lunes, 28 de septiembre de 2020

Masum: Inocente. Cuando una serie policiaca transmite más sensaciones que una simple investigación criminal.

La serie turca de Netflix es de lo mejor que he visto últimamente. Me refiero a mis gustos propios, no voy a entrar en lo que es bueno o es malo para otros. Esta es una serie de las que me atrevo a recomendar por muchas razones, una de ella es la de la transmisión de sensaciones que producen los personajes, más allá de la investigación policiaca. 

Los elementos familiares y sentimentales que se tejen en la historia me llevaron a empatizar con las enfermedades mentales tan negadas y sufridas por los propios familiares y estigmatizadas por nuestra sociedad. 

Respecto a la producción, actuación y dirección nada que añadir. La historia está llena de flashbacks y giros inesperados que hace que el estrés de la trama valga la pena. Desafortunadamente una serie así no podría adaptarse en México, pues como todo mundo sabe, aquí la policía es incapaz de resolver nada y la historia carecería de verosimilitud. 

Si Turquía siempre me ha parecido un país interesante, aunque no haya estado, con esta serie tengo un poquito más de prisa por cruzar el Bósforo.   



viernes, 18 de septiembre de 2020

22. Eras buena, pero el tiempo te hizo mala

 Pachuca. 22 de febrero de 1917.

En las tradicionales fiestas de San Francisco del año 1916 conocí a una mujercita que me llamó mucho la atención, me puse a perseguirla, pero me perdía entre el gentío, volví a encontrarla y cuando quería acercármele huía acompañada de dos chiquillos que le hacían el juego. Esa persecución duró casi todo el tiempo de la fiesta y no pudiendo atraparla, me fastidié dejándola por la paz.

Por el mes de enero de 1917 volví encontrármela en las en la calle,  su sonrisa coqueta me obligó a perseguirla nuevamente, pero me ganó en tiempo porque se metió a su casa en la calle Fernando Soto. Al menos ya sabía su domicilio.

Me di a la tarea de espiarla todos los días a una misma hora, pero no dio la oportunidad deseada para hablar con ella, lo único que me animaba eran sus miraditas por la ventana y una que otra asomada por la puerta, hasta que una vez en el Mercado de Barreteros la vi y sin que ella se diera cuenta ya estaba al lado de ella, y sin más ni más, con esa desvergüenza estudiantil le declaré lo mucho que yo la amaba, nada más se sonreía, pero no me contestaba nada a pesar de mis insinuaciones; yo estaba dispuesto a no retirarme hasta no obtener una respuesta fuera la que fuera. Subimos hasta las calles de Abasolo para bajar por Covarrubias y ya casi llegando a su casa me respondió que sí y me citó para el día siguiente a la misma hora. Cuando volví con mi amigo del alma le dije con rebosante alegría «¡ya estuvo manito envídiame!».

Así estuvimos por algún tiempo hasta que un primo suyo con un garrote en la mano me hizo correr y ya no la dejaron salir, pero yo estaba picado y por consejo de mi amigo nos disfrazamos de electricistas y pedimos en su casa pasar a la azotea para revisar unas líneas, los primeros días pasaron con felicidad, pero el pariente empezó a recelar de esos inspectores tan jóvenes que no podían terminar su revisión y, con un aviso oportuno de ella, no volvimos. Después solamente en la misa nos podíamos ver mientras su tía rezaba devotamente nosotros platicábamos irreverentemente, mas la señora se dio cuenta y ya ni eso pudimos hacer. Viendo la inutilidad de mis esfuerzos por verla la borré de mi lista y no volví a molestarme en buscarla.

Pasó el tiempo, cursaba el cuarto año de Medicina cuando una vez que entré a comprar pasteles a una dulcería-café llamada El Fénix, al pagar en la caja me encontré con la agradable sorpresa de que la cajera era nada menos que ella. Me recibió amablemente hasta que me rogó que la esperara pues ya se acercaba la hora de su salida, naturalmente que la esperé. Cuando salió y la vi de cuerpo entero me quedé asombrado al ver que la chiquilla de aquellos tiempos no quedaba nada y en su lugar había una mujer ¡pero qué mujer! la más bella que hasta entonces había conocido en la ciudad de México. Era en realidad una belleza despampanante que llamaba la atención hasta el más exigente, todo en ella era bonito, hasta el detalle más nimio era agradable.

Esa cara tan hermosa, posada en ese cuerpo estupendo, me hacía concebir en un plus ultra entre las mujeres: su cara de un blanco sonrosado, con unos ojazos azules con grandes pestañas, su nariz céltica remangadita, su boca diminuta, su cabello de un rubio ligero la hacían adorable y con ese cuerpo escultural la hacían deseable.

Después de los saludos de rigor y rememorar los antiguos tiempos me notificó que ya se había casado, pero qué debido a malos acuerdos se había separado. Así platicando llegamos a su casa, me pasó, me presentó a su madre y a su hermosísima hija: una encantadora chiquilla y como a mí siempre me han gustado los niños me puse a jugar con ella al grado que simpaticé tanto que cuando me despedía me decía papá.

Como su casa quedaba en camino al Hospital General, cada que me tocaba clase pasaba a visitar a la encantadora chiquilla, ya que no a su madre porque estaba en su trabajo y en donde yo evitaba el verla porque era un lugar para los que tenían dinero y yo no lo tenía; muchas veces le pedía permiso a la abuela y me prestaba a la niña para dar la vuelta y ella encantada con su papá postizo.

