el más ecuánime de los tres, y le señaló con la cabeza al extraño aquel. El primogénito dio un paso adelante y cruzó la mirada por segundos con los ojos verdosos del visitante.

─¡Vete con mi madre! ─ordenó─. Una mezcla de confusión y miedo se apoderó de Francisco quien abrazó a su madre y a Antón, el menor de los hermanos, viendo al primogénito descender por las escaleras junto con el extraño del sombrero.

─¿Cómo se atreve a venir aquí, precisamente hoy? ─dijo Oleguer ya en la calle.

─No tenía opción ─respondió con acento lombardo.

─¡Le pagaré todo lo que se le deba, pero ahora márchese!

Dificile… debo llevarme alguna garantía o mi amo se picará conmigo.

─¿Qué quiere? ─empuñó las manos sudorosas.

─El acta de propiedad de la fábrica, por ejemplo ─contestó con seriedad el italiano.

─¡Imposible! ¿No basta con mi palabra? ─Oleguer mostró rabia y presentía que no se quitaría de encima los problemas económicos tan fácilmente.

─Las palabras no son suficientes para un maltés. Si no, dígamelo a mí, que las palaras me sobran ─dijo con sorna.

─Le juro que pagaremos. Venga mañana cuando mi madre no esté, no quiero preocuparla.

No signore, esta noche parto y no puedo dejar a mi patrón con las manos vacías. ─El lombardo sacudió su bolsa llena de monedas. Oleguer sacó de su faja varios pesos fuertes venidos de las Indias. Cogió la mano del lombardo y se las puso cerrándole los dedos.

─¡Oh, signore! Grazie, aunque a DePauli le gusta la plata, él espera algo mucho mayor ─exclamó guardándose las monedas para él.

─Le daré más si me ayuda a negociar con DePauli ─suplicó Oleguer.


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miércoles, 16 de diciembre de 2020

 

Quédate en esos caminos

(Relato)

 

Walter Arias

 

Llevaba varias noches soñando con lo mismo. Era como si su memoria se hubiese convertido en un mar sin profundidad, en el que las gaviotas se lanzaban en picada para pescar los recuerdos sin dificultad. Cada mañana, Manelic despertaba sin atreverse a buscar a quien fue su amor platónico de la adolescencia. Una tarde, cuando no dejaba de pensar en ella, se fue a la calle a verse con Ismael, su cómplice de batallas perdidas y, hasta cierto punto, su terapeuta de vida.

Era diciembre. A las siete de la tarde todo estaba oscuro y frío; parecía la una de la madrugada si no fuera porque había gente paseando y los bares y restaurantes estaban llenos. Ismael lo esperaba leyendo el periódico en una de las mesas junto a la ventana, la bufanda le cubría casi hasta la boca y su respiración provocaba vaho que Manelic confundió con un cigarrillo.

─Buenas tardes, compañero ─dijo Manelic mientras acomodaba la silla frente a su amigo quien por su parte había cerrado el periódico y le sonreía con fraternidad.

─Pues, aquí estamos… Aguantando el frío, no podemos aislarnos en nuestras casas sin enloquecer.

─Te agradezco que vinieras. Como te adelanté por teléfono, llevo tiempo soñando con ella. En la escuela nunca me atreví a decirle nada, siempre estaba escoltada por sus amigas y de vez en cuando aparecía el novio al que yo veía como un ser amenazante con solo su presencia.

El mesero se acercó y con «precisión», llenó de café la taza de Ismael sin derramar gota en el mantel impoluto, al tiempo que Manelic pedía lo mismo para él. El ruido de voces, risas y cristales distrajeron la conversación; ambos miraron el ambiente del local: una mezcla de parroquianos asiduos con jóvenes estudiantes que buscaban un sitio donde merendar. A pesar del movimiento y la vida en la cafetería, a Manelic le parecía un lugar gris.

─¿Esa edad tenías cuando te enamoraste de ella? ─preguntó Ismael señalando con la cabeza a un muchacho con gafas.

