jueves, 28 de febrero de 2019

7. Tu loca juventud te llevó a la muerte

Guanajuato. Enero 27 de 1914.

Clementina Ulloa era una muchacha dos años más grande que yo, nos conocíamos desde chicos, jugábamos juntos entre toda la chiquillería, ella tenía desde entonces predilección por mí a pesar de que había muchos y mayores que yo.

Crecimos. Ella se hizo señorita y yo un mozalbete. Acostumbrábamos a ir a nadar a los baños de San Juan y ella algo impúdica se bañaba con nosotros en la presita también con Carmen Valtierra que nos acompañaba, de la misma edad que ella; muchacha muy agraciada pero demasiado coqueta por lo que Clementina la excluyó de nuestros paseos matutinos y los cambiamos por las presas verdes que estaban más solitarias y no había ojos vigilantes

Un día llegó llorando y me dijo:

─Fíjate que ya tengo un novio ¿no te enojas?

─¿Y yo por qué? ─respondí.

─Yo creía que te ibas a enojar pues a mí no me gustaría que tuvieras novia…

─Ni tengo ni quiero no te apures. ─Yo tenía trece años y si bien es cierto que era un malilla aún no pensaba en las novias.

Pasó el tiempo yo tenía catorce años me había estirado en estatura hasta 1.70 cm y ella dieciséis cumplidos. Un día me volvió a confesar que tenía un novio ahora sí en serio; era un ingeniero de sociedad, ricachón.

─¿No te enojas?

─No mujer porqué me había disgustar si tú no eres más que una amiga de infancia.

─Pero lo que sí te digo es que tú no te vayas a buscar novia porque, aunque no somos más que amigos a mí sí me da coraje que le gustes a otra mujer.

─Pues mira no te lo había dicho, pero ahora sí ya tengo una novia.

─¿Quién es?

─Después te lo digo.

─No Severino, ¡te exijo que me digas quién es para darle sus cachetadas!

─¿Pero por qué?

─Porque tú no debes querer a una mujer hasta que yo quiera. 

─Pero, como si tú tienes novio y yo no digo nada.

─Pues tú no, pero yo sí, así es que si te encuentro con ella no respondo de mí. De modo que cuídate y no me vuelvas a hablar.

¿Por qué me celaba? yo no sentía por ella más que el aprecio de la amistad ¿y si estaba enamorada de mí, por qué ella sí tenía novio? era muy voluntariosa y enérgica y estaba acostumbrada a que le obedecieran sin réplica y solamente a mí me respetaba y confesaba todas sus cuitas yo no estaba en edad para dar consejos, pero se los daba según mis alcances.

Dejamos de hablarnos hasta que un día llorando me confesó en un momento de ofuscación que se había entregado al ingeniero.

─¿Qué hago Severino?, ¿qué hago?

─No te sabría decir porque si él se va a casar pues cásate y ya…

─Pero lo que tú no sabes es que ya se fue de aquí para no volver en mucho tiempo…

─Pues mira aquí si no sé qué decirte.

    ─¿Y que no te da coraje con Carlos por haberme abandonado?

─No, porque tú tienes toda la culpa por liviana.

─¡Pero es que soy mujer y él me forzó!  

─Mira Clementina, por primera vez siento deseo de pegarte por estúpida, este arrepentimiento llega demasiado tarde, tuya es toda la culpa y no te hagas la inocente porque si tú te hubieras portado a la altura de tu honradez no estuvieras lamentándote, no sé cómo puedo ayudarte, pero si en algo puedo haré todo lo posible. ─La regañe como si fuera una mocosa y no volví a verla, pues su padre que veía que siempre andaba conmigo creía que yo era el causante de su desgracia, pero todo se aclaró y no volví a verla hasta que ya sabía hasta que ya había nacido el niño. Me mandó llamar para que lo viera, la felicité porque había salido bien del trance y nada más.

Tenía quince años y ella diecisiete, volvimos a reanudar nuestra amistad y un día por el mes de octubre me presentó a una amiguita que nos encontramos en la Plaza de la Paz; era una rubia de ojos azules de la misma edad que ella, más baja de estatura, muy blanca, era una preciosidad. Ella notó la impresión qué le había causado mi presencia a su amiga porque una vez que nos quedamos solos me dijo:

─Ya noté que le gustaste Jesús, ─o Chucha como le decía ella─, pero mucho cuidadito porque si sé que tú le haces el amor vamos a tener un serio disgusto.

