lunes, 21 de diciembre de 2020

#unaNavidaddiferente

 Toque de queda

 Walter Arias

En ese año, las navidades no solo eran frías, sino que el ambiente concentraba la sensación de derrota de muchos que echaban de menos a sus seres queridos que no estarían para celebrar las fiestas. Las calles se encontraban vacías porque el gobierno, dos semanas antes, decretaba el toque de queda con tal de hacer frente a la ola de contagios de un nuevo virus respiratorio. Joaquín Villegas buscaba una callejuela, no tan fría, donde hubiese chimeneas para sentarse a comer un pan con mantequilla y jamón que le había dado una vieja caritativa a la salida de la iglesia. Desde hacía once meses que dormía en la calle y aquella noche en los refugios para indigentes no cabía ni un alma más.

Había apostado todo a ser escritor y fracasó; el banco se había quedado con su casa y él sin siquiera un amigo o un familiar que lo consolase. Estaba solo, aunque se decía a él mismo que el próximo año alguien iba a descubrir su talento y estaría rodeado de lujos, abundancia, admiradores, gente que lo reconocería a simple vista para pedirle su autógrafo. Pero, por ahora, debía tragar sapos y esperar a que pasara esa mala racha. Lo peor del virus era que la gran mayoría de la gente se había vuelto desconfiada y egoísta; y si él les contaba su historia, y su caída en desgracia, lo tildaban de loco al verlo con la ropa sucia y rota. Siempre se quedaba con las ganas de hablar cuando todo el mundo le rehuía.

Los adornos navideños iluminaban su paso y creía que esa noche él no existía para nadie, pues nadie lo veía. La ciudad callaba, sus habitantes estarían resguardados en casa por órdenes de las autoridades, hasta que escuchó unos gritos:

          ─¡Alto ahí! ─se giró y vio a un par de policías que venían hacia él. Apuró el paso sin perder la calma. Uno de ellos le asestó un golpe con su porra en un hombro. Joaquín Villegas gritó de dolor y del susto. Conocía el comportamiento de aquella policía asesina que tenía órdenes de limpiar la ciudad y más si se trataba de un estado de excepción. Corrió con todas sus fuerzas apretando en sus manos la bolsa con su comida. Sus perseguidores le pisaban los talones hasta que pudo esconderse tras una verja cubierta de maleza proveniente de los jardines de las casas ricas de la zona. La respiración se le escapaba y comenzó a toser. Los jadeos y la falta de aire lo hicieron desplomarse en la acera. Los uniformados vieron cómo se retorcía y parecía que se asfixiaba.

          ─Vámonos de aquí, compañero. ¡Dejemos a este muerto de hambre palmar solo! Seguro que tiene el virus. ─Ambos agentes se taparon la cara con la mano y lanzaron una mirada de asco. Al tiempo que se alejaban, Joaquín Villegas retomó energía y comenzó a correr de nuevo. Los policías se dieron cuenta y volvieron con las porras desenfundadas a cazarlo. Cuando sintió de nuevo que las piernas ya no le respondían y respiraba con más dificultad se dio por vencido. Iba a levantar las manos en señal de rendición, cuando escuchó que alguien lo llamaba con una especie de silbido. Un gran adorno iluminado en forma de Santa Claus, que se había desprendido de los cables, lo cubría de la vista de los perseguidores. Miró a su alrededor y entre una tubería larga y ancha de un edificio en construcción distinguió un par de ojos que brillaban con el reflejo de aquel Santa Claus caído. Sin pensarlo entró en aquel pasadizo y una mujer en harapos y con la cara llena de hollín le susurró:

          ─Aquí estarás a salvo. Este es un buen lugar para esconderse. ─Joaquín, poco a poco retomaba el aire y veía con más claridad a aquella mujer, de quien pensó que en algún momento de su vida pudo haber gozado de una vida digna.

          ─¿A ti también te ha perseguido la policía? ─la cuestionó. Ella asintió y dejó ver su pelo sucio y las manos negras de tierra con la penumbra. Se adentraron hasta donde la luz del Santa Claus ya no se colaba─. ¿Desde cuándo vives en la calle?

          ─Ya no recuerdo ─dijo ella.

          ─¿Sabes que hay un virus contagioso y que hay toque de queda en todos lados? ─continuó él.

          ─No sé nada. Hace mucho tiempo que no sé nada.

          ─¿Pero sabes que esta noche es Noche Buena? ─Ella lo miró con indiferencia─. No tienes por qué estar triste. Yo también estoy solo en esta ciudad.

          Joaquín sacó el pan con mantequilla y jamón y lo partió en dos. La chica tomó un pedazo y lo comenzó a devorarlo. Él la miraba mientras también comía su parte. Al menos les quitaría un poco el hambre de esa noche.

          ─ Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Joaquín Villegas, soy escritor, solo que nadie me cree. Lo perdí todo, porque así es este mundo: fariseo, injusto, prosaico e incomprensivo. Aunque estoy seguro de que el próximo año todo cambiará y alguien reconocerá mi talento. Ya verás, todo será mejor, te sacaré de esta miseria en la que estamos ahora mismo y serás mi secretaria. ─Ella lo miraba con humedad en los ojos─. Porque sabes leer y escribir ¿no? ¡No me mires así, no soy un demente! ─dijo gesticulando con las manos─ ¡Feliz Navidad querida amiga! o más bien, ¡feliz Nochebuena! ─Los dos sonrieron mientras masticaban el último bocado de su cena navideña.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Fragmento: El estampado perfecto

 

 

PRÓLOGO

 

 

F

rancisco Iglesias i Capdevila conoció a su hijo, el Francisquet, dos semanas después de que Josefa Vila lo diera a luz. Fue en abril de 1785 cuando Francisco viajó desde Cádiz a Barcelona para el bautizo en el templo de Sant Just Pastor. La suavidad de la primavera mezclaba la humedad con las brisas saladas que daban un aroma particular a su ciudad que no tenían otras; los viandantes habían dejado la ropa de lana y comenzaban a lucir las prendas de algodón.

Aún no se cumplía un año de la muerte de su padre Oleguer Iglesias, el estampador de indianas que durante décadas había pintado telas de algodón y lino, y de la aparición de aquel italiano en el velorio, que se había convertido, sin saberlo, en la primera señal por la que Francisco Iglesias dejaría su natal Barcelona para siempre.