Ella me citaba para platicar, pero mis estudios no lo permitían porque si en Pachuca posponía el estudio por el amor, en México fue todo lo contrario.

Un buen día en que no tenía clases salir de mi práctica del Hospital Juárez y me encaminé con la intención de sacar la niña, llevármela Chapultepec, pero al llegar a su casa encontré con la nueva de que era día de su santo de su madre y ya no me soltó, me hizo tomar algunas copas fuera de mi costumbre y con eso me tuvo prisionero. Asistieron un montón de encantadoras chamacas, se bailó, se comió mole y en fin que la fiesta estuvo encantadora, máxime que de hombres era casi el único y las muchachas como es natural querían charlar conmigo, pero ella tuvo el buen tacto de limpiárselas todas, hasta que al dar las 10:00 de la noche no quedábamos más que ella y yo solos, porque la nena y la abuela ya estaban dormidas. Entonces hice el intento despedirme y ella con dulzura me dijo «nada de que te vas, ahora te quedas aquí conmigo». Y naturalmente obedecí.

Fue una noche de placer, fue una noche en que me sentí transportado a un paraíso en donde yo, únicamente yo, disfrutaba de las caricias de las huríes del profeta. Ella se entregó a mí con el fuego de primicias contenidas y mi juventud le concedió todo el complemento a sus deseos. Era una mujer adorable en todos los sentidos, al menos yo la consideraba así en aquel tiempo en que ofuscado por su belleza no veía en ella ninguno de los defectos de que padece toda mujer caprichosa como lo era ella, y el tiempo vino confirmármelo sin detrimento de mi bienestar.

Tuvo un hijo el cual, o más bien al parecer era mío y que su comportamiento ulterior me hizo dudar de esa paternidad; pues desde el embarazo tuvimos una vida de infierno y después de él vino lo peor, porque ella se volvió descarada y prostituida el grado de llegar con diferentes hombres a su casa.

Yo nunca la celé, porque no la quería y poco importa su comportamiento y sí tuvimos algún disgusto fue por causa del maltrato que ella daba a los chiquillos que ninguna culpa tenían que haber venido al mundo.

Yo quería demasiado este par de chiquillos y ellos respondían con creces mi cariño, de buena gana los hubiera adoptado si hubiera tenido quién los cuidará, pero yo era un hombre solo y vivía en compañía de mi hermano y otros dos compañeros.

Un día tuvimos un disgusto y a pesar de lo mucho que me dolió dejar a ese par de chiquillos no volví a verla ni siquiera a pasar por donde vivía ni por donde trabajaba.

Así pasó el tiempo y ya una vez médico recibí un telegrama en el que se anunciaba que el niño se moría y que ella no hallaba qué hacer con él, me presté de buena voluntad y cuando estuve junto a él me di cuenta de que se trataba de una difteria, que llevaba a una muerte segura al nene y así sucedió, murió por falta de cuidado de esa madre negligente, pues por andar con sus fechorías no se había dado cuenta de la gravedad del hijo.

«Ya pagarás todo el mal que has hecho a tus hijos porque nadie más que tú tienes la culpa de esta muerte» y no la volví a ver en mucho tiempo.

Hacía casi trece años que yo no veía a Elena la chiquilla que me decía papá y el día en que estuve presente ya no me conocía, ni siquiera se acordaba de mí.

De esa fecha, pasaron dos años y la volví a encontrar una fiesta, ella aún conserva mucho de su belleza, pero la hija la opacaba con sus quince abriles, ya era una preciosa chiquilla, sin la malicia de la madre y menos de sus costumbres, pues era recatada, inteligente, reservada, todo lo contrario de su madre que aún le quedaban arrestos para el mal.

Me la presentó en una manera muy correcta se puso a mis órdenes, no me conocía, ni yo hice la lucha para que me recordara.

También me vi comprometido a bailar con mi antigua amante, me hizo bastantes insinuaciones como queriendo reconquistarme, pero ya mi estado de casado no me permitió aceptar sus proposiciones y yo creo que ni aunque hubiera sido soltero habría vuelto a reanudar mi idilio con ella; de tal manera que quedé asqueado con su conducta que me parecía ver a cada instante todos los descalabros por los que pasé por ella.

Dos años más tarde la volví a encontrar por las calles de Camelia, me invitó a su casa y me hice el desentendido preguntándole por la chiquilla, volvió a repetir su oferta y la eludí con fútil pretexto y ella comprendiendo que yo hacía todo lo posible por evitar esa platica me dio entonces la noticia de que su hija se había casado bien y que luego la habían dejado en las cuatro esquinas pues su novio ha de haber sabido algo de su dudoso pasado y no quiso que la que era su esposa se enlodara con la antigua mala conducta de la madre.

Ahora ha pasado ya mucho tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella. ¿Se habrá muerto? ¡quién sabe! pero no es para mí más que una mala sombra del pasado tonto de mi vida estudiantil.


Olvido

Dicen que el que bien ama nunca olvida,

porque presa su mismo pensamiento,

lleva la imagen de la faz querida

que forma su ventura y su tormento.