─No, más joven. Si mal no recuerdo, yo tendría unos catorce o quince años. Ese que señalas tendrá por lo menos veinte y tiene cara de haber sido más espabilado que yo en ese aspecto. Seguro que nunca se quedó con las ganas de decirle a alguien que se quedase con él o que invitara a salir a la chica en cuestión. ─Se lamentó Manelic moviendo la cucharilla de su café.

─¡Uy! Te veo mal, amigo mío. ¿De veras crees que eres el único desgraciado que ha sufrido por un amor platónico? A quien mires. Te aseguro que todo el mundo ha pasado por lo mismo, inclúyeme a mí, por supuesto. ─Ismael tomó un sorbo más de su café─. Bueno, cuéntame más de ella. ─Las manos de Manelic se posaron en los bolsillos de sus pantalones, se estiró hacia atrás apoyado en el respaldo de la silla y continuó:

─Cuando salimos de la secundaria, yo estaba solo. No quise que fueran mis padres a la ceremonia y fui el primero en salir de aquel evento para comprar la fotografía de ella, que hasta la fecha la conservo.

─O sea que cuando sus padres fueron a buscar la foto de su hija alguien se la había llevado… ¡menudo pillo! Menos mal que no eran estos tiempos, porque de lo contrario pensarían que un acosador estaría acechando a la chica. ─Ambos rieron y Manelic agradeció que su amigo le sacara una sonrisa.

─Luego por la noche, en la discoteca, la observé con la típica mirada del cobarde, es decir, no me atreví a pedirle que bailara conmigo y me quedé con la sensación de la derrota sin haber siquiera hecho el esfuerzo. Quizás me hubiera rechazado, quizás estaba su novio allí, quizás…─Ismael negó con la cabeza, desaprobaba las palabras de su amigo─. Al terminar la noche salimos y llovía un poco. Mientras esperaba un taxi junto con mi vecino la vi salir y perderse en la penumbra. ¿Conoces la canción de A-ha «Stay on these roads»?

─¡Claro que sí, era el mismo título del disco!

─Pues esa canción la relaciono con aquella noche. En mi cabeza sonaba cuando la vi desaparecer. Hasta la fecha si la escucho me transporta a ese momento. ─Manelic hizo la seña para que el mesero le sirviese más café─. Una escena cargada de nostalgia y de tristeza, sin duda. ¿Pero sabes qué? Me gusta recordar ese momento exacto.

El mesero trajo café para los dos amigos y tras agradecerle volvieron a su charla.

─¿Y luego? ¿Qué pasó con ella tras todos estos años? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Después le perdí la pista… al menos eso creo. No recuerdo haberla visto o hablado con ella en los años siguientes. Posiblemente mis pensamientos estaban en otros lugares y con otras personas. Ya sabes, bachillerato, chicas, amigos, etcétera. ─Ismael levantó una ceja, se acarició las barbas ralas y con una seña le hizo saber a Manelic que tenía que seguir con la historia─. Pues así pasaron veintidós años hasta que la volví a buscar gracias a una reunión de ex compañeros de la secundaria.

─¿Veintidós años? ¡Más vale tarde que nunca! ─ironizó Ismael.

─Ya… La encontré divorciada y con dos hijos, ¡Seguía tan guapa o más, de como la recordaba! ─La expresión de Manelic le iluminó la cara e Ismael se alegró al ver cómo irradiaba ilusión─. Quedamos de vernos en un lugar para tomar un café.

─¡Muy bien! ¿Y luego qué pasó? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Sufrí un accidente muy estúpido: me rompí el metatarso del pie derecho, la boca y un ojo me quedó como de boxeador tras un nocaut. ─Ismael se llevó la mano a la cabeza y cerró los ojos─. Aún así fui a la cita, aunque mi cara parecía un mapa, me dolía todo. Llegué al lugar acordado, pedimos algo de beber.

