lunes, 29 de junio de 2020

20. Tu amor pasó pronto, pero sí fue cierto…

Pachuca. Enero 7 de 1917.

Nuestro lugar de esparcimiento eran las ventanas de la Escuela de Comercio y a través de las vidrieras llamábamos la atención del alumnado. Desde afuera distinguí a una morenita de ojos traviesos que me llamaba mucho la atención, estuve alerta a la salida de todas las muchachas y tan luego como la vi me fui tras ella hasta llegar a su casa por las calles de Abasolo.

Ella era una morena flacucha, de cara graciosa y de ojillos traviesos. Esa travesura que siempre tenía a la mano era lo que me sugestionaba.

Me correspondió luego y la confianza entró en nuestros corazones desde el primer día. La esperaba a la salida de la escuela por la noche y hacíamos la larga calle de Abasolo en casi dos horas. Era muy efusiva y le agradaban demasiado los mimos de los cuales la llenaba; besaba como una fiera coma como si quisiera haberme comido.

Me decía muchas veces: «mira Severino, no trates de engañarme porque yo soy muy celosa no sé detenerme cuando me entra la furia». «No seas tonta. ¡Qué te voy a engañar!», y por dentro me decía: «si supieras cuántas como tú se creen las únicas». «Por eso te quiero tanto por bueno y porque demuestras tu cariño».

Todas estas tonterías y otras más me soltaba en sus momentos de locura, pero lo que no sabía era que yo tenía otras novias más a quien consecuentar. Sin embargo, era ella la que más me llamaba la atención.

Nuestro amor estaba llamado a no ser duradero, porque ella en su bullicio y su amiguerío no tardó en saber que yo tenía otras novias, y un día se plantó de jarras y me dijo: «Severino tengo que hablarte seriamente, nos vemos en la noche donde siempre».

Por la noche la esperé, la tomé del brazo, caminamos un momento en silencio por las calles hasta que al fin decidió hablar: «Severino yo te quiero y la prueba más fehaciente de ello ha sido mi gran cariño, pero tú no has sabido aquilatarlo y es la última vez que nos vemos, no me preguntes más y bésame por última vez». Nos besamos hasta la saciedad casi hasta llegar a las puertas de su casa, con esa sed de cariño… claro como era la última vez que nos veíamos… y lo cumplió porque no volvimos a vernos. A pesar de mis desvíos yo sí la quería, era muy graciosa, muy loquita…

Fragmento

¡Adiós, mi bien! Es el postrer instante …

pero seca en tu pálido semblante

¡ay! ese llanto que vertiendo estás,

lejos me voy, tristísimo y errante, mas no te olvide el corazón jamás.

¿Jamás?...

¿No más, mi bien? De querubín el canto

es la palabra que diciendo estás …

¡Adiós…! ¡un beso!… ¡beberé tu llanto!

─¿Te olvidarás de la que más te ama tanto…?

─¡Jamás, mitad del corazón…! ¡Jamás…!

Campoamor.


martes, 16 de junio de 2020

18. La inteligencia te dará el triunfo...

Pachuca. Septiembre 14 de 1916.

Las fiestas patrias en la Escuela Normal, en tiempo de la señorita Hazas, hacían un ruido inusitado a las que asistíamos numerosos institutenses, no tanto con el fin de aprender algo, sino de ver a las muchachas.

Para demostrar sus conocimientos en idiomas, Teresa Silva recitó en inglés el monólogo de Hamlet y lo hizo con tal soltura y fluidez que mereció el aplauso del público, y principalmente mío que tuve la osadía de hacerlo de una manera particular.

Desde ese día me transformé en su sombra, pues a todas partes la seguía, hasta que la hice mi novia.

Su inteligencia clara, su educación esmerada, su facilidad de expresión y su sociabilidad, la hacían adorable para el que tenía el placer de platicar con ella.

Su inteligencia me abstraía de tal manera que nuestras pláticas se basaban siempre sobre tópicos educativos, de historia, geografía y de literatura, que era lo que más nos distraía.

Había pasado un mes y ni siquiera un beso había premiado a mi amor, ella no era partidaria de estas efusiones, ni siquiera me era permitido acariciarle la mano porque esto, según ella, era ridiculez.

Todas estas maneras de pensar fueron enfriando nuestras relaciones y con el pretexto de los exámenes deje de verla; aunque ella no dio por terminadas nuestras relaciones, sino que pacientemente esperaba el que yo tornarse a reanudarlas, como siempre.

La suerte me volvió a proteger, presenté mi año completo casi siempre a título de suficiencia, y con bastantes buenas calificaciones pasé de año. Hice gala de mis conocimientos en las sobremesas de mi casa, pero más que de eso, hice gala de mi cerebro que tenía la facultad de asimilar con facilidad todos los conocimientos del curso. Mi padre callaba y se alegraba con satisfacción, y que si no me perdonaba mis desvíos estoy seguro de que los dispensaba porque de su boca ya no salía ningún reproche. No tenía por qué decirme nada, porque según yo cumplía con mi obligación, máxime que siempre me desvelaba, al día siguiente me levantaba como siempre el cumplimiento de mis obligaciones.