Yo he querido una vez y aquel momento

que eternizar pensé, toda mi vida,

cruzó por mí, como huracán violento,

sin dejarme una huella ni una herida…

Bastó para lograrlo, únicamente,

alzar sobre la roca de mi orgullo,

mi firme voluntad, recia y potente,

Y cuando retornó la primavera,

de aquel nombre que fuera dulce arrullo

no recordaba la vocal primera…

                                            S.


domingo, 26 de julio de 2020

21. Tu medio era la perdición… y te perdiste.

Pachuca. Febrero 2 de 1917

En la subida del Instituto, cerca del Mesón de Peregrinos, habitaba un viejo pianista al que por mal nombre apodaban el Borrego y este tenía una hija a la que por antonomasia le decíamos la borrega.

Esta chica era muy agraciada, tendría unos diecisiete años, su color moreno apiñonado, sus grandes ojos negros dotados de unas pestañas que causaban la envidia de muchas chicas y la hacían parecer adormidos, su cuerpo muy bien formado, en fin, que el conjunto era bonito por todos lados y desde luego atraía la mirada de todos los estudiantes que pasaban al Instituto.

Yo la había floreado de pasadita, pero nunca me había fijado en ella, ni los atractivos de que estaba dotada, hasta que una vez nos invitaron a una fiestecita en la que me encontré a la mentada borreguita. En esa fiesta escaseaban las parejas y no tuve más remedio que disfrutar de lo que había, hasta que en una de las piezas me tocó por turno con la del cuento. Supe que se llamaba Amalia y que no iba a la escuela cuál ninguna porque ya había terminado su instrucción primaria, pero a más de eso que yo le caía bien. Nos acomodamos tan bien que ya no nos separamos en toda la noche, al grado de que al terminar el baile ya éramos novios y nos despedimos de beso y todo.

Mi amigo del alma no se había quedado atrás y también había sacado su parte, su novia se llamaba Esperanza, con la fortuna de que era amiga de la mía y eso facilitaba el pretexto para nuestras entrevistas; pues ella, mi novia, iba a casa de Esperanza y le pedía permiso de ir a su casa y Esperanza al revés le pedía permiso a mi novia con el mismo pretexto.

Así se realizaban nuestras entrevistas sin el más leve contratiempo, nuestras novias se entendían muy bien, ellas eran las que arreglaban todo y nosotros no hacíamos más qué aceptar. Así caminaban las cosas, cuando un día Esperanza nos notificó que ya tenía dónde se efectuaren nuestras entrevistas para así estar a salvo de las miradas ajenas, y nos llevó a una casa de ella situada cerca de dos caminos. Era una casita arreglada con elegancia y confort, con un objetivo muy sospechoso y no me daba cuenta de por qué ella disponía de esa casa de esparcimiento. Empecé a sospechar de la conducta de Esperanza y de paso de Amalia que, aunque ella no me había hecho ninguna insinuación, no tenía ninguna protesta por el caso.

En un momento en que nos quedamos solos mi amigo y yo le hice notar mi extrañeza:

─¿Qué ya las muchachas no serán vírgenes que nos trae esta garçoniere?

─¿Y qué nos importa…?

─¡Pero sí es un cuarto para hacernos caer y que nos sorprendan!

─¡Tú siempre pesimista y miedoso! ¿qué nos pueden hacer? Tú y yo somos unos míseros estudiantes a los que no nos sacan un centavo ni volteándonos al revés, menos nos van a querer encadenar para que nos tengan que mantener.

─Tienes mucha razón, pues eres el libro abierto para el mal, ¿pero no te parece que tomemos nuestras precauciones? Busquemos una retirada estratégica y atranquemos bien la puerta.

─Ni mandado a hacer, mira aquel solar que da al cerro, por aquí y con nuestras buenas piernas no tenemos que temer a nadie…

Hay mujeres que nacen para la prostitución y estas eran unas de ellas, pues cuando volvimos de nuestro reconocimiento nos esperaban en bata de baño; nuestro temor se tornó en sorpresa y nuestra sorpresa en admiración, pues debajo de las batas no se vislumbraba más que el ropaje de nacimiento. El cuerpo escultural de Amalia, moreno, terso… lo admiré en todo su esplendor… ¡qué bella estaba! su pecho tan hermosamente formado lo besé hasta el cansancio y después… la virgen se había transformado en ramera…

Nuestras bacanales se prolongaron por espacio de dos meses y durante ese tiempo supimos que las madres de estas dos pobres chicas eran proxenetas, y que estaban haciendo propaganda para vender en subasta al mejor postor las primicias de sus hijas, primicias que ya no tenían puesto que nosotros habíamos disfrutado sin producto.

Tiempo después suspendieron nuestras entrevistas sin causa justificada aparentemente, pero la verdad fue que las madres se dieron cuenta de lo que estaban haciendo con nosotros y no las volvieron a dejar salir ni a la puerta por miedo que se les escapara el negocio de la iniciación; ¡pero qué optimistas! Ya llevaban por delante el desengaño a su avaricia de proxenetas ¡qué asco! no alcanzo a comprender que haya madres capaces de esas cosas, aunque viéndolo bien no se portaron con nosotros como cualquier hetaira si eso me demostraba que ya había nacido con la herencia corrompida en la sangre.

Hetaira

Sé bendita entre todas las mujeres

porque jamás tu seno concibió; porque eres

como piedra en el fondo de los mares caída;

porque no deja huella los besos de tus labios

y porque entre sus muslos elásticos y sabios

se pierde inútilmente la savia de la vida.