─Espero que le hayas hablado de tus triunfos, de tus últimos escritos, de ti mismo… porque te apuesto que ella quizás estaba pensando en esa cita, en un amor nuevo que esperaba aquella misma tarde, o mañana, no sé qué sería… ─adelantó Ismael. Manelic sonrió y dijo:

─Era de mañana, sí… y en medio del silencio hubo una frase y nos cogimos de la mano. Ismael, sentí que todo el pasado y las injusticias de la vida se habían reconciliado en ese momento. Mi mano y la suya temblaban. Transmitíamos una sensación de electricidad que se colaba hasta nuestras entrañas, al menos en mi caso, espero que en el de ella también.

El mesero interrumpió la conversación con el aviso de que dentro de veinte minutos cerrarían y podían aprovechar para pedir más café o ya les traía la cuenta. Ambos comprobaron que aún podían rellenarse sus tazas y pidieron además la cuenta.

─Vaya, este mesero nos ha cortado la charla ─dijo Ismael─. Bueno, ¿y luego qué pasó? ¿hubo algún roce más? ─sonrió con picardía.

─Un beso al despedirnos, pero…

─¿Pero?

─Mis heridas en la boca no me permitieron más, por lo que aquello merecía una segunda cita.

─No me digas que ya no hubo más citas… ─reprochó Ismael. Manelic agachó la cabeza y se encogió de hombros para mostrar su resignación.

─Ya no, Isma. Quizás fue mejor así. Las circunstancias de la vida nos llevaron por caminos similares, aunque paralelos.

─Recuerda que la excusa más cobarde es…

─Culpar al destino, sí, lo sé…

El mesero volvió con la cuenta, ellos pagaron los cafés y miraron que la cafetería estaba ya desierta.

─Te aseguro que si todos en este lugar hubieran escuchado lo que me estabas contando a mí se hubiesen quedado hasta el final. Porque les recordarías algo así de sus vidas.

Ambos salieron y el frío los sorprendió. De inmediato se acomodaron los guantes, se enrollaron las bufandas en el cuello y cubrieron sus narices. En la calle no se veía ni un alma. Pasó un coche y Manelic creyó que era ella quien lo conducía… imposible, estaban en ciudades lejanas.

─Oye, Manelic ─dijo Ismael poniéndole una mano en el hombro─ por cierto, ¿cómo se llama? Solo me has hablado de «ella»; nunca has mencionado su nombre.

─Liz Jiménez. Llamémosla así.

─¿Por qué no la buscas de nuevo?

─Porque soy un cobarde y no me atrevo a empezar de nuevo ─dijo Manelic sin titubear.

─Pues si es así, chico, seguirás teniendo esos sueños donde triunfas y cuando despiertas te das cuenta de tu fracaso. ¡Al menos pide un deseo cuando haya lluvia de estrellas!

─Quizás, Ismael… quizás un día de estos las cosas cambien y esos sueños se hagan realidad sin tener que hacer daño a terceras personas.

─¿A qué te refieres con terceras personas? ¿Hay algo que no me has dicho? ¿estás con alguien?

Ismael vio cómo la silueta de su amigo se desvanecía entre la oscuridad y la borrasca hasta perderlo de vista. Él encendió un cigarrillo y lo fumó hasta entrar en casa. En el salón buscó Stay on these roads, lo puso en el tocadiscos y comenzó a escribir una historia en la que el final fuese feliz para Manelic.      


Pd. Algunas líneas y diálogos fueron tomados de Ismael Serrano en sus canciones: "Para médicos y amantes" y "amores imposibles".


domingo, 15 de noviembre de 2020

23. Fuiste una flor de loto en el remanso de mi vida

 Pachuca. Marzo 19 de 1917.

Había una nevería en la calle de Hidalgo regentada por un japonés muy amigo de los estudiantes y entre los más asiduos concurrentes estábamos nosotros; allí encontrábamos esparcimiento a nuestras almas y a nuestro estómago, pues la nieve de limón en ese lugar era exquisita y más aún porque, muchas de las veces, era fiada y también en algunas ocasiones regalada.