Llegado el día último del año y encontrándonos arrancados de dinero, no encontrábamos una parte que nos invitaran a la fiesta de fin de año sin la correspondiente cuota. Para esto, ya nada más éramos dos los cuates de la palomilla, pues desgraciadamente nuestro amigo Armando Loza tuvo que trasladarse por cuestiones de negocios a la capital, así es que Ruperto y yo nos dimos a la caza de alguien que nos invitara.

Ruperto se acordó de que, en la casa de Teresa, mi novia, iban a hacer una fiesta a todo trapo, y que, hasta la marimba, cosa nueva aquí en Pachuca, iba a tocar. Yo no tenía cara con que presentarme a Teresa, puesto que la había cortado, pero mi amigo me convenció de que no habíamos terminado, que no había sido más que una tregua y que por consiguiente no teníamos más que el hacernos los encontradizos, así sabíamos a qué atenernos; pues así no nos exponíamos a que nos fueran a correr, que no sería la primera vez, pero no queríamos otra.

Nos plantamos en las calles de Guerrero, frente a la casa de ella, y a la vuelta y vuelta estuvimos desde las cuatro de la tarde hasta las seis en que ya impacientes íbamos a retirarnos, cuando la suerte nos protegió pues Teresa en persona salió a la puerta de su casa y con la alegría pintada en el rostro me saludo: «¡qué milagro!», «pues pasábamos por aquí y ya que tengo la suerte de verte me alegro de saludarte». «¿a dónde van?», «vamos a prepararnos para ir al casino a despedir el año», mi amigo me dio un pellizco. «¿y por qué no se vienen con nosotras? vamos a tener una fiestecita, no como la del casino, pero si ustedes quieren los esperamos». «Pues ni modo Teresita, ya estamos comprometidos», otro pellizco de mi amigo. «¿qué les cuesta venir aquí? ¡nos faltan muchachos!». En esos momentos salieron las otras amiguitas de ella y en coro nos rogaron que nos quedásemos de una buena vez. «Mejor miren…» les decía yo «un ratito allá y luego venimos acá». Entonces mi amigo no se pudo contener y dijo: «No se apuren muchachas, de mi cuenta corre que Severino y yo, y otros amigos más, venimos a despedir el año con ustedes». ¿Entonces los esperamos a las nueve?» «sí» le respondimos.

«Qué bárbaro» me decía mi cuate, «con tus impertinencias ya se me hacía que nos quedamos sin baile». «Hay que hacerse del rogar, mi amigo, mas en fin, ya está la fiesta en las manos, hay que avisarles a los demás amigos, nos vemos a las nueve de la noche en la puerta».

Fuimos muy puntuales, nos apoderamos del baile y de las mejores muchachas en detrimento de los que habían pagado su cuota y no tenían con quien bailar, hasta se rumoraba el corrernos, pero ellas se declararon en favor nuestro y amenazaron con pasar la noche en el patio de la casa con nosotros, y tuvieron que rendirse. Pasamos un fin de año como nunca.

Mis relaciones con Teresa se reanudaron, pero como ella ya se había recibido de profesora y su trabajo estaba listo en la capital tuvimos que despedirnos para no volvernos a ver más. Cuando yo terminé el instituto la volví a ver en México, pero ya sin amor. Después, es decir años más tarde, supe que aún era soltera y que seguía dedicándose al meritorio placer de la enseñanza.

Este amor, que puede llamarse científico, no dejó huellas en mi corazón más que el simple recuerdo de un deseo cumplido…


jueves, 11 de junio de 2020

Gracias

Hoy por culpa del cancer se nos ha ido Rosa María Sardà, una gran actriz. Desde que la descubrí en algunas películas me enamoró su actuación. A mi madre le gustó mucho el papel que hizo en Amic Amat. Luego la vimos juntos en algún par de comedias. No voy a hacer un recuento de tantas veces que la vi en su carrera de los años 90 y los 2000. Incluso la recuerdo, con mucha gracia, en el cameo que hizo en Torrente 2.  Y por si fuera poco siempre le admiré su enorme inteligencia y cultura que demostró fuera del cine y de los escenarios, es decir en la vida pública. Un día me senté junto a ella en il caffè di Roma de la Ronda Sant Pere, me hubiese gustado decirle que yo era uno de sus tantísimos admiradores silenciosos, pero me ganó la vergüenza. Solo crucé una mirada amistosa con ella y me fui... yo estaba en la mesa de al lado. 

Y hace un par de días murió Pau Donés, también por la misma maldita enfermedad que no distingue edades ni sexos. Las canciones de Donés con su Jarabe de Palo se convirtieron en una banda sonora de muchas vidas como la mía. Alguna vez con su canción "Agua", junto con tinta y papel, me apoyé para una declaración de amor, (que me dieron calabazas de todas formas...)