F. Villaespesa



lunes, 20 de julio de 2020

Gracias por todo, Juan Marsé.

Guanajuato, Gto. 20 de julio de 2020.

Todo comenzó en el único cine de barrio que quedaba en mi ciudad ─el legendario Cine Guanajuato─, con sus funciones de permanencia voluntaria, su boleto de entrada ridículamente barato que daba derecho a dos o a veces tres películas en una tarde. Era una sala inmensa, con butacas desgastadas, quizás cabían casi mil personas, pero yo siempre contaba alrededor de veinte asistentes. Aquella tarde de cine proyectaron El amante bilingüe, protagonizada por Imanol Arias y Ornella Mutti, basada en la obra homónima del escritor barcelonés Juan Marsé. Disfruté la película sin saber nada de ella ni de su autor. Simplemente en aquel momento la interpreté como una historia de amor y desamor que llevaban al personaje principal a la esquizofrenia.

Días después busqué la novela de Marsé en una biblioteca sin encontrarla, en cambio me hallé con Últimas tardes con Teresa que me acercó de manera inesperada a la vida de los suburbios barceloneses y su relación con la burguesía catalana durante la dictadura franquista. Luego, La muchacha de las bragas de oro, Ronda del Guinardó y La oscura historia de la prima Montse, me enseñaron más de su prosa. Las primeras palabras en catalán las aprendí de esas narraciones, que aparecían como el reflejo clasista que muchas veces denostaba al forastero que había llegado a buscarse la vida en aquella industriosa ciudad catalana necesitada de mano de obra.

Más tarde, llegué a Barcelona y lo primero que hice fue visitar aquellos barrios que había conocido por la obra de Marsé: el Carmel, el Guinardó, la calle Verdi, las ramblas, la catedral, etcétera. Siempre vi en Marsé a un retratista de la sociedad barcelonesa y a un escritor discreto que nunca buscaba reflectores, a pesar de estar considerado entre los más destacados escritores de habla hispana contemporáneos.

Hace veintisiete años vi El amante bilingüe y hace veinticuatro leí la novela. Comprendí tarde que no solo se trataba de una historia de amor y desamor, sino de un reflejo de una parte de la sociedad catalana que utiliza la identidad como arma segregacionista. En el plano profesional, recuerdo que Marsé fue discriminado por unos colegas del oficio de las letras al no considerarlo «de los suyos», pero la obra de Juan Marsé está y estará por encima de aquellos exaltados.

«Porque pienso que muchas cosas que se dicen o escriben, en el idioma que sea y por muy auténtico que éste se presuma, deberían a menudo merecer más atención y consideración que la misma lengua en la que se expresan» dijo Marsé cuando recibió el Premio Cervantes.

Gracias por todo, Juan Marsé.


lunes, 29 de junio de 2020

20. Tu amor pasó pronto, pero sí fue cierto…

Pachuca. Enero 7 de 1917.

Nuestro lugar de esparcimiento eran las ventanas de la Escuela de Comercio y a través de las vidrieras llamábamos la atención del alumnado. Desde afuera distinguí a una morenita de ojos traviesos que me llamaba mucho la atención, estuve alerta a la salida de todas las muchachas y tan luego como la vi me fui tras ella hasta llegar a su casa por las calles de Abasolo.

Ella era una morena flacucha, de cara graciosa y de ojillos traviesos. Esa travesura que siempre tenía a la mano era lo que me sugestionaba.

Me correspondió luego y la confianza entró en nuestros corazones desde el primer día. La esperaba a la salida de la escuela por la noche y hacíamos la larga calle de Abasolo en casi dos horas. Era muy efusiva y le agradaban demasiado los mimos de los cuales la llenaba; besaba como una fiera coma como si quisiera haberme comido.

Me decía muchas veces: «mira Severino, no trates de engañarme porque yo soy muy celosa no sé detenerme cuando me entra la furia». «No seas tonta. ¡Qué te voy a engañar!», y por dentro me decía: «si supieras cuántas como tú se creen las únicas». «Por eso te quiero tanto por bueno y porque demuestras tu cariño».

Todas estas tonterías y otras más me soltaba en sus momentos de locura, pero lo que no sabía era que yo tenía otras novias más a quien consecuentar. Sin embargo, era ella la que más me llamaba la atención.

Nuestro amor estaba llamado a no ser duradero, porque ella en su bullicio y su amiguerío no tardó en saber que yo tenía otras novias, y un día se plantó de jarras y me dijo: «Severino tengo que hablarte seriamente, nos vemos en la noche donde siempre».

Por la noche la esperé, la tomé del brazo, caminamos un momento en silencio por las calles hasta que al fin decidió hablar: «Severino yo te quiero y la prueba más fehaciente de ello ha sido mi gran cariño, pero tú no has sabido aquilatarlo y es la última vez que nos vemos, no me preguntes más y bésame por última vez». Nos besamos hasta la saciedad casi hasta llegar a las puertas de su casa, con esa sed de cariño… claro como era la última vez que nos veíamos… y lo cumplió porque no volvimos a vernos. A pesar de mis desvíos yo sí la quería, era muy graciosa, muy loquita…

Fragmento

¡Adiós, mi bien! Es el postrer instante …

pero seca en tu pálido semblante

¡ay! ese llanto que vertiendo estás,

lejos me voy, tristísimo y errante, mas no te olvide el corazón jamás.