Esto no tendría nada de particular si por este tiempo no hubiera llegado al lado del nevero una linda japonesita. Era bonita y muy simpática en su trato; era menuda de cuerpo, pero muy bien proporcionado, yo le calculaba unos diecisiete años y no le andaba lejos porque después nos dijo que tenía dieciocho.

Al ruido de la llegada de la japonesita aumentó la clientela, no solamente estudiantil sino también extraña y pretendientes de sobra le salieron al paso, pero ella, a pesar de ser tan decidora se hacía la socarrona dándoles a todos por su lado sin hacerles caso a ninguno.

Yo me daba cuenta de los fracasos de tantos adoradores y por eso no me atrevía a decirle nada, a pesar de que ella tenía, más o menos bien demostrada cierta predilección por mí.

Pero un día que madrugué intencionalmente, me di cuenta de que el japonés se había ausentado y ese tiempo lo aproveché haciéndole el amor.

─Pero ¿de veras me quieres?

─Cómo no te voy a querer, ¿que no ves lo asiduo que soy?

─¿Eso quiere decir amor? Además, tú no sabes quién soy, ni siquiera cómo me llamo.

─En realidad no… ahora dime cuál es tu nombre, me lo figuré tan difícil de pronunciación como tu apellido Takaguchi.

─Estás muy lejos de la verdad. ¿Que no ves que yo nací en México y mi nombre es Guadalupe? Te parece raro ¿verdad?

─No mujer, al contrario, encantado de que tengas un nombre como el de nuestra Virgen.

─Ahora otra verdad que tú ni por asomo te figuras… soy viuda de honor.

─¿De veras?

─¡Como lo oyes!

─¡Tan chica!

─Es la costumbre entre nosotros y mi marido se murió de no sé qué y por eso me tienes aquí sirviéndole a mí pariente. Ahora tú dices si sigues en tu deseo de que sea yo tu novia.

─Pues te diré que eso me importa muy poco, lo que me interesa eres tú y me basta con que tu boquita diga sí. Te quiero para que me hagas el hombre más feliz de la tierra.

─Pues entonces sí.

─Dame un beso como prueba de tu amor.

Nos dimos un largo y asfixiante beso que me hizo temblar de pies a cabeza. Era una mujer ideal, con muchos dones que me hacían feliz todas las mañanas que pasábamos juntos, pues era la hora en que había menos movimiento el japonés tenía que ir a ver todos los jardines de Pachuca de los que era el encargado, favoreciendo nuestras entrevistas.

Cada día la quería más, tan melosa y dulce, tan cariñosa que me hacía pasar las horas cuál si fueran minutos.

Ya teníamos algún tiempo de relaciones platónicas y felices, cuando se le ocurre enfermarse al japonés y sin más ni más dejó de encargada a la chamaca y él se internó en el hospital.

Con la confianza que ya teníamos se detenía a comer conmigo y a veces hasta dormíamos la siesta juntos muy santamente. Yo no me atrevía a hacerle ciertas proposiciones por cariño a ella, pero había de llegar ese día de felicidad y de gracia para ambos, y fue mía en cuerpo y alma.

Desde esa vez su cariño fue in crescendo, me quería tener todo el día allí, cosa que para mí era imposible, yo tenía otras ocupaciones aparte de mis estudios, no porque me chocara estar con ella sino porque me daba pena con el japonés que se daba cuenta de sus muchas atenciones y nada de consumo.

Los celos empezaron a entrar en nuestras relaciones, yo creí que la sangre japonesa no tenía ese temperamento y me pegué un chasco, porque ella era tan celosa como una mexicana. Cuando sus celos se dejaban ver, hasta los ojillos se le hacían más chicos, pero yo tenía la táctica de saberlos aplacar muy fácilmente.

Ya estaba fastidiando con sus impertinencias y un día quise poner un «hasta aquí» a nuestras relaciones y le dije:

─Si no moderas tu carácter ten por seguro que nuestras relaciones terminarán.

─¿Y eres capaz de dejarme abandonada sabiendo que soy sola en este mundo?

─Tan capaz soy… desde hoy en adelante si me celas como hasta ahora no te vuelvo a hablar.