Qué puedo decirles que no hayan expresado miles como yo... Solo gracias. 


viernes, 5 de junio de 2020

En algún lugar de La Mancha...


Que tu libro llegue a algún lugar de La Mancha es todo un orgullo. Gracias. Tened por seguro, amigos, que de ese lugar siempre querré acordarme, aunque aún no haya estado allí.

miércoles, 3 de junio de 2020

17. Tu cuerpo será tu perdición…

Pachuca. Julio 16 de 1916.

Yo nunca he sido perezoso y por costumbre siempre he tenido la de ser madrugador, por ese tiempo iba todos los días a las seis de la mañana al Parque Hidalgo a estudiar, aunque a clases no asistiera, pues esto siempre me servía en los exámenes y era natural, con la mente descansada, los ratos de estudio los asimilaba y fijaba al momento, teniendo la facultad de no olvidar nada de lo que aprendía.

Había un señor, Alberto Vargas, ferrocarrilero, que también tenía esa costumbre, hicimos amistad porque no había con quién hacerla más, siempre estábamos solos; cuando terminaba el estudio me decía: «ándale, chamaco. Vamos a correr» y nos poníamos a darle de vueltas al parque hasta que el sudor nos bañaba, principalmente a él que estaba gordo. Una vez me preguntó si sabía manejar los resortes en todas sus formas, le conteste que sí y me invitó a su casa para que se los enseñara. Yo fui con él y allí me presentó a su esposa e hija, una chamaca de unos quince años que estudiaba en el colegio americano; me agradó y desde ese día el señor Vargas me tuvo como asiduo concurrente en su casa. Ella como nunca había tenido un novio, sin embargo, era coqueta, exhibicionista, pues le gusta lucir su cuerpo escultural rebosante de juventud.

Era como su padre, alta de estatura, pero bien proporcionada, formas irreprochables, su color moreno, sus ojos negros, su seno erguido, la hacía más atractiva… más, pues ella procuraba hacer resaltar todas esas cualidades.

A la semana de conocernos ya éramos novios, nos veíamos en el parque a la salida de sus clases, charlamos de cosas triviales, uno que otro beso furtivo y nada más.

─¿Cómo haremos para platicar más a gusto sin que nos vean?

─Pues muy fácil ─le dije─ aquí donde yo vivo, en la Hacienda de Guadalupe podemos estar a nuestras anchas.

─Pues vámonos allá.

Nos fuimos y la verdad era que esta mujer tenía una escuela amorosa como si hubiera tenido más edad. Allí dimos rienda suelta a todos los encantos del amor, nadie nos estorbaba; mas yo notaba que eso no le satisfacía, ella tenía deseo de algo desconocido, o más bien creo que tenía curiosidad por saber más, cosa a la que yo me hacía el sueco, en primer lugar por el escándalo y en segundo por su padre, que era mi amigo y había que ser leal con su amistad.

Yo procuraba no dar motivo a un fracaso, pero ella se impacientaba y hasta se enojaba conmigo, pues cuando yo me daba cuenta de que aquello tomaba color de hormiga pretextaba algo para irnos del lugar; pero un día en qué estábamos encerrados en el tenis, después de muchos besos me dijo:

─Severino yo quiero ser tuya, estamos solos nadie nos ve, cerré con llave la puerta de modo que nada temas.

─¿Y cuando tu padre lo sepa entonces no debo de temerlo?

─¿Y quién se lo ha de ir a decir?

─Tú, que una vez perdida te vayas a arrepentir de tus actos y entonces el amolado soy yo.

Sin embargo, era yo hombre, hubo un simulacro de posesión y hasta allí… fue medio, porque no volví con ella a la Hacienda

Viendo que era imposible que yo me doblegara a sus deseos principió a burlarse de mi poca hombría y de todos los recelos de que yo me valía para huirle, hasta que una vez cansado de tantas burras le dije:

─Conste que tú lo quieres no te vayas a hacer la chiquita, después cuando te venga el arrepentimiento y que si acaso se llega a saber algo seas tú la que tengas toda la culpa.

─No tengas cuidado, yo sabré defenderme en caso dado.

Nos encaminamos a la Hacienda y de allí al tenis. Nos encerramos por vía de precaución y allí se entregó a mí como por vía de sport. Fue una hora de prolongado placer, pues ella lloraba de placer en cada orgasmo, y salimos de allí, yo preocupado y ella feliz de haber saboreado lo desconocido.

Nuestras visitas al tenis se sucedieron cuotidianamente hasta que nuestros cuerpos hastiados pidieron una tregua, nos separamos por una nimiedad y yo me agarré a esa tregua como el náufrago a la tabla. Sentí que un gran peso se me quitaba de encima y ella se quedó tan conforme como si nunca me hubiera conocido.

Días después ya era novia de un amigo mío, el cual me preguntó que, si ella había sido mi novia y yo le contesté que no, que nunca me hubiera atrevido a tanto por ser amigo del señor Vargas, y quedó tan conforme que hasta más amable se volvió conmigo.