¿Jamás?...

¿No más, mi bien? De querubín el canto

es la palabra que diciendo estás …

¡Adiós…! ¡un beso!… ¡beberé tu llanto!

─¿Te olvidarás de la que más te ama tanto…?

─¡Jamás, mitad del corazón…! ¡Jamás…!

Campoamor.


martes, 16 de junio de 2020

18. La inteligencia te dará el triunfo...

Pachuca. Septiembre 14 de 1916.

Las fiestas patrias en la Escuela Normal, en tiempo de la señorita Hazas, hacían un ruido inusitado a las que asistíamos numerosos institutenses, no tanto con el fin de aprender algo, sino de ver a las muchachas.

Para demostrar sus conocimientos en idiomas, Teresa Silva recitó en inglés el monólogo de Hamlet y lo hizo con tal soltura y fluidez que mereció el aplauso del público, y principalmente mío que tuve la osadía de hacerlo de una manera particular.

Desde ese día me transformé en su sombra, pues a todas partes la seguía, hasta que la hice mi novia.

Su inteligencia clara, su educación esmerada, su facilidad de expresión y su sociabilidad, la hacían adorable para el que tenía el placer de platicar con ella.

Su inteligencia me abstraía de tal manera que nuestras pláticas se basaban siempre sobre tópicos educativos, de historia, geografía y de literatura, que era lo que más nos distraía.

Había pasado un mes y ni siquiera un beso había premiado a mi amor, ella no era partidaria de estas efusiones, ni siquiera me era permitido acariciarle la mano porque esto, según ella, era ridiculez.

Todas estas maneras de pensar fueron enfriando nuestras relaciones y con el pretexto de los exámenes deje de verla; aunque ella no dio por terminadas nuestras relaciones, sino que pacientemente esperaba el que yo tornarse a reanudarlas, como siempre.

La suerte me volvió a proteger, presenté mi año completo casi siempre a título de suficiencia, y con bastantes buenas calificaciones pasé de año. Hice gala de mis conocimientos en las sobremesas de mi casa, pero más que de eso, hice gala de mi cerebro que tenía la facultad de asimilar con facilidad todos los conocimientos del curso. Mi padre callaba y se alegraba con satisfacción, y que si no me perdonaba mis desvíos estoy seguro de que los dispensaba porque de su boca ya no salía ningún reproche. No tenía por qué decirme nada, porque según yo cumplía con mi obligación, máxime que siempre me desvelaba, al día siguiente me levantaba como siempre el cumplimiento de mis obligaciones.

Llegado el día último del año y encontrándonos arrancados de dinero, no encontrábamos una parte que nos invitaran a la fiesta de fin de año sin la correspondiente cuota. Para esto, ya nada más éramos dos los cuates de la palomilla, pues desgraciadamente nuestro amigo Armando Loza tuvo que trasladarse por cuestiones de negocios a la capital, así es que Ruperto y yo nos dimos a la caza de alguien que nos invitara.

Ruperto se acordó de que, en la casa de Teresa, mi novia, iban a hacer una fiesta a todo trapo, y que, hasta la marimba, cosa nueva aquí en Pachuca, iba a tocar. Yo no tenía cara con que presentarme a Teresa, puesto que la había cortado, pero mi amigo me convenció de que no habíamos terminado, que no había sido más que una tregua y que por consiguiente no teníamos más que el hacernos los encontradizos, así sabíamos a qué atenernos; pues así no nos exponíamos a que nos fueran a correr, que no sería la primera vez, pero no queríamos otra.

Nos plantamos en las calles de Guerrero, frente a la casa de ella, y a la vuelta y vuelta estuvimos desde las cuatro de la tarde hasta las seis en que ya impacientes íbamos a retirarnos, cuando la suerte nos protegió pues Teresa en persona salió a la puerta de su casa y con la alegría pintada en el rostro me saludo: «¡qué milagro!», «pues pasábamos por aquí y ya que tengo la suerte de verte me alegro de saludarte». «¿a dónde van?», «vamos a prepararnos para ir al casino a despedir el año», mi amigo me dio un pellizco. «¿y por qué no se vienen con nosotras? vamos a tener una fiestecita, no como la del casino, pero si ustedes quieren los esperamos». «Pues ni modo Teresita, ya estamos comprometidos», otro pellizco de mi amigo. «¿qué les cuesta venir aquí? ¡nos faltan muchachos!». En esos momentos salieron las otras amiguitas de ella y en coro nos rogaron que nos quedásemos de una buena vez. «Mejor miren…» les decía yo «un ratito allá y luego venimos acá». Entonces mi amigo no se pudo contener y dijo: «No se apuren muchachas, de mi cuenta corre que Severino y yo, y otros amigos más, venimos a despedir el año con ustedes». ¿Entonces los esperamos a las nueve?» «sí» le respondimos.

«Qué bárbaro» me decía mi cuate, «con tus impertinencias ya se me hacía que nos quedamos sin baile». «Hay que hacerse del rogar, mi amigo, mas en fin, ya está la fiesta en las manos, hay que avisarles a los demás amigos, nos vemos a las nueve de la noche en la puerta».

Fuimos muy puntuales, nos apoderamos del baile y de las mejores muchachas en detrimento de los que habían pagado su cuota y no tenían con quien bailar, hasta se rumoraba el corrernos, pero ellas se declararon en favor nuestro y amenazaron con pasar la noche en el patio de la casa con nosotros, y tuvieron que rendirse. Pasamos un fin de año como nunca.