 

  

                                               


                                               

PRIMERA PARTE


Capítulo I

F

ue entrado el verano cuando los cuerpos sudorosos cargaban el ambiente de aromas agrios y tristes. La calle de las Trenta Claus estaba oscura y desierta. Olía a maderas y a agua estancada. Francisco y sus hermanos se consolaban mientras la madre sollozaba y los vecinos compartían su dolor. El italiano miraba la reunión desde la puerta e incomodaba a Francisco y este vigilaba sus manos huesudas que sostenían el sombrero de ala ancha que se había quitado ante el dolor de la muerte. Francisco se acercó a su hermano mayor, Oleguer el más ecuánime de los tres, y le señaló con la cabeza al extraño aquel. El primogénito dio un paso adelante y cruzó la mirada por segundos con los ojos verdosos del visitante.

─¡Vete con mi madre! ─ordenó─. Una mezcla de confusión y miedo se apoderó de Francisco quien abrazó a su madre y a Antón, el menor de los hermanos, viendo al primogénito descender por las escaleras junto con el extraño del sombrero.

─¿Cómo se atreve a venir aquí, precisamente hoy? ─dijo Oleguer ya en la calle.

─No tenía opción ─respondió con acento lombardo.

─¡Le pagaré todo lo que se le deba, pero ahora márchese!

Dificile… debo llevarme alguna garantía o mi amo se picará conmigo.

─¿Qué quiere? ─empuñó las manos sudorosas.

─El acta de propiedad de la fábrica, por ejemplo ─contestó con seriedad el italiano.

─¡Imposible! ¿No basta con mi palabra? ─Oleguer mostró rabia y presentía que no se quitaría de encima los problemas económicos tan fácilmente.

─Las palabras no son suficientes para un maltés. Si no, dígamelo a mí, que las palaras me sobran ─dijo con sorna.

─Le juro que pagaremos. Venga mañana cuando mi madre no esté, no quiero preocuparla.

No signore, esta noche parto y no puedo dejar a mi patrón con las manos vacías. ─El lombardo sacudió su bolsa llena de monedas. Oleguer sacó de su faja varios pesos fuertes venidos de las Indias. Cogió la mano del lombardo y se las puso cerrándole los dedos.

─¡Oh, signore! Grazie, aunque a DePauli le gusta la plata, él espera algo mucho mayor ─exclamó guardándose las monedas para él.

─Le daré más si me ayuda a negociar con DePauli ─suplicó Oleguer.


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miércoles, 16 de diciembre de 2020

 

Quédate en esos caminos

(Relato)

 

Walter Arias

 

Llevaba varias noches soñando con lo mismo. Era como si su memoria se hubiese convertido en un mar sin profundidad, en el que las gaviotas se lanzaban en picada para pescar los recuerdos sin dificultad. Cada mañana, Manelic despertaba sin atreverse a buscar a quien fue su amor platónico de la adolescencia. Una tarde, cuando no dejaba de pensar en ella, se fue a la calle a verse con Ismael, su cómplice de batallas perdidas y, hasta cierto punto, su terapeuta de vida.

Era diciembre. A las siete de la tarde todo estaba oscuro y frío; parecía la una de la madrugada si no fuera porque había gente paseando y los bares y restaurantes estaban llenos. Ismael lo esperaba leyendo el periódico en una de las mesas junto a la ventana, la bufanda le cubría casi hasta la boca y su respiración provocaba vaho que Manelic confundió con un cigarrillo.

─Buenas tardes, compañero ─dijo Manelic mientras acomodaba la silla frente a su amigo quien por su parte había cerrado el periódico y le sonreía con fraternidad.

─Pues, aquí estamos… Aguantando el frío, no podemos aislarnos en nuestras casas sin enloquecer.

─Te agradezco que vinieras. Como te adelanté por teléfono, llevo tiempo soñando con ella. En la escuela nunca me atreví a decirle nada, siempre estaba escoltada por sus amigas y de vez en cuando aparecía el novio al que yo veía como un ser amenazante con solo su presencia.

El mesero se acercó y con «precisión», llenó de café la taza de Ismael sin derramar gota en el mantel impoluto, al tiempo que Manelic pedía lo mismo para él. El ruido de voces, risas y cristales distrajeron la conversación; ambos miraron el ambiente del local: una mezcla de parroquianos asiduos con jóvenes estudiantes que buscaban un sitio donde merendar. A pesar del movimiento y la vida en la cafetería, a Manelic le parecía un lugar gris.

─¿Esa edad tenías cuando te enamoraste de ella? ─preguntó Ismael señalando con la cabeza a un muchacho con gafas.

─No, más joven. Si mal no recuerdo, yo tendría unos catorce o quince años. Ese que señalas tendrá por lo menos veinte y tiene cara de haber sido más espabilado que yo en ese aspecto. Seguro que nunca se quedó con las ganas de decirle a alguien que se quedase con él o que invitara a salir a la chica en cuestión. ─Se lamentó Manelic moviendo la cucharilla de su café.

─¡Uy! Te veo mal, amigo mío. ¿De veras crees que eres el único desgraciado que ha sufrido por un amor platónico? A quien mires. Te aseguro que todo el mundo ha pasado por lo mismo, inclúyeme a mí, por supuesto. ─Ismael tomó un sorbo más de su café─. Bueno, cuéntame más de ella. ─Las manos de Manelic se posaron en los bolsillos de sus pantalones, se estiró hacia atrás apoyado en el respaldo de la silla y continuó:

─Cuando salimos de la secundaria, yo estaba solo. No quise que fueran mis padres a la ceremonia y fui el primero en salir de aquel evento para comprar la fotografía de ella, que hasta la fecha la conservo.

─O sea que cuando sus padres fueron a buscar la foto de su hija alguien se la había llevado… ¡menudo pillo! Menos mal que no eran estos tiempos, porque de lo contrario pensarían que un acosador estaría acechando a la chica. ─Ambos rieron y Manelic agradeció que su amigo le sacara una sonrisa.

─Luego por la noche, en la discoteca, la observé con la típica mirada del cobarde, es decir, no me atreví a pedirle que bailara conmigo y me quedé con la sensación de la derrota sin haber siquiera hecho el esfuerzo. Quizás me hubiera rechazado, quizás estaba su novio allí, quizás…─Ismael negó con la cabeza, desaprobaba las palabras de su amigo─. Al terminar la noche salimos y llovía un poco. Mientras esperaba un taxi junto con mi vecino la vi salir y perderse en la penumbra. ¿Conoces la canción de A-ha «Stay on these roads»?