Como vivíamos en el mismo rumbo muchas veces nos llegamos a encontrar, nos saludábamos y hasta platicábamos de muchas cosas fútiles, pero nunca más recordamos todo lo que había pasado, que como ella me decía: «eso ya huele a muerto».

Solamente una vez, quizá nostálgica de placeres, me pidió que le llevara a pasear. Yo como hombre le concedí el gusto, al fin ya sabía qué clase de mujer era ella.

Por ese tiempo cambiaron a don Alberto a la división de Sonora y tuvo que abandonar Pachuca, me invitó a comer para despedirse de mí. Yo asistí y francamente debo de confesar que sentí tristeza por su despedida, era un gran amigo a pesar de la diferencia de edades.

Mi amigo, que rico era, casi se lo traga la tierra de dolor por la ausencia de ella y su padre que vio los trastornos que esto le causaba a su hijo el consentido, le dio el dinero necesario para que fuera por ella a Sonora y se casara si lo creía conveniente. Fue por ella y vino casado. Este cortó sus estudios, ella sufrió el primer descalabro porque se la llevó al rancho vivir, pues él tenía que trabajar para comer …

Con el tiempo, él se volvió borracho y con la sífilis que se cargaba hizo completa la desgracia de Lupe, que a gritos le rogó a su padre que viniera por ella, porque ya su esposo se había vuelto inaguantable.

Su padre vino por ella, se la llevó a Sonora y mi amigo murió de borracho.

No volví a saber de ella, ni ha menester…



jueves, 21 de mayo de 2020

16. Blanca paloma de mis dolores…

Pachuca. Mayo 10 de 1916.

 

Acaba de llegar de Puebla su tierra la conocí en uno de los conciertos del Instituto. Nos simpatizamos, trabamos una amistad al principio de cortesía y después una amistad sincera.

Ella venía a Pachuca con su madre a cambiar temperamento y no sabía a ciencia cierta el tiempo que se quedaría en esta ciudad polvosa.

Durante nuestra amistad nos contamos nuestras cuitas respectivas; yo le conté mi desencanto por la pérdida de mi novia que se había ausentado, dejándome con el alma dolorida y ella el desengaño terrible de que le salió el novio casado.  

Ella era muy amante de la poesía como yo, de modo que pasábamos largos ratos recitando versos. Poco a poco esa intimidad se fue transformando en afecto amoroso y terminamos un día de novios.

El verso a Rosario, de Manuel Acuña, fue el que nos emocionó y sin darnos cuenta, al terminar el poema no nos dijimos nada, pero nuestras bocas se juntaron una y mil veces. Fue un amor romántico, un amor dulce y plácido, sin fuertes emociones, ni fuegos candentes.

Ella me quería y su amor me lo demostraba con un romanticismo como si fuésemos o hubiésemos sido Romeo y Julieta en persona; pues su modo de hablar y de expresarse era casi un romance; yo, desde luego, correspondía en la misma forma, nos besábamos y al momento salía un poema melancólico y místico como los de Amado Nervo. Nuestras citas eran como un liceo, porque los poetas, tanto mexicanos como extranjeros, eran fieles asistentes a nuestras citas de amor.

    Cierta vez me dijo: ¿qué te parecen estos versos de Víctor Hugo?

    Que ferai-je de la lyre

de la vertu, du destin?

¡Hélas! Et, sans ton sourire,

Que ferai-je du matin?

    Que ferai-je seul, farouche,

Sans toi, du jour et des cieux

De mes baisers sans ta bouche

Et de mes pleurs sans tes yeux!

 

    Y lloraba, estos versos le causaban una profunda tristeza. ¿Por quién lloraba? ¿Por mí? No lo sé. La consolaba con mis besos y mis caricias y le recitaba de Icaza:

            Fragmento

    ¿Para qué contar las horas

de la vida que se fue,

de lo porvenir que ignoras?

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

¿Cabe en la injusta medida

aquel instante de amor

que perdura y no se olvida?

¿cabe en la justa medida del dolor?

¿Vivimos del propio modo

en las sombras del dormir

y desligamos de todo

que soñando único modo

de vivir?

¿Al que enfermo desespera,

qué importa el cierzo invernal

 el soplo de primavera,

al que enfermo desespera

de su mal?

¿Para qué contar las horas?

no volver a lo que fue,

y lo que ha de ser ignoras.

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

 

    ─Qué verso tan precioso, dámelo ¿y tú no has hecho alguno?

    ─Sí, muchos…

    ─¿Por qué no me los has enseñado?

    ─Porque quizá no te gusten.

    ─Recítame uno no seas malo, mira que te lo pide tu Magdalena.

    Rememoré y le dije:

A la que pudo amarme …y no lo quiso.

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que tú un día,

me encuentro yo clavado en la tortura,

apurando mi cáliz de amargura,

en el huerto fatal de la agonía …

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que sentía

tu alma doliente, enferma y sin ventura,

sin consuelo y sin fe siente la mía…

    ¡Señor!, ¡Señor!… con el costado abierto

por donde escapa la vida eterna,

siento venir con caminar incierto

y más triste que tú, la hora postrera,

    ¡Pues te amaron a ti después de muerto

y a mí no me han de amar, ni cuando muera!