─No seas así conmigo, mira que te amo… porque soy capaz hasta de matarte.

─Ya empiezas… ya me voy.

─¡No te vayas! ¡espera no lo vuelvo a hacer! ─y se abrazó besándome. Cuando menos lo esperábamos se presentó el japonés, nos separamos, aunque él no nos dijo ni la más leve palabra; pero poco tiempo después era embarcada para su tierra y no la volví a ver y mucho menos a saber de ella.

Ausencia.

Mi corazón enfermo de ausencia

expira de dolor porque te has ido.

¿en dónde está tu rostro bendecido?

¿qué sitios ilumina tu presencia?

ya mis males no alivian tu clemencia,

ya dice ternuras a mí oído,

y expira de dolor porque te has ido

mi corazón enfermo de tu ausencia,

es inútil que finja indiferencia,

en balde busco el ala del olvido

para calmar un poco mi dolencia,

mi corazón enfermo de tu ausencia

expira de dolor por qué te has ido…

E. Rebolledo.





lunes, 28 de septiembre de 2020

Masum: Inocente. Cuando una serie policiaca transmite más sensaciones que una simple investigación criminal.

La serie turca de Netflix es de lo mejor que he visto últimamente. Me refiero a mis gustos propios, no voy a entrar en lo que es bueno o es malo para otros. Esta es una serie de las que me atrevo a recomendar por muchas razones, una de ella es la de la transmisión de sensaciones que producen los personajes, más allá de la investigación policiaca. 

Los elementos familiares y sentimentales que se tejen en la historia me llevaron a empatizar con las enfermedades mentales tan negadas y sufridas por los propios familiares y estigmatizadas por nuestra sociedad. 

Respecto a la producción, actuación y dirección nada que añadir. La historia está llena de flashbacks y giros inesperados que hace que el estrés de la trama valga la pena. Desafortunadamente una serie así no podría adaptarse en México, pues como todo mundo sabe, aquí la policía es incapaz de resolver nada y la historia carecería de verosimilitud. 

Si Turquía siempre me ha parecido un país interesante, aunque no haya estado, con esta serie tengo un poquito más de prisa por cruzar el Bósforo.   



viernes, 18 de septiembre de 2020

22. Eras buena, pero el tiempo te hizo mala

 Pachuca. 22 de febrero de 1917.

En las tradicionales fiestas de San Francisco del año 1916 conocí a una mujercita que me llamó mucho la atención, me puse a perseguirla, pero me perdía entre el gentío, volví a encontrarla y cuando quería acercármele huía acompañada de dos chiquillos que le hacían el juego. Esa persecución duró casi todo el tiempo de la fiesta y no pudiendo atraparla, me fastidié dejándola por la paz.

Por el mes de enero de 1917 volví encontrármela en las en la calle,  su sonrisa coqueta me obligó a perseguirla nuevamente, pero me ganó en tiempo porque se metió a su casa en la calle Fernando Soto. Al menos ya sabía su domicilio.

Me di a la tarea de espiarla todos los días a una misma hora, pero no dio la oportunidad deseada para hablar con ella, lo único que me animaba eran sus miraditas por la ventana y una que otra asomada por la puerta, hasta que una vez en el Mercado de Barreteros la vi y sin que ella se diera cuenta ya estaba al lado de ella, y sin más ni más, con esa desvergüenza estudiantil le declaré lo mucho que yo la amaba, nada más se sonreía, pero no me contestaba nada a pesar de mis insinuaciones; yo estaba dispuesto a no retirarme hasta no obtener una respuesta fuera la que fuera. Subimos hasta las calles de Abasolo para bajar por Covarrubias y ya casi llegando a su casa me respondió que sí y me citó para el día siguiente a la misma hora. Cuando volví con mi amigo del alma le dije con rebosante alegría «¡ya estuvo manito envídiame!».