─¡Claro que sí, era el mismo título del disco!

─Pues esa canción la relaciono con aquella noche. En mi cabeza sonaba cuando la vi desaparecer. Hasta la fecha si la escucho me transporta a ese momento. ─Manelic hizo la seña para que el mesero le sirviese más café─. Una escena cargada de nostalgia y de tristeza, sin duda. ¿Pero sabes qué? Me gusta recordar ese momento exacto.

El mesero trajo café para los dos amigos y tras agradecerle volvieron a su charla.

─¿Y luego? ¿Qué pasó con ella tras todos estos años? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Después le perdí la pista… al menos eso creo. No recuerdo haberla visto o hablado con ella en los años siguientes. Posiblemente mis pensamientos estaban en otros lugares y con otras personas. Ya sabes, bachillerato, chicas, amigos, etcétera. ─Ismael levantó una ceja, se acarició las barbas ralas y con una seña le hizo saber a Manelic que tenía que seguir con la historia─. Pues así pasaron veintidós años hasta que la volví a buscar gracias a una reunión de ex compañeros de la secundaria.

─¿Veintidós años? ¡Más vale tarde que nunca! ─ironizó Ismael.

─Ya… La encontré divorciada y con dos hijos, ¡Seguía tan guapa o más, de como la recordaba! ─La expresión de Manelic le iluminó la cara e Ismael se alegró al ver cómo irradiaba ilusión─. Quedamos de vernos en un lugar para tomar un café.

─¡Muy bien! ¿Y luego qué pasó? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Sufrí un accidente muy estúpido: me rompí el metatarso del pie derecho, la boca y un ojo me quedó como de boxeador tras un nocaut. ─Ismael se llevó la mano a la cabeza y cerró los ojos─. Aún así fui a la cita, aunque mi cara parecía un mapa, me dolía todo. Llegué al lugar acordado, pedimos algo de beber.

─Espero que le hayas hablado de tus triunfos, de tus últimos escritos, de ti mismo… porque te apuesto que ella quizás estaba pensando en esa cita, en un amor nuevo que esperaba aquella misma tarde, o mañana, no sé qué sería… ─adelantó Ismael. Manelic sonrió y dijo:

─Era de mañana, sí… y en medio del silencio hubo una frase y nos cogimos de la mano. Ismael, sentí que todo el pasado y las injusticias de la vida se habían reconciliado en ese momento. Mi mano y la suya temblaban. Transmitíamos una sensación de electricidad que se colaba hasta nuestras entrañas, al menos en mi caso, espero que en el de ella también.

El mesero interrumpió la conversación con el aviso de que dentro de veinte minutos cerrarían y podían aprovechar para pedir más café o ya les traía la cuenta. Ambos comprobaron que aún podían rellenarse sus tazas y pidieron además la cuenta.

─Vaya, este mesero nos ha cortado la charla ─dijo Ismael─. Bueno, ¿y luego qué pasó? ¿hubo algún roce más? ─sonrió con picardía.

─Un beso al despedirnos, pero…

─¿Pero?

─Mis heridas en la boca no me permitieron más, por lo que aquello merecía una segunda cita.

─No me digas que ya no hubo más citas… ─reprochó Ismael. Manelic agachó la cabeza y se encogió de hombros para mostrar su resignación.

─Ya no, Isma. Quizás fue mejor así. Las circunstancias de la vida nos llevaron por caminos similares, aunque paralelos.

─Recuerda que la excusa más cobarde es…

─Culpar al destino, sí, lo sé…

El mesero volvió con la cuenta, ellos pagaron los cafés y miraron que la cafetería estaba ya desierta.

─Te aseguro que si todos en este lugar hubieran escuchado lo que me estabas contando a mí se hubiesen quedado hasta el final. Porque les recordarías algo así de sus vidas.

Ambos salieron y el frío los sorprendió. De inmediato se acomodaron los guantes, se enrollaron las bufandas en el cuello y cubrieron sus narices. En la calle no se veía ni un alma. Pasó un coche y Manelic creyó que era ella quien lo conducía… imposible, estaban en ciudades lejanas.

─Oye, Manelic ─dijo Ismael poniéndole una mano en el hombro─ por cierto, ¿cómo se llama? Solo me has hablado de «ella»; nunca has mencionado su nombre.

─Liz Jiménez. Llamémosla así.

─¿Por qué no la buscas de nuevo?

─Porque soy un cobarde y no me atrevo a empezar de nuevo ─dijo Manelic sin titubear.

─Pues si es así, chico, seguirás teniendo esos sueños donde triunfas y cuando despiertas te das cuenta de tu fracaso. ¡Al menos pide un deseo cuando haya lluvia de estrellas!

─Quizás, Ismael… quizás un día de estos las cosas cambien y esos sueños se hagan realidad sin tener que hacer daño a terceras personas.

─¿A qué te refieres con terceras personas? ¿Hay algo que no me has dicho? ¿estás con alguien?

Ismael vio cómo la silueta de su amigo se desvanecía entre la oscuridad y la borrasca hasta perderlo de vista. Él encendió un cigarrillo y lo fumó hasta entrar en casa. En el salón buscó Stay on these roads, lo puso en el tocadiscos y comenzó a escribir una historia en la que el final fuese feliz para Manelic.      


Pd. Algunas líneas y diálogos fueron tomados de Ismael Serrano en sus canciones: "Para médicos y amantes" y "amores imposibles".


domingo, 15 de noviembre de 2020

23. Fuiste una flor de loto en el remanso de mi vida

 Pachuca. Marzo 19 de 1917.

Había una nevería en la calle de Hidalgo regentada por un japonés muy amigo de los estudiantes y entre los más asiduos concurrentes estábamos nosotros; allí encontrábamos esparcimiento a nuestras almas y a nuestro estómago, pues la nieve de limón en ese lugar era exquisita y más aún porque, muchas de las veces, era fiada y también en algunas ocasiones regalada.

Esto no tendría nada de particular si por este tiempo no hubiera llegado al lado del nevero una linda japonesita. Era bonita y muy simpática en su trato; era menuda de cuerpo, pero muy bien proporcionado, yo le calculaba unos diecisiete años y no le andaba lejos porque después nos dijo que tenía dieciocho.