 

    ─¡Qué lindo! ¿y por qué no me habías dicho que hacías versos?

    ─Pues por nada.

    ─Ya sabes que de hoy en adelante solamente quiero oír tus versos son encantadores.

    ─Pues mi repertorio es muy pequeño y es personal, quiero decir que casi todos están dedicados y temo que esto no te gustaría…

    ─Bueno. ─Me dijo con molestia─ como tú quieras…

    A ella le gustaba mucho los poetas franceses principalmente Victor Hugo, que era el de su predilección, después venía Verlaine, Lafontaine, Malherbe, Deschanel, Alfred de Vigny y otros; y había veces que casi se enojaba porque para ella eran superiores a los nuestros.

    ─Mira mi vida no seas tonta. ¿Hay algo más dulce que este verso de Antonio Zaragoza?

Cuando Dios, Al que llora recompensa,

se apiade al fin de lo que yo he sufrido,

en silencio me iré como he venido…

Quiero en la sombra entrar. Tengo una inmensa

necesidad de olvido…

 

    ─¿Qué te parece? Dime uno que sea más triste más fluido más claro y con más alma que este que te recitado. ─Le dije.

    ─Ya verás ya verás cómo sí te lo encuentro… y es este:

Soñaba

Soñaba yo …mis párpados henchidos

    de lágrimas sentía;

soñé que estabas en la tumba, muerta,

    y muerta te veía …

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía …

estaba yo soñando y por la cara,

    el llanto me corría;

soñé que te arrancaban de mi lado

    alguno, vida mía…

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía…

soñaba yo… me ahogaban los sollozos,

    el llanto me bebía…

estaba yo soñando que me amabas.

    soñando que eras mía

era un sueño nomas, no más que un sueño,

    y lloro más que nunca, todavía…

                                        E. Heine.

 

    ─¿Qué te pareció? ─me preguntó.

    ─No es feo, es precioso, sentimental, también fluido, pero la belleza se la dio la traducción, casi puede decirse que la hizo Manuel M. Flores ¿o no es así?

    ─Cierto, pero en el fondo es de Heine.

    ─Pero el fondo sin la forma no es completo.

    ─De todas maneras habías de ganar… ─reímos, nos besamos y allí terminó la discusión.

    La madre ya se había dado cuenta de las relaciones románticas de su hija conmigo y principió a recelar, pero no me dijo nada. Ya se sentía bien de salud y hacían en frecuentes viajes a Puebla, en donde se quedaban, a veces, una semana, la misma que pasaba triste, sin esa compañía tan amena que era mi Magdalena.

    Por fin y cuando más engreído estaba, sucedió lo que debía de suceder, su madre midió el peligro de un enamoramiento de parte de su hija con un hombre sin porvenir y puso un «hasta aquí», se la llevó a Puebla y no volvió más. No tuvimos ni tiempo de despedirnos.

                A Magdalena

Blanca paloma de mis dolores

¿por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Vuelve a tu nido, mi bien amada,

donde eres dicha, dónde eres flor,

vuelve a mis campos dulce adorada

donde te espera mi ardiente amor.

No tardes mucho, paloma mía

que estoy enfermo por la pasión,

ven que te espera la sinfonía

de mi alma triste y mi corazón.

¿Por qué no escuchas mi eterno ruego?

¿Por qué no escuchas mi ardiente amor?

¿Qué tu alma pura hecha de fuego

ya no es sensible para el dolor?

¡Ven que te espero para estrecharte!

¡Ven que ya mi alma impaciente está!

¡Ven no me impidas volver a amarte!

Porque mi vida se acabará…

Blanca paloma de mis dolores

¿Por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Severino.

     Ese fue nuestro adiós y el único recuerdo que de ella me quedó. he ido muchas veces a Puebla nunca la vi.

    Esa mujer romántica sólo podrá ser feliz con un hombre que la sepa comprender, que sea idealista, amante del arte, de la literatura, de la historia… de otra manera… la hará desgraciada.

 

El más emotivo e inigualable homenaje a Federico García Lorca.

Desde Casablanca que no me emocionaba tanto con una escena. Gracias, Javier y Pablo Olivares; gracias, Ministerio del Tiempo. 

domingo, 10 de mayo de 2020

15. Eras buena… mas la suerte no lo quiso…

Pachuca. Septiembre 17 de 1916.

Se habían terminado las vacaciones chicas, como les decíamos nosotros a las del fin de año y después de las inscripciones venían las grandes.

Nuestra atracción principal estaba en la Escuela de Comercio, en donde la inscripción de mujeres alcanzaba un alto porcentaje, pero desgraciadamente no habíamos encontrado nada de nuestro gusto y nos dimos a callejonear en busca de esa distracción que tanta falta nos hacía a los pierdetiempos como nosotros.