Así estuvimos por algún tiempo hasta que un primo suyo con un garrote en la mano me hizo correr y ya no la dejaron salir, pero yo estaba picado y por consejo de mi amigo nos disfrazamos de electricistas y pedimos en su casa pasar a la azotea para revisar unas líneas, los primeros días pasaron con felicidad, pero el pariente empezó a recelar de esos inspectores tan jóvenes que no podían terminar su revisión y, con un aviso oportuno de ella, no volvimos. Después solamente en la misa nos podíamos ver mientras su tía rezaba devotamente nosotros platicábamos irreverentemente, mas la señora se dio cuenta y ya ni eso pudimos hacer. Viendo la inutilidad de mis esfuerzos por verla la borré de mi lista y no volví a molestarme en buscarla.

Pasó el tiempo, cursaba el cuarto año de Medicina cuando una vez que entré a comprar pasteles a una dulcería-café llamada El Fénix, al pagar en la caja me encontré con la agradable sorpresa de que la cajera era nada menos que ella. Me recibió amablemente hasta que me rogó que la esperara pues ya se acercaba la hora de su salida, naturalmente que la esperé. Cuando salió y la vi de cuerpo entero me quedé asombrado al ver que la chiquilla de aquellos tiempos no quedaba nada y en su lugar había una mujer ¡pero qué mujer! la más bella que hasta entonces había conocido en la ciudad de México. Era en realidad una belleza despampanante que llamaba la atención hasta el más exigente, todo en ella era bonito, hasta el detalle más nimio era agradable.

Esa cara tan hermosa, posada en ese cuerpo estupendo, me hacía concebir en un plus ultra entre las mujeres: su cara de un blanco sonrosado, con unos ojazos azules con grandes pestañas, su nariz céltica remangadita, su boca diminuta, su cabello de un rubio ligero la hacían adorable y con ese cuerpo escultural la hacían deseable.

Después de los saludos de rigor y rememorar los antiguos tiempos me notificó que ya se había casado, pero qué debido a malos acuerdos se había separado. Así platicando llegamos a su casa, me pasó, me presentó a su madre y a su hermosísima hija: una encantadora chiquilla y como a mí siempre me han gustado los niños me puse a jugar con ella al grado que simpaticé tanto que cuando me despedía me decía papá.

Como su casa quedaba en camino al Hospital General, cada que me tocaba clase pasaba a visitar a la encantadora chiquilla, ya que no a su madre porque estaba en su trabajo y en donde yo evitaba el verla porque era un lugar para los que tenían dinero y yo no lo tenía; muchas veces le pedía permiso a la abuela y me prestaba a la niña para dar la vuelta y ella encantada con su papá postizo.

Ella me citaba para platicar, pero mis estudios no lo permitían porque si en Pachuca posponía el estudio por el amor, en México fue todo lo contrario.

Un buen día en que no tenía clases salir de mi práctica del Hospital Juárez y me encaminé con la intención de sacar la niña, llevármela Chapultepec, pero al llegar a su casa encontré con la nueva de que era día de su santo de su madre y ya no me soltó, me hizo tomar algunas copas fuera de mi costumbre y con eso me tuvo prisionero. Asistieron un montón de encantadoras chamacas, se bailó, se comió mole y en fin que la fiesta estuvo encantadora, máxime que de hombres era casi el único y las muchachas como es natural querían charlar conmigo, pero ella tuvo el buen tacto de limpiárselas todas, hasta que al dar las 10:00 de la noche no quedábamos más que ella y yo solos, porque la nena y la abuela ya estaban dormidas. Entonces hice el intento despedirme y ella con dulzura me dijo «nada de que te vas, ahora te quedas aquí conmigo». Y naturalmente obedecí.

Fue una noche de placer, fue una noche en que me sentí transportado a un paraíso en donde yo, únicamente yo, disfrutaba de las caricias de las huríes del profeta. Ella se entregó a mí con el fuego de primicias contenidas y mi juventud le concedió todo el complemento a sus deseos. Era una mujer adorable en todos los sentidos, al menos yo la consideraba así en aquel tiempo en que ofuscado por su belleza no veía en ella ninguno de los defectos de que padece toda mujer caprichosa como lo era ella, y el tiempo vino confirmármelo sin detrimento de mi bienestar.