Al ruido de la llegada de la japonesita aumentó la clientela, no solamente estudiantil sino también extraña y pretendientes de sobra le salieron al paso, pero ella, a pesar de ser tan decidora se hacía la socarrona dándoles a todos por su lado sin hacerles caso a ninguno.

Yo me daba cuenta de los fracasos de tantos adoradores y por eso no me atrevía a decirle nada, a pesar de que ella tenía, más o menos bien demostrada cierta predilección por mí.

Pero un día que madrugué intencionalmente, me di cuenta de que el japonés se había ausentado y ese tiempo lo aproveché haciéndole el amor.

─Pero ¿de veras me quieres?

─Cómo no te voy a querer, ¿que no ves lo asiduo que soy?

─¿Eso quiere decir amor? Además, tú no sabes quién soy, ni siquiera cómo me llamo.

─En realidad no… ahora dime cuál es tu nombre, me lo figuré tan difícil de pronunciación como tu apellido Takaguchi.

─Estás muy lejos de la verdad. ¿Que no ves que yo nací en México y mi nombre es Guadalupe? Te parece raro ¿verdad?

─No mujer, al contrario, encantado de que tengas un nombre como el de nuestra Virgen.

─Ahora otra verdad que tú ni por asomo te figuras… soy viuda de honor.

─¿De veras?

─¡Como lo oyes!

─¡Tan chica!

─Es la costumbre entre nosotros y mi marido se murió de no sé qué y por eso me tienes aquí sirviéndole a mí pariente. Ahora tú dices si sigues en tu deseo de que sea yo tu novia.

─Pues te diré que eso me importa muy poco, lo que me interesa eres tú y me basta con que tu boquita diga sí. Te quiero para que me hagas el hombre más feliz de la tierra.

─Pues entonces sí.

─Dame un beso como prueba de tu amor.

Nos dimos un largo y asfixiante beso que me hizo temblar de pies a cabeza. Era una mujer ideal, con muchos dones que me hacían feliz todas las mañanas que pasábamos juntos, pues era la hora en que había menos movimiento el japonés tenía que ir a ver todos los jardines de Pachuca de los que era el encargado, favoreciendo nuestras entrevistas.

Cada día la quería más, tan melosa y dulce, tan cariñosa que me hacía pasar las horas cuál si fueran minutos.

Ya teníamos algún tiempo de relaciones platónicas y felices, cuando se le ocurre enfermarse al japonés y sin más ni más dejó de encargada a la chamaca y él se internó en el hospital.

Con la confianza que ya teníamos se detenía a comer conmigo y a veces hasta dormíamos la siesta juntos muy santamente. Yo no me atrevía a hacerle ciertas proposiciones por cariño a ella, pero había de llegar ese día de felicidad y de gracia para ambos, y fue mía en cuerpo y alma.

Desde esa vez su cariño fue in crescendo, me quería tener todo el día allí, cosa que para mí era imposible, yo tenía otras ocupaciones aparte de mis estudios, no porque me chocara estar con ella sino porque me daba pena con el japonés que se daba cuenta de sus muchas atenciones y nada de consumo.

Los celos empezaron a entrar en nuestras relaciones, yo creí que la sangre japonesa no tenía ese temperamento y me pegué un chasco, porque ella era tan celosa como una mexicana. Cuando sus celos se dejaban ver, hasta los ojillos se le hacían más chicos, pero yo tenía la táctica de saberlos aplacar muy fácilmente.

Ya estaba fastidiando con sus impertinencias y un día quise poner un «hasta aquí» a nuestras relaciones y le dije:

─Si no moderas tu carácter ten por seguro que nuestras relaciones terminarán.

─¿Y eres capaz de dejarme abandonada sabiendo que soy sola en este mundo?

─Tan capaz soy… desde hoy en adelante si me celas como hasta ahora no te vuelvo a hablar.

─No seas así conmigo, mira que te amo… porque soy capaz hasta de matarte.

─Ya empiezas… ya me voy.

─¡No te vayas! ¡espera no lo vuelvo a hacer! ─y se abrazó besándome. Cuando menos lo esperábamos se presentó el japonés, nos separamos, aunque él no nos dijo ni la más leve palabra; pero poco tiempo después era embarcada para su tierra y no la volví a ver y mucho menos a saber de ella.

Ausencia.

Mi corazón enfermo de ausencia

expira de dolor porque te has ido.

¿en dónde está tu rostro bendecido?

¿qué sitios ilumina tu presencia?

ya mis males no alivian tu clemencia,

ya dice ternuras a mí oído,

y expira de dolor porque te has ido

mi corazón enfermo de tu ausencia,

es inútil que finja indiferencia,

en balde busco el ala del olvido

para calmar un poco mi dolencia,

mi corazón enfermo de tu ausencia

expira de dolor por qué te has ido…

E. Rebolledo.





lunes, 28 de septiembre de 2020

Masum: Inocente. Cuando una serie policiaca transmite más sensaciones que una simple investigación criminal.

La serie turca de Netflix es de lo mejor que he visto últimamente. Me refiero a mis gustos propios, no voy a entrar en lo que es bueno o es malo para otros. Esta es una serie de las que me atrevo a recomendar por muchas razones, una de ella es la de la transmisión de sensaciones que producen los personajes, más allá de la investigación policiaca. 

Los elementos familiares y sentimentales que se tejen en la historia me llevaron a empatizar con las enfermedades mentales tan negadas y sufridas por los propios familiares y estigmatizadas por nuestra sociedad. 

Respecto a la producción, actuación y dirección nada que añadir. La historia está llena de flashbacks y giros inesperados que hace que el estrés de la trama valga la pena. Desafortunadamente una serie así no podría adaptarse en México, pues como todo mundo sabe, aquí la policía es incapaz de resolver nada y la historia carecería de verosimilitud. 

Si Turquía siempre me ha parecido un país interesante, aunque no haya estado, con esta serie tengo un poquito más de prisa por cruzar el Bósforo.   



viernes, 18 de septiembre de 2020

22. Eras buena, pero el tiempo te hizo mala

 Pachuca. 22 de febrero de 1917.

En las tradicionales fiestas de San Francisco del año 1916 conocí a una mujercita que me llamó mucho la atención, me puse a perseguirla, pero me perdía entre el gentío, volví a encontrarla y cuando quería acercármele huía acompañada de dos chiquillos que le hacían el juego. Esa persecución duró casi todo el tiempo de la fiesta y no pudiendo atraparla, me fastidié dejándola por la paz.