─Pero oye Clementina según tú estoy condenado a no tener novia en todos los días de mi vida porque te has abrogado de un mando el cual yo no te he concedido.

─No lo sé, pero ya sabes el coraje que me da verte con otras mujeres que no sea yo.

─¿Pero con qué derecho?

─Con ninguno y no me preguntes más.

Por ese tiempo se hizo una fiestecita en honor a su hermano Fernando que había llegado de lejos y ahí estaba Chucha; qué linda estaba, le cargué el amor y ya casi me correspondía cuando se me presentó Clementina y se armó la de Dios es Cristo, me corrieron de su casa, lo que me cayó de perilla porque yo ya no hallaba qué hacer con ella, y lo que me daba libertad para hacer el amor libremente a Chucha que de paso ya me gustaba mucho, pues a pesar del escándalo y de que Clementina le había dicho muchas cosas, yo estaba seguro de que ella me quería porque así son las mujeres cuando se les mete en la cabeza.

Era primero de enero de 1915 lo celebramos con gran pompa. Ya Clementina me había acaparado nuevamente, ya he dicho que yo no la quería, que la apreciaba como amiga de la infancia pero nada más, mas ella se empeñaba siempre en mandarme y para mayor desgracia la de ella, su mamá que era una mujer bella aún quizá más bella que ella principio a insinuárseme y una vez nos encontró besándonos o más bien era la que me estaba besando, porque yo la respetaba, pero yo era un hombre y ya me estaba gustando el juego. Hubo su disgusto correspondiente y me llamó aparte y me dijo:

─Oye Severino por qué te portas así con mi madre, ¿que no pudiste evitar es que esto sucediera? y estoy seguro de que tú no tienes la culpa porque te conozco pero debías de haberte retirado porque mi madre se encuentra medio volada por el vino, tú a quien debes de querer es a mí y estoy dispuesto a darte y servirte de la manera que me quieras así es que de hoy en adelante no tendrás más novia que yo o más bien una amante que es más ¿lo entiendes?

─Pero Clementina razona bien lo que dices yo quiero ser tu amigo nada más.

─Te he dicho que no, y no discutamos más…

Lo dicho por ella se llevó a cabo y casi le temía pues era muy voluntariosa pero en fin, yo era joven y me sentí hasta hombre al tener una amante gratis que no digo me quería, sino que creo que me idolatraba pues me velaba el pensamiento y casi me lo adivinaba. Yo creo que ella de su cuenta me hubiera querido tener pegado a su cuerpo pues era muy celosa y solamente con el pretexto del estudio podía dejarla tranquila casi todo el día.

Pero llegó la Revolución y me fui con ella, con la Revolución no con Clementina, que de buena gana me hubiera acompañado y después de mi salida y después mi salida hacia Pachuca y solamente un «allá nos vemos pronto» que no le creí, fue la despedida. 

Yo la olvide muy pronto y creo que ella hizo lo mismo porque nunca nos escribimos, ni siquiera nos mandamos recuerdos con las personas que iban y venían de Pachuca a Guanajuato.

Llegada la Semana Santa del año 1916 volví a mi tierra en donde me encontré que ya se había casado y nada menos con un hombre que causaba terror en Guanajuato era un hombre de 1.90 y que tenía muy mala fama y además era pendenciero, mas tenía mucho dinero y eso le ayudaba en sus fechorías: Seguramente las malas condiciones en que las dejó su padre al abandonarlas la orillaron a este paso. Por vía de precaución no la fui a ver sino que en la calle me encontré a su hermano y como éramos muy buenos amigos se dedicó a pasear conmigo contándome a la vez el abandono de su padre y las de Caín que pasaban, él trabaja en la mina pero ganaba muy poco yo le recomendé que se trasladara a Pachuca, que mi padre le daría trabajo y que las compañías pagaban el tipo de cambio en el sueldo, yo le proporcionaría el pasaje y días de manutención mientras se establecía. Era mi amigo y lo que hice por él lo hubiera hecho cualquiera pues yo obré sin interés.