Mis relaciones con Teresa se reanudaron, pero como ella ya se había recibido de profesora y su trabajo estaba listo en la capital tuvimos que despedirnos para no volvernos a ver más. Cuando yo terminé el instituto la volví a ver en México, pero ya sin amor. Después, es decir años más tarde, supe que aún era soltera y que seguía dedicándose al meritorio placer de la enseñanza.

Este amor, que puede llamarse científico, no dejó huellas en mi corazón más que el simple recuerdo de un deseo cumplido…


jueves, 11 de junio de 2020

Gracias

Hoy por culpa del cancer se nos ha ido Rosa María Sardà, una gran actriz. Desde que la descubrí en algunas películas me enamoró su actuación. A mi madre le gustó mucho el papel que hizo en Amic Amat. Luego la vimos juntos en algún par de comedias. No voy a hacer un recuento de tantas veces que la vi en su carrera de los años 90 y los 2000. Incluso la recuerdo, con mucha gracia, en el cameo que hizo en Torrente 2.  Y por si fuera poco siempre le admiré su enorme inteligencia y cultura que demostró fuera del cine y de los escenarios, es decir en la vida pública. Un día me senté junto a ella en il caffè di Roma de la Ronda Sant Pere, me hubiese gustado decirle que yo era uno de sus tantísimos admiradores silenciosos, pero me ganó la vergüenza. Solo crucé una mirada amistosa con ella y me fui... yo estaba en la mesa de al lado. 

Y hace un par de días murió Pau Donés, también por la misma maldita enfermedad que no distingue edades ni sexos. Las canciones de Donés con su Jarabe de Palo se convirtieron en una banda sonora de muchas vidas como la mía. Alguna vez con su canción "Agua", junto con tinta y papel, me apoyé para una declaración de amor, (que me dieron calabazas de todas formas...)

Qué puedo decirles que no hayan expresado miles como yo... Solo gracias. 


viernes, 5 de junio de 2020

En algún lugar de La Mancha...


Que tu libro llegue a algún lugar de La Mancha es todo un orgullo. Gracias. Tened por seguro, amigos, que de ese lugar siempre querré acordarme, aunque aún no haya estado allí.

miércoles, 3 de junio de 2020

17. Tu cuerpo será tu perdición…

Pachuca. Julio 16 de 1916.

Yo nunca he sido perezoso y por costumbre siempre he tenido la de ser madrugador, por ese tiempo iba todos los días a las seis de la mañana al Parque Hidalgo a estudiar, aunque a clases no asistiera, pues esto siempre me servía en los exámenes y era natural, con la mente descansada, los ratos de estudio los asimilaba y fijaba al momento, teniendo la facultad de no olvidar nada de lo que aprendía.

Había un señor, Alberto Vargas, ferrocarrilero, que también tenía esa costumbre, hicimos amistad porque no había con quién hacerla más, siempre estábamos solos; cuando terminaba el estudio me decía: «ándale, chamaco. Vamos a correr» y nos poníamos a darle de vueltas al parque hasta que el sudor nos bañaba, principalmente a él que estaba gordo. Una vez me preguntó si sabía manejar los resortes en todas sus formas, le conteste que sí y me invitó a su casa para que se los enseñara. Yo fui con él y allí me presentó a su esposa e hija, una chamaca de unos quince años que estudiaba en el colegio americano; me agradó y desde ese día el señor Vargas me tuvo como asiduo concurrente en su casa. Ella como nunca había tenido un novio, sin embargo, era coqueta, exhibicionista, pues le gusta lucir su cuerpo escultural rebosante de juventud.

Era como su padre, alta de estatura, pero bien proporcionada, formas irreprochables, su color moreno, sus ojos negros, su seno erguido, la hacía más atractiva… más, pues ella procuraba hacer resaltar todas esas cualidades.

A la semana de conocernos ya éramos novios, nos veíamos en el parque a la salida de sus clases, charlamos de cosas triviales, uno que otro beso furtivo y nada más.

─¿Cómo haremos para platicar más a gusto sin que nos vean?

─Pues muy fácil ─le dije─ aquí donde yo vivo, en la Hacienda de Guadalupe podemos estar a nuestras anchas.

─Pues vámonos allá.

Nos fuimos y la verdad era que esta mujer tenía una escuela amorosa como si hubiera tenido más edad. Allí dimos rienda suelta a todos los encantos del amor, nadie nos estorbaba; mas yo notaba que eso no le satisfacía, ella tenía deseo de algo desconocido, o más bien creo que tenía curiosidad por saber más, cosa a la que yo me hacía el sueco, en primer lugar por el escándalo y en segundo por su padre, que era mi amigo y había que ser leal con su amistad.

Yo procuraba no dar motivo a un fracaso, pero ella se impacientaba y hasta se enojaba conmigo, pues cuando yo me daba cuenta de que aquello tomaba color de hormiga pretextaba algo para irnos del lugar; pero un día en qué estábamos encerrados en el tenis, después de muchos besos me dijo:

─Severino yo quiero ser tuya, estamos solos nadie nos ve, cerré con llave la puerta de modo que nada temas.

─¿Y cuando tu padre lo sepa entonces no debo de temerlo?

─¿Y quién se lo ha de ir a decir?