Por el mes de enero de 1917 volví encontrármela en las en la calle,  su sonrisa coqueta me obligó a perseguirla nuevamente, pero me ganó en tiempo porque se metió a su casa en la calle Fernando Soto. Al menos ya sabía su domicilio.

Me di a la tarea de espiarla todos los días a una misma hora, pero no dio la oportunidad deseada para hablar con ella, lo único que me animaba eran sus miraditas por la ventana y una que otra asomada por la puerta, hasta que una vez en el Mercado de Barreteros la vi y sin que ella se diera cuenta ya estaba al lado de ella, y sin más ni más, con esa desvergüenza estudiantil le declaré lo mucho que yo la amaba, nada más se sonreía, pero no me contestaba nada a pesar de mis insinuaciones; yo estaba dispuesto a no retirarme hasta no obtener una respuesta fuera la que fuera. Subimos hasta las calles de Abasolo para bajar por Covarrubias y ya casi llegando a su casa me respondió que sí y me citó para el día siguiente a la misma hora. Cuando volví con mi amigo del alma le dije con rebosante alegría «¡ya estuvo manito envídiame!».

Así estuvimos por algún tiempo hasta que un primo suyo con un garrote en la mano me hizo correr y ya no la dejaron salir, pero yo estaba picado y por consejo de mi amigo nos disfrazamos de electricistas y pedimos en su casa pasar a la azotea para revisar unas líneas, los primeros días pasaron con felicidad, pero el pariente empezó a recelar de esos inspectores tan jóvenes que no podían terminar su revisión y, con un aviso oportuno de ella, no volvimos. Después solamente en la misa nos podíamos ver mientras su tía rezaba devotamente nosotros platicábamos irreverentemente, mas la señora se dio cuenta y ya ni eso pudimos hacer. Viendo la inutilidad de mis esfuerzos por verla la borré de mi lista y no volví a molestarme en buscarla.

Pasó el tiempo, cursaba el cuarto año de Medicina cuando una vez que entré a comprar pasteles a una dulcería-café llamada El Fénix, al pagar en la caja me encontré con la agradable sorpresa de que la cajera era nada menos que ella. Me recibió amablemente hasta que me rogó que la esperara pues ya se acercaba la hora de su salida, naturalmente que la esperé. Cuando salió y la vi de cuerpo entero me quedé asombrado al ver que la chiquilla de aquellos tiempos no quedaba nada y en su lugar había una mujer ¡pero qué mujer! la más bella que hasta entonces había conocido en la ciudad de México. Era en realidad una belleza despampanante que llamaba la atención hasta el más exigente, todo en ella era bonito, hasta el detalle más nimio era agradable.

Esa cara tan hermosa, posada en ese cuerpo estupendo, me hacía concebir en un plus ultra entre las mujeres: su cara de un blanco sonrosado, con unos ojazos azules con grandes pestañas, su nariz céltica remangadita, su boca diminuta, su cabello de un rubio ligero la hacían adorable y con ese cuerpo escultural la hacían deseable.

Después de los saludos de rigor y rememorar los antiguos tiempos me notificó que ya se había casado, pero qué debido a malos acuerdos se había separado. Así platicando llegamos a su casa, me pasó, me presentó a su madre y a su hermosísima hija: una encantadora chiquilla y como a mí siempre me han gustado los niños me puse a jugar con ella al grado que simpaticé tanto que cuando me despedía me decía papá.

Como su casa quedaba en camino al Hospital General, cada que me tocaba clase pasaba a visitar a la encantadora chiquilla, ya que no a su madre porque estaba en su trabajo y en donde yo evitaba el verla porque era un lugar para los que tenían dinero y yo no lo tenía; muchas veces le pedía permiso a la abuela y me prestaba a la niña para dar la vuelta y ella encantada con su papá postizo.

Ella me citaba para platicar, pero mis estudios no lo permitían porque si en Pachuca posponía el estudio por el amor, en México fue todo lo contrario.

Un buen día en que no tenía clases salir de mi práctica del Hospital Juárez y me encaminé con la intención de sacar la niña, llevármela Chapultepec, pero al llegar a su casa encontré con la nueva de que era día de su santo de su madre y ya no me soltó, me hizo tomar algunas copas fuera de mi costumbre y con eso me tuvo prisionero. Asistieron un montón de encantadoras chamacas, se bailó, se comió mole y en fin que la fiesta estuvo encantadora, máxime que de hombres era casi el único y las muchachas como es natural querían charlar conmigo, pero ella tuvo el buen tacto de limpiárselas todas, hasta que al dar las 10:00 de la noche no quedábamos más que ella y yo solos, porque la nena y la abuela ya estaban dormidas. Entonces hice el intento despedirme y ella con dulzura me dijo «nada de que te vas, ahora te quedas aquí conmigo». Y naturalmente obedecí.

Fue una noche de placer, fue una noche en que me sentí transportado a un paraíso en donde yo, únicamente yo, disfrutaba de las caricias de las huríes del profeta. Ella se entregó a mí con el fuego de primicias contenidas y mi juventud le concedió todo el complemento a sus deseos. Era una mujer adorable en todos los sentidos, al menos yo la consideraba así en aquel tiempo en que ofuscado por su belleza no veía en ella ninguno de los defectos de que padece toda mujer caprichosa como lo era ella, y el tiempo vino confirmármelo sin detrimento de mi bienestar.

Tuvo un hijo el cual, o más bien al parecer era mío y que su comportamiento ulterior me hizo dudar de esa paternidad; pues desde el embarazo tuvimos una vida de infierno y después de él vino lo peor, porque ella se volvió descarada y prostituida el grado de llegar con diferentes hombres a su casa.

Yo nunca la celé, porque no la quería y poco importa su comportamiento y sí tuvimos algún disgusto fue por causa del maltrato que ella daba a los chiquillos que ninguna culpa tenían que haber venido al mundo.

Yo quería demasiado este par de chiquillos y ellos respondían con creces mi cariño, de buena gana los hubiera adoptado si hubiera tenido quién los cuidará, pero yo era un hombre solo y vivía en compañía de mi hermano y otros dos compañeros.

Un día tuvimos un disgusto y a pesar de lo mucho que me dolió dejar a ese par de chiquillos no volví a verla ni siquiera a pasar por donde vivía ni por donde trabajaba.