Tuvo un hijo el cual, o más bien al parecer era mío y que su comportamiento ulterior me hizo dudar de esa paternidad; pues desde el embarazo tuvimos una vida de infierno y después de él vino lo peor, porque ella se volvió descarada y prostituida el grado de llegar con diferentes hombres a su casa.

Yo nunca la celé, porque no la quería y poco importa su comportamiento y sí tuvimos algún disgusto fue por causa del maltrato que ella daba a los chiquillos que ninguna culpa tenían que haber venido al mundo.

Yo quería demasiado este par de chiquillos y ellos respondían con creces mi cariño, de buena gana los hubiera adoptado si hubiera tenido quién los cuidará, pero yo era un hombre solo y vivía en compañía de mi hermano y otros dos compañeros.

Un día tuvimos un disgusto y a pesar de lo mucho que me dolió dejar a ese par de chiquillos no volví a verla ni siquiera a pasar por donde vivía ni por donde trabajaba.

Así pasó el tiempo y ya una vez médico recibí un telegrama en el que se anunciaba que el niño se moría y que ella no hallaba qué hacer con él, me presté de buena voluntad y cuando estuve junto a él me di cuenta de que se trataba de una difteria, que llevaba a una muerte segura al nene y así sucedió, murió por falta de cuidado de esa madre negligente, pues por andar con sus fechorías no se había dado cuenta de la gravedad del hijo.

«Ya pagarás todo el mal que has hecho a tus hijos porque nadie más que tú tienes la culpa de esta muerte» y no la volví a ver en mucho tiempo.

Hacía casi trece años que yo no veía a Elena la chiquilla que me decía papá y el día en que estuve presente ya no me conocía, ni siquiera se acordaba de mí.

De esa fecha, pasaron dos años y la volví a encontrar una fiesta, ella aún conserva mucho de su belleza, pero la hija la opacaba con sus quince abriles, ya era una preciosa chiquilla, sin la malicia de la madre y menos de sus costumbres, pues era recatada, inteligente, reservada, todo lo contrario de su madre que aún le quedaban arrestos para el mal.

Me la presentó en una manera muy correcta se puso a mis órdenes, no me conocía, ni yo hice la lucha para que me recordara.

También me vi comprometido a bailar con mi antigua amante, me hizo bastantes insinuaciones como queriendo reconquistarme, pero ya mi estado de casado no me permitió aceptar sus proposiciones y yo creo que ni aunque hubiera sido soltero habría vuelto a reanudar mi idilio con ella; de tal manera que quedé asqueado con su conducta que me parecía ver a cada instante todos los descalabros por los que pasé por ella.

Dos años más tarde la volví a encontrar por las calles de Camelia, me invitó a su casa y me hice el desentendido preguntándole por la chiquilla, volvió a repetir su oferta y la eludí con fútil pretexto y ella comprendiendo que yo hacía todo lo posible por evitar esa platica me dio entonces la noticia de que su hija se había casado bien y que luego la habían dejado en las cuatro esquinas pues su novio ha de haber sabido algo de su dudoso pasado y no quiso que la que era su esposa se enlodara con la antigua mala conducta de la madre.

Ahora ha pasado ya mucho tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella. ¿Se habrá muerto? ¡quién sabe! pero no es para mí más que una mala sombra del pasado tonto de mi vida estudiantil.


Olvido

Dicen que el que bien ama nunca olvida,

porque presa su mismo pensamiento,

lleva la imagen de la faz querida

que forma su ventura y su tormento.

Yo he querido una vez y aquel momento

que eternizar pensé, toda mi vida,

cruzó por mí, como huracán violento,

sin dejarme una huella ni una herida…

Bastó para lograrlo, únicamente,

alzar sobre la roca de mi orgullo,

mi firme voluntad, recia y potente,

Y cuando retornó la primavera,

de aquel nombre que fuera dulce arrullo

no recordaba la vocal primera…

                                            S.