─Tú, que una vez perdida te vayas a arrepentir de tus actos y entonces el amolado soy yo.

Sin embargo, era yo hombre, hubo un simulacro de posesión y hasta allí… fue medio, porque no volví con ella a la Hacienda

Viendo que era imposible que yo me doblegara a sus deseos principió a burlarse de mi poca hombría y de todos los recelos de que yo me valía para huirle, hasta que una vez cansado de tantas burras le dije:

─Conste que tú lo quieres no te vayas a hacer la chiquita, después cuando te venga el arrepentimiento y que si acaso se llega a saber algo seas tú la que tengas toda la culpa.

─No tengas cuidado, yo sabré defenderme en caso dado.

Nos encaminamos a la Hacienda y de allí al tenis. Nos encerramos por vía de precaución y allí se entregó a mí como por vía de sport. Fue una hora de prolongado placer, pues ella lloraba de placer en cada orgasmo, y salimos de allí, yo preocupado y ella feliz de haber saboreado lo desconocido.

Nuestras visitas al tenis se sucedieron cuotidianamente hasta que nuestros cuerpos hastiados pidieron una tregua, nos separamos por una nimiedad y yo me agarré a esa tregua como el náufrago a la tabla. Sentí que un gran peso se me quitaba de encima y ella se quedó tan conforme como si nunca me hubiera conocido.

Días después ya era novia de un amigo mío, el cual me preguntó que, si ella había sido mi novia y yo le contesté que no, que nunca me hubiera atrevido a tanto por ser amigo del señor Vargas, y quedó tan conforme que hasta más amable se volvió conmigo.

Como vivíamos en el mismo rumbo muchas veces nos llegamos a encontrar, nos saludábamos y hasta platicábamos de muchas cosas fútiles, pero nunca más recordamos todo lo que había pasado, que como ella me decía: «eso ya huele a muerto».

Solamente una vez, quizá nostálgica de placeres, me pidió que le llevara a pasear. Yo como hombre le concedí el gusto, al fin ya sabía qué clase de mujer era ella.

Por ese tiempo cambiaron a don Alberto a la división de Sonora y tuvo que abandonar Pachuca, me invitó a comer para despedirse de mí. Yo asistí y francamente debo de confesar que sentí tristeza por su despedida, era un gran amigo a pesar de la diferencia de edades.

Mi amigo, que rico era, casi se lo traga la tierra de dolor por la ausencia de ella y su padre que vio los trastornos que esto le causaba a su hijo el consentido, le dio el dinero necesario para que fuera por ella a Sonora y se casara si lo creía conveniente. Fue por ella y vino casado. Este cortó sus estudios, ella sufrió el primer descalabro porque se la llevó al rancho vivir, pues él tenía que trabajar para comer …

Con el tiempo, él se volvió borracho y con la sífilis que se cargaba hizo completa la desgracia de Lupe, que a gritos le rogó a su padre que viniera por ella, porque ya su esposo se había vuelto inaguantable.

Su padre vino por ella, se la llevó a Sonora y mi amigo murió de borracho.

No volví a saber de ella, ni ha menester…



jueves, 21 de mayo de 2020

16. Blanca paloma de mis dolores…

Pachuca. Mayo 10 de 1916.

 

Acaba de llegar de Puebla su tierra la conocí en uno de los conciertos del Instituto. Nos simpatizamos, trabamos una amistad al principio de cortesía y después una amistad sincera.

Ella venía a Pachuca con su madre a cambiar temperamento y no sabía a ciencia cierta el tiempo que se quedaría en esta ciudad polvosa.

Durante nuestra amistad nos contamos nuestras cuitas respectivas; yo le conté mi desencanto por la pérdida de mi novia que se había ausentado, dejándome con el alma dolorida y ella el desengaño terrible de que le salió el novio casado.  

Ella era muy amante de la poesía como yo, de modo que pasábamos largos ratos recitando versos. Poco a poco esa intimidad se fue transformando en afecto amoroso y terminamos un día de novios.

El verso a Rosario, de Manuel Acuña, fue el que nos emocionó y sin darnos cuenta, al terminar el poema no nos dijimos nada, pero nuestras bocas se juntaron una y mil veces. Fue un amor romántico, un amor dulce y plácido, sin fuertes emociones, ni fuegos candentes.

Ella me quería y su amor me lo demostraba con un romanticismo como si fuésemos o hubiésemos sido Romeo y Julieta en persona; pues su modo de hablar y de expresarse era casi un romance; yo, desde luego, correspondía en la misma forma, nos besábamos y al momento salía un poema melancólico y místico como los de Amado Nervo. Nuestras citas eran como un liceo, porque los poetas, tanto mexicanos como extranjeros, eran fieles asistentes a nuestras citas de amor.

    Cierta vez me dijo: ¿qué te parecen estos versos de Víctor Hugo?

    Que ferai-je de la lyre

de la vertu, du destin?

¡Hélas! Et, sans ton sourire,

Que ferai-je du matin?

    Que ferai-je seul, farouche,

Sans toi, du jour et des cieux

De mes baisers sans ta bouche

Et de mes pleurs sans tes yeux!

 

    Y lloraba, estos versos le causaban una profunda tristeza. ¿Por quién lloraba? ¿Por mí? No lo sé. La consolaba con mis besos y mis caricias y le recitaba de Icaza:

            Fragmento

    ¿Para qué contar las horas

de la vida que se fue,

de lo porvenir que ignoras?