Así pasó el tiempo y ya una vez médico recibí un telegrama en el que se anunciaba que el niño se moría y que ella no hallaba qué hacer con él, me presté de buena voluntad y cuando estuve junto a él me di cuenta de que se trataba de una difteria, que llevaba a una muerte segura al nene y así sucedió, murió por falta de cuidado de esa madre negligente, pues por andar con sus fechorías no se había dado cuenta de la gravedad del hijo.

«Ya pagarás todo el mal que has hecho a tus hijos porque nadie más que tú tienes la culpa de esta muerte» y no la volví a ver en mucho tiempo.

Hacía casi trece años que yo no veía a Elena la chiquilla que me decía papá y el día en que estuve presente ya no me conocía, ni siquiera se acordaba de mí.

De esa fecha, pasaron dos años y la volví a encontrar una fiesta, ella aún conserva mucho de su belleza, pero la hija la opacaba con sus quince abriles, ya era una preciosa chiquilla, sin la malicia de la madre y menos de sus costumbres, pues era recatada, inteligente, reservada, todo lo contrario de su madre que aún le quedaban arrestos para el mal.

Me la presentó en una manera muy correcta se puso a mis órdenes, no me conocía, ni yo hice la lucha para que me recordara.

También me vi comprometido a bailar con mi antigua amante, me hizo bastantes insinuaciones como queriendo reconquistarme, pero ya mi estado de casado no me permitió aceptar sus proposiciones y yo creo que ni aunque hubiera sido soltero habría vuelto a reanudar mi idilio con ella; de tal manera que quedé asqueado con su conducta que me parecía ver a cada instante todos los descalabros por los que pasé por ella.

Dos años más tarde la volví a encontrar por las calles de Camelia, me invitó a su casa y me hice el desentendido preguntándole por la chiquilla, volvió a repetir su oferta y la eludí con fútil pretexto y ella comprendiendo que yo hacía todo lo posible por evitar esa platica me dio entonces la noticia de que su hija se había casado bien y que luego la habían dejado en las cuatro esquinas pues su novio ha de haber sabido algo de su dudoso pasado y no quiso que la que era su esposa se enlodara con la antigua mala conducta de la madre.

Ahora ha pasado ya mucho tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella. ¿Se habrá muerto? ¡quién sabe! pero no es para mí más que una mala sombra del pasado tonto de mi vida estudiantil.


Olvido

Dicen que el que bien ama nunca olvida,

porque presa su mismo pensamiento,

lleva la imagen de la faz querida

que forma su ventura y su tormento.

Yo he querido una vez y aquel momento

que eternizar pensé, toda mi vida,

cruzó por mí, como huracán violento,

sin dejarme una huella ni una herida…

Bastó para lograrlo, únicamente,

alzar sobre la roca de mi orgullo,

mi firme voluntad, recia y potente,

Y cuando retornó la primavera,

de aquel nombre que fuera dulce arrullo

no recordaba la vocal primera…

                                            S.


domingo, 26 de julio de 2020

21. Tu medio era la perdición… y te perdiste.

Pachuca. Febrero 2 de 1917

En la subida del Instituto, cerca del Mesón de Peregrinos, habitaba un viejo pianista al que por mal nombre apodaban el Borrego y este tenía una hija a la que por antonomasia le decíamos la borrega.

Esta chica era muy agraciada, tendría unos diecisiete años, su color moreno apiñonado, sus grandes ojos negros dotados de unas pestañas que causaban la envidia de muchas chicas y la hacían parecer adormidos, su cuerpo muy bien formado, en fin, que el conjunto era bonito por todos lados y desde luego atraía la mirada de todos los estudiantes que pasaban al Instituto.

Yo la había floreado de pasadita, pero nunca me había fijado en ella, ni los atractivos de que estaba dotada, hasta que una vez nos invitaron a una fiestecita en la que me encontré a la mentada borreguita. En esa fiesta escaseaban las parejas y no tuve más remedio que disfrutar de lo que había, hasta que en una de las piezas me tocó por turno con la del cuento. Supe que se llamaba Amalia y que no iba a la escuela cuál ninguna porque ya había terminado su instrucción primaria, pero a más de eso que yo le caía bien. Nos acomodamos tan bien que ya no nos separamos en toda la noche, al grado de que al terminar el baile ya éramos novios y nos despedimos de beso y todo.

Mi amigo del alma no se había quedado atrás y también había sacado su parte, su novia se llamaba Esperanza, con la fortuna de que era amiga de la mía y eso facilitaba el pretexto para nuestras entrevistas; pues ella, mi novia, iba a casa de Esperanza y le pedía permiso de ir a su casa y Esperanza al revés le pedía permiso a mi novia con el mismo pretexto.

Así se realizaban nuestras entrevistas sin el más leve contratiempo, nuestras novias se entendían muy bien, ellas eran las que arreglaban todo y nosotros no hacíamos más qué aceptar. Así caminaban las cosas, cuando un día Esperanza nos notificó que ya tenía dónde se efectuaren nuestras entrevistas para así estar a salvo de las miradas ajenas, y nos llevó a una casa de ella situada cerca de dos caminos. Era una casita arreglada con elegancia y confort, con un objetivo muy sospechoso y no me daba cuenta de por qué ella disponía de esa casa de esparcimiento. Empecé a sospechar de la conducta de Esperanza y de paso de Amalia que, aunque ella no me había hecho ninguna insinuación, no tenía ninguna protesta por el caso.

En un momento en que nos quedamos solos mi amigo y yo le hice notar mi extrañeza:

─¿Qué ya las muchachas no serán vírgenes que nos trae esta garçoniere?

─¿Y qué nos importa…?

─¡Pero sí es un cuarto para hacernos caer y que nos sorprendan!

─¡Tú siempre pesimista y miedoso! ¿qué nos pueden hacer? Tú y yo somos unos míseros estudiantes a los que no nos sacan un centavo ni volteándonos al revés, menos nos van a querer encadenar para que nos tengan que mantener.

─Tienes mucha razón, pues eres el libro abierto para el mal, ¿pero no te parece que tomemos nuestras precauciones? Busquemos una retirada estratégica y atranquemos bien la puerta.