Me invitó a su casa y como no queriendo fui, ella me recibió con los brazos abiertos me preparó una merienda de rey, lo que disgustó a su marido pues dijo que ni los que pagaban comían mejor; era muy grosero y ella me recomendó que disimulara.

Al día siguiente me despedí para volver al seno de la familia, llevándome al Flaco, cómo le decíamos los amigos, y ella un «por allá nos vemos» y se acabó.

Habían pasado seis meses cuando Clementina se presentó en Pachuca en casa de una tía a donde me mandó llamar después de los abrazos y besos correspondientes me dijo «ya abandoné a mi marido y me vine a tu lado».

─¿A mi lado? ¿bromeas?

─No, no creas que vengo a vivir contigo, pues bien sé que no puedes mantenerme, pero yo buscaré la manera de que no te cause molestia cual ninguna.

─¿Pero en qué vas a trabajar si no sabes hacer nada?

─Ya verás…

Trabajó con un español el que después de un tiempo se enamoró perdidamente de ella y le prometió matrimonio. Ella me lo consultó a mí y no tuve en ambages en contestarle que estaba en libertad de hacer lo que le diera la gana sin consultarme.

Se casó, el español fue muy buen esposo con ella, pero principió a entristecerse sin causa justificada, su esposo creyó que era porque su madre no estaba aquí y se la mandó traer, pero nada, seguía de mal en peor. Un día le interrogué a instancias de su madre…

─¿Qué te pasa?

─Nada que tú no puedas comprender, estoy aburrida, solo cuando estoy a tu lado siento un poco de consuelo.

─Pero hay algo más en tu vida que no me quieres confesar, ya sabes que soy amigo de infancia y en lo que pueda te ayudaré a solucionar tus problemas.

─No Severino mío, de mi mal nadie se alivia, siento una tristeza, un hastío de la vida que hay veces que quiero quitármela… ¿es cierto que tienes una novia?

─Sí ¿Por qué?

─Pues procura por lo que más quieras que no te vea con ella, ya sabes que nunca me ha gustado que otra mujer te quiere más que yo, ya sé que no tengo derecho a celarte pero qué quieres… es una cosa que no puedo evitar, toda la vida te he celado desde que estábamos chicos ¿te acuerdas? es un egoísmo mío que nunca he podido quitarme de encima pues me parece que siempre te he querido no como amigo sino como amante. ¿De chicos te acuerdas cómo me peleaba con las demás chicas porque se te acercaban? teníamos de ocho a diez y ya ves cómo te quería así que perdóname mis inconsecuencias, si quieres no me hagas caso, pero si sábelo que siempre te he querido con el alma.

No supe qué contestar a su imprecación pues de sobra sabía que ella me quería y que por mí había hecho un sinnúmero de locuras. Lo que no me explico es su manera de pensar en el suicidio pues económicamente no le faltaba nada cariño, menos porque el esposo era bueno, a mí me tenía al alcance de su mano y su familia estaba a su lado.

No tardó mucho en su resolución y un día en que su neurastenia llegaba al máximo se tomó quince pastillas de bicloruro de mercurio y pasó a mejor vida, sin tiempo para decirle adiós, fue muy buena conmigo fuera de lo celosa que era no me causó más que satisfacciones y un susto pues una vez que estaba muy celosa me ofreció pan con cajeta y cianuro de mercurio, pero un amigo mío que había visto la maniobra me lo dijo y tiré el pan, fingí un dolor de estomago para salir de su casa y ella con lágrimas me rogaba que me quedase creyendo seguramente que me iba a morir, pero el día siguiente me vio sano y salvo y le conté lo que sabía, se enfureció y con unas tijeras me hirió en pleno corazón, mas como le detuve la mano no penetro más que un centímetro en cambio en mi mano izquierda aún conservo la cicatriz por la herida profunda que me causó al grado que estuve en peligro de perder la mano.

Se le enterró. Yo no asistí a su sepelio. No por desamor, sino porque nunca me han gustado los entierros. Se fue y que Dios la perdone sus pecados. Lo único que le dediqué sinceramente fue uno de mis versos:

En la muerte de C.

murió como una flor en manos frías,

murió pidiendo amor y más amor;

y en cambio a su dolor, flacas arpías

para siempre arrancaron su estertor.