Por el rumbo del Topacio había un callejón que se llamaba «Félix Gómez», un poco adentro había una casa de dos pisos con un corredorcito en el cual sorprendí arreglando unas flores a una mujercita más linda que las flores mismas. Me planté en la esquina y permanecí una hora todos los días hasta ajustar ocho; ya le había llamado la atención y parecía que no le disgustaba, pero había una dificultad: sus padres no la dejaban salir ni a la esquina, no iba a la escuela, ni a ninguna parte salía sola. Esto principió a desesperarme y ya me iba a retirar vencido cuando un chamaco se ofreció a ayudarme en el caso; le di una ficha de veinte centavos y lo cité para el día siguiente mientras haría la carta:

         Glafira de mi alma:

Perdóneme el atrevimiento y de la forma incorrecta de mi conducta para comunicarme con usted, pero viendo la imposibilidad de acercarme a usted para decirle lo que por tanto tiempo ha guardado mi corazón.

Pues sí, Glafira, yo la amo con todo mi corazón y quisiera con el alma que usted pudiera asomarme a lo más recóndito de mi pecho, para que creyera en la sinceridad de mis palabras, créame usted que las horas que he pasado viendo hacia su casa, han sido horas de zozobra y de ansiedad dolorosa, pero que al aparecer usted esas se tornaban en delicias…

Yo quisiera saber si usted corresponde a mis afectos, es tanta la impaciencia, que, si usted no se digna a contestar pronto, soy capaz de enloquecer de desesperación.

Sin más y en espera de las suyas, soy todo suyo.

S.

El chamaco era mocito de su casa y hasta creo que ella fue la que me lo mandó, pero fuera lo que fuese me mandó decir que me contestaría al día siguiente… Paciencia, me dije, que ya esta es cosa hecha, y así se lo comuniqué a mis amigos, los que me felicitaron por el triunfo, pues me decían que enamoraba a un imposible.

Al día siguiente:

Severino:

Es tan poco el tiempo que tengo de conocerlo que no sé que deba de contestarle, pero mi corazón, que es el consejero de mi alma, me hace inclinar hacia ese amor que usted dice sentir por mí.

Yo quiero creer en la sinceridad de sus palabras, porque he visto la constancia con que usted se ha portado delante de mi casa y en fin, para qué ocultarlo más. Severino, yo también lo amo, tal parece que al corresponderle con mi amir, era porque ya nos conocíamos de tiempo atrás, quizá sea la dicha la que nos ha unido.

Doy gracias a Dios que me ha dispensado a un hombre que me brinca un amor puro, el cual espero nunca será capaz de darme un desengaño.

Suya con el alma.

G.

P.D. Mi casa llega hasta el otro lado del callejón, si usted quiere tomarse la molestia de ir mañana a las 5 pm estaré esperándolo con gusto.

¡Me canso! Les dije a mis amigos: no cuenten conmigo de las cinco en adelante.

Fui puntual. Mientras yo la buscaba por toda la barda se me apareció por una puertecita. ¡Qué encanto! ¡Qué suerte la mía! Era preciosa, no esperé más y a riesgo de que nos vieran le besé su diminuta mano que ella me ofreció. Fue una hora de delicioso amor, nos despedimos con un beso en la boca que por poco me desmaya… ¿Qué me estaré enamorando? Ya nada más eso me faltaba, pero pensándolo bien, ella se merece todo, ¡Es tan linda! Que soy capaz de eso y más… pero ¿qué más? Si lo único que podía yo brindarle era mi amor ¡Qué optimista!

Nuestras entrevistas amorosas se sucedieron sin interrupción y siempre con la misma dicha, ya me había ganado la voluntad y hasta me hacía falta, porque ansiaba el momento de la cita para estar con ella y solo después de haberla visto, la ansiedad se transformaba en euforia.

Ya casi mis amigos me habían cortado de su compañía, porque nunca contaban conmigo, pues había conseguido que ella me diera otra cita a las diez de la mañana y eso hacía que el tiempo fuera todo para ella y cuando no la veía mi pensamiento la tenía presente.

Pero el destino y la suerte quiso que yo la perdiera. La muerte de su madre hizo que su padre, decepcionado de su suerte, se trasladara a Oaxaca, su tierra, para terminar allí sus días, así lo expresaba a sus amigos el día del sepelio.

Se fue, sí, a buscar un consuelo para su alma, pero a mi me partió, pues cuando ya la quería o más bien la adoraba, me la quitó para siempre… no quiso decirme adiós y se fue para siempre… porque nunca más supe de ella…

Fue la segunda mujer de que me hubiera enamorado…

Fragmento

Han pasado los años y ya nunca

he vuelto a ver a quien dejara trunca

la más grande ilusión del pecho mío…

Pero de aquella despedida aún queda;

¡una lágrima cáustica que rueda

Por mi doliente corazón vacío…!

C.D.R.


martes, 5 de mayo de 2020

14. Eres bella y hermosa como tu nombre.

Pachuca, septiembre 28 de 1915.