─Ni mandado a hacer, mira aquel solar que da al cerro, por aquí y con nuestras buenas piernas no tenemos que temer a nadie…

Hay mujeres que nacen para la prostitución y estas eran unas de ellas, pues cuando volvimos de nuestro reconocimiento nos esperaban en bata de baño; nuestro temor se tornó en sorpresa y nuestra sorpresa en admiración, pues debajo de las batas no se vislumbraba más que el ropaje de nacimiento. El cuerpo escultural de Amalia, moreno, terso… lo admiré en todo su esplendor… ¡qué bella estaba! su pecho tan hermosamente formado lo besé hasta el cansancio y después… la virgen se había transformado en ramera…

Nuestras bacanales se prolongaron por espacio de dos meses y durante ese tiempo supimos que las madres de estas dos pobres chicas eran proxenetas, y que estaban haciendo propaganda para vender en subasta al mejor postor las primicias de sus hijas, primicias que ya no tenían puesto que nosotros habíamos disfrutado sin producto.

Tiempo después suspendieron nuestras entrevistas sin causa justificada aparentemente, pero la verdad fue que las madres se dieron cuenta de lo que estaban haciendo con nosotros y no las volvieron a dejar salir ni a la puerta por miedo que se les escapara el negocio de la iniciación; ¡pero qué optimistas! Ya llevaban por delante el desengaño a su avaricia de proxenetas ¡qué asco! no alcanzo a comprender que haya madres capaces de esas cosas, aunque viéndolo bien no se portaron con nosotros como cualquier hetaira si eso me demostraba que ya había nacido con la herencia corrompida en la sangre.

Hetaira

Sé bendita entre todas las mujeres

porque jamás tu seno concibió; porque eres

como piedra en el fondo de los mares caída;

porque no deja huella los besos de tus labios

y porque entre sus muslos elásticos y sabios

se pierde inútilmente la savia de la vida.

F. Villaespesa



lunes, 20 de julio de 2020

Gracias por todo, Juan Marsé.

Guanajuato, Gto. 20 de julio de 2020.

Todo comenzó en el único cine de barrio que quedaba en mi ciudad ─el legendario Cine Guanajuato─, con sus funciones de permanencia voluntaria, su boleto de entrada ridículamente barato que daba derecho a dos o a veces tres películas en una tarde. Era una sala inmensa, con butacas desgastadas, quizás cabían casi mil personas, pero yo siempre contaba alrededor de veinte asistentes. Aquella tarde de cine proyectaron El amante bilingüe, protagonizada por Imanol Arias y Ornella Mutti, basada en la obra homónima del escritor barcelonés Juan Marsé. Disfruté la película sin saber nada de ella ni de su autor. Simplemente en aquel momento la interpreté como una historia de amor y desamor que llevaban al personaje principal a la esquizofrenia.

Días después busqué la novela de Marsé en una biblioteca sin encontrarla, en cambio me hallé con Últimas tardes con Teresa que me acercó de manera inesperada a la vida de los suburbios barceloneses y su relación con la burguesía catalana durante la dictadura franquista. Luego, La muchacha de las bragas de oro, Ronda del Guinardó y La oscura historia de la prima Montse, me enseñaron más de su prosa. Las primeras palabras en catalán las aprendí de esas narraciones, que aparecían como el reflejo clasista que muchas veces denostaba al forastero que había llegado a buscarse la vida en aquella industriosa ciudad catalana necesitada de mano de obra.

Más tarde, llegué a Barcelona y lo primero que hice fue visitar aquellos barrios que había conocido por la obra de Marsé: el Carmel, el Guinardó, la calle Verdi, las ramblas, la catedral, etcétera. Siempre vi en Marsé a un retratista de la sociedad barcelonesa y a un escritor discreto que nunca buscaba reflectores, a pesar de estar considerado entre los más destacados escritores de habla hispana contemporáneos.

Hace veintisiete años vi El amante bilingüe y hace veinticuatro leí la novela. Comprendí tarde que no solo se trataba de una historia de amor y desamor, sino de un reflejo de una parte de la sociedad catalana que utiliza la identidad como arma segregacionista. En el plano profesional, recuerdo que Marsé fue discriminado por unos colegas del oficio de las letras al no considerarlo «de los suyos», pero la obra de Juan Marsé está y estará por encima de aquellos exaltados.

«Porque pienso que muchas cosas que se dicen o escriben, en el idioma que sea y por muy auténtico que éste se presuma, deberían a menudo merecer más atención y consideración que la misma lengua en la que se expresan» dijo Marsé cuando recibió el Premio Cervantes.

Gracias por todo, Juan Marsé.


lunes, 29 de junio de 2020

20. Tu amor pasó pronto, pero sí fue cierto…

Pachuca. Enero 7 de 1917.

Nuestro lugar de esparcimiento eran las ventanas de la Escuela de Comercio y a través de las vidrieras llamábamos la atención del alumnado. Desde afuera distinguí a una morenita de ojos traviesos que me llamaba mucho la atención, estuve alerta a la salida de todas las muchachas y tan luego como la vi me fui tras ella hasta llegar a su casa por las calles de Abasolo.

Ella era una morena flacucha, de cara graciosa y de ojillos traviesos. Esa travesura que siempre tenía a la mano era lo que me sugestionaba.

Me correspondió luego y la confianza entró en nuestros corazones desde el primer día. La esperaba a la salida de la escuela por la noche y hacíamos la larga calle de Abasolo en casi dos horas. Era muy efusiva y le agradaban demasiado los mimos de los cuales la llenaba; besaba como una fiera coma como si quisiera haberme comido.

Me decía muchas veces: «mira Severino, no trates de engañarme porque yo soy muy celosa no sé detenerme cuando me entra la furia». «No seas tonta. ¡Qué te voy a engañar!», y por dentro me decía: «si supieras cuántas como tú se creen las únicas». «Por eso te quiero tanto por bueno y porque demuestras tu cariño».

Todas estas tonterías y otras más me soltaba en sus momentos de locura, pero lo que no sabía era que yo tenía otras novias más a quien consecuentar. Sin embargo, era ella la que más me llamaba la atención.

Nuestro amor estaba llamado a no ser duradero, porque ella en su bullicio y su amiguerío no tardó en saber que yo tenía otras novias, y un día se plantó de jarras y me dijo: «Severino tengo que hablarte seriamente, nos vemos en la noche donde siempre».