S.

domingo, 24 de febrero de 2019

6. Fuiste buena conmigo... pero mala con los demás.

Guanajuato. Enero 25 de 1915.

La contrapresa del venado es un barrio muy pintoresco y más aun porque yo nací en él. Se encuentra rodeado al norte por el callejón de Pajaritos y el del León de Bronce. Al sur por el de Casualidad y el de Paula la Galla. Pero para lo que me voy a referir basta con la prolongación del barrio en que nací porque allí nació también la mujer de mis recuerdos.

Su padre, un anciano muy respetable, decían que era un maestro de obras retirado y que en una de ellas había encontrado un “entierrito” y que por eso ya no trabajaba. Quería a su hija de tal manera que nunca salía sola, ni siquiera a la escuela porque tuvo profesores particulares que en su casa le enseñaron todo, principalmente el piano, el que tocaba con verdadero gusto.

Era mayor que yo en edad y recuerdo que la veía pasar todos los días acompañada de su padre y ni una mirada dirigía a los traviesos muchachos que me acompañaban. Crecimos... en 1915 yo tenía dieciséis años y ella dieciocho, nunca había tenido novio y nadie se atrevía por miedo al viejo que la cuidada como el más preciado tesoro.

Yo ya era muy malilla, me propuse enamorarla y lo conseguí gracias a una congregación de la cual era yo el jefe: “los cuatro magos de la rosa cruz”, que así le llamábamos, porque éramos los socios fundadores y los más aprovechados. Nuestros segundos, eran “los diez hombres negros”, los que aún tenían algo de las regalías que obteníamos y los terceros eran “los discípulos”, los que no tenían más que obedecer, aunque también tenían derecho a todas las prerrogativas de la sociedad menos las de dinero.

Por medio de una de las asociadas, que como mujer que era, sí tenía acceso a la casa del suegro futuro, y se encargó de decirle que yo me interesaba por ella y de que estaba perdidamente enamorado; las noticias no me fueron adversas pues supe que yo le caía bien y se interesaba por buscar la manera de que nos viéramos solos.

Ángeles era una morena de las más lindas que existen, morena apiñonada, ojos grandes y negrísimos, un cuerpo escultural, una boquita pequeña en arco de cupido, una cabellera negrísima que a raudales le caía casi hasta el sueño, era su mayor orgullo… eso era en lo físico que en lo moral y en la forma en que se había educado era un modelo de mujer que lo sabía hacer todo, todo… una mujer ideal para formar un hogar, lástima que se hubiera enamorado de mí que no tenía un futuro cercano ni lejano.

Chucha Márquez, de las asociadas fue la encargada de invitarla a su casa a una fiesta de puras mujeres y allí principió nuestro idilio, pero debido a las dificultades en las invitaciones y la frecuencia de éstas, obligó al desconfiado papá a suprimírselas por completo, entonces opté por alquilar la casa adjunta a la de ella y allí fue lo bueno porque nos veíamos a nuestras anchas; pero no faltó un “yo lo vi” que se lo contara a su papá y por primera vez en su vida se cambió al callejón del Calvario, a una casa que fue un calvario para mí, porque tenía que platicar reja de por medio y cuando terminaba tenía los cachetes más fríos que un muerto.

Una noche en que ladinamente nos estábamos besando y estábamos tan embelesados en ese placer que no nos dimos cuenta de que alguien subía por el callejón hasta que no sentí un estacazo en la espalda, no me di cuenta de que era el odiado suegro el que me había sorprendido, corrí como un gamo y una vez repuesto del susto juré vengarme y así lo hice. Al fin que con tantas dificultades no me importaba perder a mi Angelita, además que yo no la quería.

Reuní a los cuatro magos de la rosa cruz, a los diez hombres negros y a todos los discípulos, les planteé el caso. Unos propusieron una paliza al viejo, pero en eso sí me opuse pues estaba muy anciano y podía suceder un desaguisado, pero alguien sugirió el mal menor, romperle todos los vidrios de su casa y así se hizo: “Chartago delenda est”.