Eran tres hermanas, vivían por las calles de Zaragoza, en la que la mayor de ellas tenía su consultorio de partera; muy inteligente, muy simpática y desde la primera vez que trabamos amistad, teníamos la costumbre de ir a quitarle el tiempo y más que a eso, a ver a sus dos hermanas chicas. Ellas nos consecuentaban y, hasta creo, le gustaba el chacoteo, pues hacía fiestecitas muy seguido, que resultaban muy animadas. Esto dio lugar a que uno de mis compañeros y yo saliéramos novios de las dos chicas, con beneplácito de la mayor.

Blanca era una chica ligeramente rubia, de ojos verdes, su cuerpo si no escultural, era bueno y algo sosa en la conversación, yo creo que, porque aún no había terminado su instrucción escolar, su carácter era apacible, dócil, se dejaba guiar por cualquiera y no era capaz de oponerse, ni siquiera a su perdición…

Cuando la hermana salía a su trabajo nos quedábamos solos en el consultorio y entonces era aquel un aquelarre, ─¡qué digo aquelarre, bacanal, pero sin vino!─. Se les había agregado una amiguita y el tercio estaba completo para mis amigos y yo.

Día a día, cuando estábamos solos, nuestros atrevimientos iban subiendo de color, porque aparte de los besos, ciertos manoseos indecentes sentaron lugar sin protesta de ellas, sino que al contrario, nos daban alas para seguir adelante.

Cuando salíamos de la casa y venían los comentarios:

─Oye guanajua, ¿qué te parece que hagamos con ellas? porque ya eso es insoportable y aquí no hay más remedio, o seguir adelante o cortarse ─me dijo Loza.

─Pues miren muchachos, ─respondía yo─, veo por delante un compromiso, no para nosotros sino para nuestros padres, que ignorantes de lo que hacemos, pagarían el pato para evitarse un escándalo, yo soy partidario de lo que dice Loza y lo mejor es cortarse.

─Yo por mi parte no dejo de ninguna manera a mi manzanita, ─así le decíamos a la novia de Loza, por el color de sus mejillas─ al fin que la puedo ver en su casa y sin compromiso, pero les propongo un paso menos drástico el cual no nos obligará a dejar tanto deleite.

─¿Cuál?

─Les propongo que nuestras visitas sean únicamente cuando esté allí la hermana, es decir por las noches y así no habrá el peligro que ustedes ven en lontananza.

─Ay, mano, hablas y piensas más que un libro abierto, ¿cómo no se nos había ocurrido?

Así lo hicimos, seguimos asistiendo a las reuniones hasta que llegó el tiempo de posadas y… ¡qué posadas! Pues allí pasamos las noches enteras en el más completo holgorio y todo a la vista de la hermana, que veía con satisfacción como nos divertíamos, desde luego que ella también se cargaba a su novio y yo creo que más que novio…

En nuestras casas, al menos en la mía, ya mi padre había perdido la paciencia y por prudencia no me llamaba la atención, porque todo era inútil, ya había perdido la vergüenza, me castigaban no comprándome ropa y no dándome raya. Yo tenía la suficiente dignidad para no exigirles nada, puesto que nada les daba a cambio y eso que se trataba de mi porvenir. En mi optimismo juvenil nunca pensaba en el futuro, seguramente pensaba que mis padres me iban a mantener toda la vida y que eran inmortales. Ya había perdido dos años y la vergüenza no me subía a la cara, pero si muchas veces, cuando la conciencia me remordía buscaba trabajo en las minas y mi padre, que era tan conocido, hacía que no se me aceptara en ninguna parte; él quería que yo estudiara a toda costa y lo consiguió, pero después de muchos enojos y muchas desilusiones.

Todo esto de repente me hacía sufrir y me arrepentía de todos mis pecados procurando retirarme de la vagancia, poniéndome a partir leña en la casa o metiéndome en la biblioteca y estudiando; seguramente mi cerebro joven y descansando asimilaba fácilmente, porque estos ratos de estudio y de lucidez me fueron muy útiles en los exámenes finales.

Pero estos ratos de arrepentimiento me duraban a veces hasta quince días y no faltaba el demonio en forma de amigos o de mujeres que me hicieron tornar a las andadas.

Desde luego que en los exámenes finales del año tuve la suerte de salir bien y eso debido a que en los periodos de arrepentimiento estudiaba y lo hacía con ganas, al llevar a mi casa el pase de año con unas calificaciones regulares hicieron crecerme abusando más de la bondad de mis padres, pues me creía con el derecho de hacer lo que me diera la gana, por eso en las posaditas de la casa de mi novia me atrevía a faltar hasta las noches completas.

Llegó el día último y la fiesta de despedida del año fue en grande, nuestras novias más desvergonzadas que nunca asumieron una actitud que no puede llamarse más que de ataque, pues de tal manera se extralimitaron, que siendo nosotros hombres no tuvimos más que aceptar todo lo que ellas quisieron y ese día primero de enero de 1916 recibió a tres vírgenes menos.