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

¿Cabe en la injusta medida

aquel instante de amor

que perdura y no se olvida?

¿cabe en la justa medida del dolor?

¿Vivimos del propio modo

en las sombras del dormir

y desligamos de todo

que soñando único modo

de vivir?

¿Al que enfermo desespera,

qué importa el cierzo invernal

 el soplo de primavera,

al que enfermo desespera

de su mal?

¿Para qué contar las horas?

no volver a lo que fue,

y lo que ha de ser ignoras.

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

 

    ─Qué verso tan precioso, dámelo ¿y tú no has hecho alguno?

    ─Sí, muchos…

    ─¿Por qué no me los has enseñado?

    ─Porque quizá no te gusten.

    ─Recítame uno no seas malo, mira que te lo pide tu Magdalena.

    Rememoré y le dije:

A la que pudo amarme …y no lo quiso.

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que tú un día,

me encuentro yo clavado en la tortura,

apurando mi cáliz de amargura,

en el huerto fatal de la agonía …

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que sentía

tu alma doliente, enferma y sin ventura,

sin consuelo y sin fe siente la mía…

    ¡Señor!, ¡Señor!… con el costado abierto

por donde escapa la vida eterna,

siento venir con caminar incierto

y más triste que tú, la hora postrera,

    ¡Pues te amaron a ti después de muerto

y a mí no me han de amar, ni cuando muera!

 

    ─¡Qué lindo! ¿y por qué no me habías dicho que hacías versos?

    ─Pues por nada.

    ─Ya sabes que de hoy en adelante solamente quiero oír tus versos son encantadores.

    ─Pues mi repertorio es muy pequeño y es personal, quiero decir que casi todos están dedicados y temo que esto no te gustaría…

    ─Bueno. ─Me dijo con molestia─ como tú quieras…

    A ella le gustaba mucho los poetas franceses principalmente Victor Hugo, que era el de su predilección, después venía Verlaine, Lafontaine, Malherbe, Deschanel, Alfred de Vigny y otros; y había veces que casi se enojaba porque para ella eran superiores a los nuestros.

    ─Mira mi vida no seas tonta. ¿Hay algo más dulce que este verso de Antonio Zaragoza?

Cuando Dios, Al que llora recompensa,

se apiade al fin de lo que yo he sufrido,

en silencio me iré como he venido…

Quiero en la sombra entrar. Tengo una inmensa

necesidad de olvido…

 

    ─¿Qué te parece? Dime uno que sea más triste más fluido más claro y con más alma que este que te recitado. ─Le dije.

    ─Ya verás ya verás cómo sí te lo encuentro… y es este:

Soñaba

Soñaba yo …mis párpados henchidos

    de lágrimas sentía;

soñé que estabas en la tumba, muerta,

    y muerta te veía …

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía …

estaba yo soñando y por la cara,

    el llanto me corría;

soñé que te arrancaban de mi lado

    alguno, vida mía…

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía…

soñaba yo… me ahogaban los sollozos,

    el llanto me bebía…

estaba yo soñando que me amabas.

    soñando que eras mía

era un sueño nomas, no más que un sueño,

    y lloro más que nunca, todavía…

                                        E. Heine.

 

    ─¿Qué te pareció? ─me preguntó.

    ─No es feo, es precioso, sentimental, también fluido, pero la belleza se la dio la traducción, casi puede decirse que la hizo Manuel M. Flores ¿o no es así?

    ─Cierto, pero en el fondo es de Heine.

    ─Pero el fondo sin la forma no es completo.

    ─De todas maneras habías de ganar… ─reímos, nos besamos y allí terminó la discusión.

    La madre ya se había dado cuenta de las relaciones románticas de su hija conmigo y principió a recelar, pero no me dijo nada. Ya se sentía bien de salud y hacían en frecuentes viajes a Puebla, en donde se quedaban, a veces, una semana, la misma que pasaba triste, sin esa compañía tan amena que era mi Magdalena.

    Por fin y cuando más engreído estaba, sucedió lo que debía de suceder, su madre midió el peligro de un enamoramiento de parte de su hija con un hombre sin porvenir y puso un «hasta aquí», se la llevó a Puebla y no volvió más. No tuvimos ni tiempo de despedirnos.

                A Magdalena

Blanca paloma de mis dolores

¿por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Vuelve a tu nido, mi bien amada,

donde eres dicha, dónde eres flor,

vuelve a mis campos dulce adorada

donde te espera mi ardiente amor.

No tardes mucho, paloma mía

que estoy enfermo por la pasión,

ven que te espera la sinfonía

de mi alma triste y mi corazón.

¿Por qué no escuchas mi eterno ruego?

¿Por qué no escuchas mi ardiente amor?

¿Qué tu alma pura hecha de fuego

ya no es sensible para el dolor?

¡Ven que te espero para estrecharte!

¡Ven que ya mi alma impaciente está!

¡Ven no me impidas volver a amarte!

Porque mi vida se acabará…

Blanca paloma de mis dolores

¿Por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Severino.

     Ese fue nuestro adiós y el único recuerdo que de ella me quedó. he ido muchas veces a Puebla nunca la vi.

    Esa mujer romántica sólo podrá ser feliz con un hombre que la sepa comprender, que sea idealista, amante del arte, de la literatura, de la historia… de otra manera… la hará desgraciada.