Por la noche y a la hora en que me tocaba platicar con ella comenzó la pedriza que dio al traste con toda la vidriería y como cien macetas que tenía en el corredor de su casa y no volví a verla hasta el día de mi partida para Pachuca… lloró y con las lágrimas en los ojos me suplicó que esperara bajo su balcón para oír en el piano la despedida romántica que me brindaba… tocó “cuando escuches este vals”, no lo he olvidado nunca pero tampoco esperé a que lo terminara y… no volví a verla.

Muchos años más tarde y cuando yo ya ni siquiera tenía idea de como era, se presentó en mi consultorio una señora muy bella, morena de pelo ondulado y corto.

─Doctor, yo no vengo a consulta, vengo a informarme de una casita que es de su propiedad y por la cual me intereso.

─Pues señora, llegó usted tarde porque ya está dada.

─Qué lástima… y doctor, ¿no se acuerda usted de mí?

─No señora, y me perdona lo mal fisonomista…

─¿Se acuerda del barrio de la contrapresa del venado en Guanajuato?

─Cómo no, si allí nací.

─Pues allí nací yo también, soy Ángeles Torres…

─¡Ah, pues sí!, ¡como no me voy a recordar de ti!.─ Le di un abrazo─ Y me dispensas que me tome este atrevimiento, pues me figuro que ya estás casada como yo también, pero el gusto de ver a una Guanajua, pero más que eso, somos del mismo barrio y amigos desde la infancia ¡cuántos recuerdos! ¿verdad? Todavía siento tristeza de ver que tu linda cabellera la hayas perdido a fuerza pues cuando yo volví a la tierra me encontré con la mala nueva de que tenías tifo y tuve que conformarme con tu recuerdo y ahora cuando menos lo esperaba te encuentro en ésta… sana y bella como siempre.

─Bromista como siempre, eres el mismo, no te alivias. Cómo voy a creerte si ni siquiera pudiste reconocerme y yo desde la primera vez que te vi te conocí y eso hace un año, como ves mi memoria me es más fiel. Vivo en Pachuquilla con mis padres ya muy ancianos, allí tengo un negocio y es el que me saca de apuros porque mi marido es una calabaza que no ata ni desata, ya me separé de él… te invito el domingo a comer.

─Allí estaré, adiós…

Fue un idilio, dulce, apacible, pero efectivo y puro… un año duró, se le murieron sus padres, se sintió sola, vendió el negocio y ni más he vuelto a tener noticias de ella. No me quedó más que el dulzor de su cuerpo capitoso…

miércoles, 20 de febrero de 2019

5. ¿Tú me quisiste?

Guanajuato. Enero de 1915

Paralelamente a mi historia con Anita durante ese enero de 1915 las travesuras en el Colegio del Estado llegaban al máximo, había muchos nuevos y a costa de ellos íbamos todos los días a la Presa de la Olla a correr y a que los “chinches”, es decir los novatos, nos compraran pan.

En una de esas correrías nos encontramos en el paseo unas muchachas ya conocidas, pero entre ellas había una que me simpatizaba y mis amigos me instigaron a que me le declarara. Yo que no podía quedar mal delante de los chinches no tuve más remedio que hacerlo en un momento en que sus compañeros la dejaron sola, ya sea porque así daban tiempo para que yo me le acercara: todo fue con éxito, ella me correspondió al punto, quedé bien delante de mis amigos y obtuve una novia de envidia para los demás.

Aurora era alta, airosa, rubia, de un rubio no muy hermoso, pero pasaba, blanca que era una de sus buenas cualidades, ojos zarcos, buenas formas, en fin, que en el conjunto estaba bien, únicamente en su modo de ser era donde dejaba mucho que desear pues era ligera de casos, es decir, coqueta, libertina, voluntariosa, modosa y otras cosas más que la hacían a veces chocante.

Todos los días nos veíamos por las tardes en el Parque de las Acacias, nos abrazábamos y besábamos, pero sin ardor, sin romanticismo, sino como de compromiso, como una cosa ineludible, en una palabra, no nos queríamos.