Por la noche la esperé, la tomé del brazo, caminamos un momento en silencio por las calles hasta que al fin decidió hablar: «Severino yo te quiero y la prueba más fehaciente de ello ha sido mi gran cariño, pero tú no has sabido aquilatarlo y es la última vez que nos vemos, no me preguntes más y bésame por última vez». Nos besamos hasta la saciedad casi hasta llegar a las puertas de su casa, con esa sed de cariño… claro como era la última vez que nos veíamos… y lo cumplió porque no volvimos a vernos. A pesar de mis desvíos yo sí la quería, era muy graciosa, muy loquita…

Fragmento

¡Adiós, mi bien! Es el postrer instante …

pero seca en tu pálido semblante

¡ay! ese llanto que vertiendo estás,

lejos me voy, tristísimo y errante, mas no te olvide el corazón jamás.

¿Jamás?...

¿No más, mi bien? De querubín el canto

es la palabra que diciendo estás …

¡Adiós…! ¡un beso!… ¡beberé tu llanto!

─¿Te olvidarás de la que más te ama tanto…?

─¡Jamás, mitad del corazón…! ¡Jamás…!

Campoamor.


martes, 16 de junio de 2020

18. La inteligencia te dará el triunfo...

Pachuca. Septiembre 14 de 1916.

Las fiestas patrias en la Escuela Normal, en tiempo de la señorita Hazas, hacían un ruido inusitado a las que asistíamos numerosos institutenses, no tanto con el fin de aprender algo, sino de ver a las muchachas.

Para demostrar sus conocimientos en idiomas, Teresa Silva recitó en inglés el monólogo de Hamlet y lo hizo con tal soltura y fluidez que mereció el aplauso del público, y principalmente mío que tuve la osadía de hacerlo de una manera particular.

Desde ese día me transformé en su sombra, pues a todas partes la seguía, hasta que la hice mi novia.

Su inteligencia clara, su educación esmerada, su facilidad de expresión y su sociabilidad, la hacían adorable para el que tenía el placer de platicar con ella.

Su inteligencia me abstraía de tal manera que nuestras pláticas se basaban siempre sobre tópicos educativos, de historia, geografía y de literatura, que era lo que más nos distraía.

Había pasado un mes y ni siquiera un beso había premiado a mi amor, ella no era partidaria de estas efusiones, ni siquiera me era permitido acariciarle la mano porque esto, según ella, era ridiculez.

Todas estas maneras de pensar fueron enfriando nuestras relaciones y con el pretexto de los exámenes deje de verla; aunque ella no dio por terminadas nuestras relaciones, sino que pacientemente esperaba el que yo tornarse a reanudarlas, como siempre.

La suerte me volvió a proteger, presenté mi año completo casi siempre a título de suficiencia, y con bastantes buenas calificaciones pasé de año. Hice gala de mis conocimientos en las sobremesas de mi casa, pero más que de eso, hice gala de mi cerebro que tenía la facultad de asimilar con facilidad todos los conocimientos del curso. Mi padre callaba y se alegraba con satisfacción, y que si no me perdonaba mis desvíos estoy seguro de que los dispensaba porque de su boca ya no salía ningún reproche. No tenía por qué decirme nada, porque según yo cumplía con mi obligación, máxime que siempre me desvelaba, al día siguiente me levantaba como siempre el cumplimiento de mis obligaciones.

Llegado el día último del año y encontrándonos arrancados de dinero, no encontrábamos una parte que nos invitaran a la fiesta de fin de año sin la correspondiente cuota. Para esto, ya nada más éramos dos los cuates de la palomilla, pues desgraciadamente nuestro amigo Armando Loza tuvo que trasladarse por cuestiones de negocios a la capital, así es que Ruperto y yo nos dimos a la caza de alguien que nos invitara.

Ruperto se acordó de que, en la casa de Teresa, mi novia, iban a hacer una fiesta a todo trapo, y que, hasta la marimba, cosa nueva aquí en Pachuca, iba a tocar. Yo no tenía cara con que presentarme a Teresa, puesto que la había cortado, pero mi amigo me convenció de que no habíamos terminado, que no había sido más que una tregua y que por consiguiente no teníamos más que el hacernos los encontradizos, así sabíamos a qué atenernos; pues así no nos exponíamos a que nos fueran a correr, que no sería la primera vez, pero no queríamos otra.

Nos plantamos en las calles de Guerrero, frente a la casa de ella, y a la vuelta y vuelta estuvimos desde las cuatro de la tarde hasta las seis en que ya impacientes íbamos a retirarnos, cuando la suerte nos protegió pues Teresa en persona salió a la puerta de su casa y con la alegría pintada en el rostro me saludo: «¡qué milagro!», «pues pasábamos por aquí y ya que tengo la suerte de verte me alegro de saludarte». «¿a dónde van?», «vamos a prepararnos para ir al casino a despedir el año», mi amigo me dio un pellizco. «¿y por qué no se vienen con nosotras? vamos a tener una fiestecita, no como la del casino, pero si ustedes quieren los esperamos». «Pues ni modo Teresita, ya estamos comprometidos», otro pellizco de mi amigo. «¿qué les cuesta venir aquí? ¡nos faltan muchachos!». En esos momentos salieron las otras amiguitas de ella y en coro nos rogaron que nos quedásemos de una buena vez. «Mejor miren…» les decía yo «un ratito allá y luego venimos acá». Entonces mi amigo no se pudo contener y dijo: «No se apuren muchachas, de mi cuenta corre que Severino y yo, y otros amigos más, venimos a despedir el año con ustedes». ¿Entonces los esperamos a las nueve?» «sí» le respondimos.

«Qué bárbaro» me decía mi cuate, «con tus impertinencias ya se me hacía que nos quedamos sin baile». «Hay que hacerse del rogar, mi amigo, mas en fin, ya está la fiesta en las manos, hay que avisarles a los demás amigos, nos vemos a las nueve de la noche en la puerta».

Fuimos muy puntuales, nos apoderamos del baile y de las mejores muchachas en detrimento de los que habían pagado su cuota y no tenían con quien bailar, hasta se rumoraba el corrernos, pero ellas se declararon en favor nuestro y amenazaron con pasar la noche en el patio de la casa con nosotros, y tuvieron que rendirse. Pasamos un fin de año como nunca.

Mis relaciones con Teresa se reanudaron, pero como ella ya se había recibido de profesora y su trabajo estaba listo en la capital tuvimos que despedirnos para no volvernos a ver más. Cuando yo terminé el instituto la volví a ver en México, pero ya sin amor. Después, es decir años más tarde, supe que aún era soltera y que seguía dedicándose al meritorio placer de la enseñanza.

Este amor, que puede llamarse científico, no dejó huellas en mi corazón más que el simple recuerdo de un deseo cumplido…