La sangre no llegó al río porque todo lo que teníamos de parte de las familias no fue más que temor, pues ni siquiera se dieron cuenta o lo callaron por bien propio, porque, ¿qué podían sacar de nosotros? Nada. Era mejor callar que hacer un escándalo en el cual ellas tenían la mayor parte de culpa y las familias la otra.

El sabio tiempo se encargó de enfriar nuestras relaciones, la familia de nuestras novias se trasladó a la capital por cuestiones de negocios y allí terminó todo, no volví a saber nada de ellas, se perdieron en el olvido y en la vorágine capitalina…


jueves, 30 de abril de 2020

13. Perdí, mujer, qué quieres que haga.


Pachuca. Septiembre 16 de 1915.

La ociosidad en que nos encontrábamos nos hacía concebir cosas increíbles y, además, sabemos en demasía, que es madre de todos los vicios.
En uno de esos momentos de holganza ideamos, los de mi compañía, a ver quién se declaraba a la mujer más fea de Pachuca y el que hiciera novia a una de esas beldades, es decir, a la más fea, ganaba la apuesta y el de la menos fea sería el que pagaría los chocolates durante toda una semana.
Todos los días pensábamos en lugar de estudiar, nos vamos a devanar los sesos, para ver a qué mujer fea le haríamos el amor, a uno de mis amigos, el primero, se declaró a una muchacha a la que apodábamos con el nombre de «la gachupina» como si las gachupinas fueran feas, pero esta sí que lo era: ojos de chino, cabeza de piloncillo, con vello en la barba y bigote, y con un andar de pato cojo. Él creyó que ya tenía ganada porque nosotros aún no encontrábamos y creyó difícil la superación.
Al día siguiente estábamos sentados en el jardín cuando acertó a pasar una muchacha que estudiaba en la Escuela de Comercio y que por mal nombre le decían «la deshollinadora», por el apodo no se puede dar cuenta de lo fea que era esta pobre chica; tenía la cara llena de una erupción negra que le valió el apodo, los párpados caídos, mofletuda, gorda como una bola y chaparrita. Antes de que me la ganaran me levanté al grano y casi la asalté, y sin más ni más le declaré mi amor, ella se asombró y del asombro pasó al disgusto pues me decía:
─El que usted se me declare no tiene nada de particular, pero yo no dejo de comprender que lo que quiere usted es burlarse de mí y eso sí que me parece un insulto y de los grandes.
─No sé lo que la haga pensar así, yo vengo con la sinceridad en la mano a brindarle un afecto que creo sentir.
─Ese afecto puede usted sentir por otras mujeres, no por mí que me he visto muchas veces en el espejo y sé de lo que soy capaz de causar.
─En eso sí está usted engañada porque si otros hombres ven en la mujer la belleza física yo no, porque más que esa cualidad de la mujer, yo veo en ella la bondad la virtud y porque la mujer bella es vanidosa y la vanidad la lleva a la voluptuosidad y esta hasta el ridículo. (Yo no pierdo la apuesta, me decía por dentro).
─Ya me está usted convenciendo y quiero creer en la sinceridad de usted.
─¿Entonces me corresponde?
─Sí señor.
Ya gané, les dije a mis amigos, vaya que eso me costó la burla de todos los que, paseando por el jardín, me vieron dar vuelta y vuelta. Creí dificilísimo el que me superara mi amigo Loza; pero al día siguiente en el mismo sitio cuando lo estábamos esperando para dar la vuelta se nos fue presentado con una muchacha, que, al verla, por poco nos desmayamos; se nos acercó y con todo el descaro nos dijo: «les presento a mi novia y yo creo que no hay más allá, así que vámonos al camello a tomar chocolate con mi novia también». Nos rendimos y cumplimos como buenos caballeros.
Después a solas le preguntábamos:
─¿Dónde encontraste ese adefesio?
─Pues nada menos que en la misma casa donde yo vivo, le dicen «la niña eterna» porque nunca pasa de los quince años y ya ven que así de chaparrita, más que mujer, parece habitante de Marte.
─¿Que antes no había conocido?
─Cómo no, nada más que no se había ofrecido el caso como el actual.
Celebramos todos los días nuestras nuevas conquistas que, a pesar de estar tan feas, nos causaron una satisfacción. No las desdeñamos, platicábamos de vez en cuando con ellas, pero sin lucirlas, hasta que nos quedamos como conocidos nada más.
Después he reflexionado, ¿se merecen estas mujeres la burla estúpida que nosotros en nuestra ociosidad les jugamos? no claro que no, muchas veces me he arrepentido de mis actos pues yo soy malo, pero no al grado de ofender. Y así pasó esta aventura de mi loca juventud siempre dispuesta a hacer la vida menos pesada y tornar los dolores como decía Garrick, en carcajadas…

La máxima del optimismo egoísta

En este mundo matraca
dos cosas hay que aprender,
ver la raja que se saca
y el mal que se puede hacer.