Entonces busqué la manera de ilusionarme buscando en la tentación carnal algo de aliciente a nuestros amores y ni así. ¿Por qué habrá mujeres tan insípidas? ¿O sería por su presunción por lo que no la llegué a querer? No lo sé…

Una vez me confesó que ella deseaba casarse o cuando menos encontrar un hombre que la tuviera con comodidades, que a ella el matrimonio le salía sobrando, que la verdadera vida era el vivir bien y nada más… me quedé lelo… y le dije “pues entonces conmigo estás perdiendo el tiempo porque yo soy un estudiante de primer año, mi familia no es rica ni yo tengo oficio ni beneficio”. A lo que me respondió: “Pero no lo digo por ti, tonto, a ti te quiero de otra manera, tú eres mi satisfacción, ¿entiendes?”. Sí ─le contesté─, pero en verdad esa manera de pensar en mi tierra tiene otro nombre que pasa de la franqueza…

Yo tenía la convicción de que no me quería, pero sin embargo nunca faltaba a una cita, la que prolongábamos a veces hasta las nueve de la noche, hasta que una vez, lo digo de corazón, obligado por las circunstancias me obligó a que la hiciera mía.

─Tú no sabes en el compromiso que me has puesto ─le decía─, porque si esto lo llegan a saber en tu casa y se les ocurre quererme casar contigo no sé con qué te voy a mantener, pues los dieciséis años de vida que yo tengo no son para tener compromisos ni menos para resolver problemas de esta categoría.

─¿Y quién te ha dicho que te quiero comprometer?. Lo que hemos hecho no es más que una o un capricho mío, mi deseo es buscarme quien mantenga en buenas comodidades y este paso no es más que un gusto, pues al caer, lo quise que fuera con quien me gusta no con quien me ha de mantener, que seguramente será un vejestorio cualquiera, pero con dinero.

─¡Pero Aurora! ¡qué manera de pensar tienes!

─Pues piensa de mi lo que quieras, me tiene sin cuidado, porque el fin justifica los medios, ya lo verás.

Ante esa manera de pensar me dediqué a gozar de ella, hasta que la vorágine revolucionaria me arrastró como a otros tantos de mis compañeros.La dejé de ver, me trasladé a Pachuca y ni más… nuestro eterno placer nos duró dos meses y pasó sin el menor remordimiento y mucho menos de dolor.

Le hice un versito adecuado a ella:

Para Aurora

Una mañana al calor

De un sol embravecido,

Te hablaba yo de un amor

Que jamás había existido.

Y tú con muecas y guiños

Henchida de vanidad,

Te componías los aliños

Creyendo todo verdad.

.─”Yo la amo a usted señorita

Con todo mi corazón,

No quiera usted que repita

Lo impensa de mi pasión.”

.─”Bien comprendo caballero

Que usted me ama de verdad;

Sépase usted que le quiero

Y que lo amo en realidad.”

Y así quedamos unidos

En mutuo engaño los dos,

Que para amores fingidos

No solo los tiene Dios.

¡Que se acabe el jugueteo!

Y es mejor que terminemos.

¿Tú me amaste?... no lo creo.

¿Yo te amé?... pues mucho menos.

Severino. 4 de marzo 1915.

Un año más tarde, cuando torné a Guanajuato, me encontré con la nueva de que Aurora había conseguido lo que deseaba y era querida del gobernador. La vi en el Teatro Principal sentada en una platea, iba muy elegante… me vio… se sonrojo, pero no creo que haya sido de vergüenza porque nunca la tuvo… ni más la he vuelto a ver, ni siquiera a saber de ella.

domingo, 10 de febrero de 2019

4. La mujer nació para la felicidad del hombre y solo le trajo la desgracia

Guanajuato. Enero de 1915

Principiaba el año de 1915 y en una de las serenatas pueblerinas conocí a la hermosa mujer de mi aventura: era blanca, de una blancura fascinadora, era rubia, de un rubio encantador, las esmeraldas de sus ojos adormidos tenían un mirar lánguido, monjil, beatífico, de estatura baja y eso la hacía semejar a una muñeca de porcelana, su conjunto en general era bello. Se llamaba Ana.

Será posible, me decía, que tan bella muchacha no me hubiera llamado la atención desde antes ¿qué será posible que no la hubiera distinguido entre las demás? Porque es inconfundible, su belleza llamaba a leguas la atención.

Según costumbre, principiaron las miraditas, los galanteos y la consabida gardenia; con eso quedaba cerrado el pacto de una cita para el día siguiente o cuando menos había esperanzas de ser correspondido en mis amores; y así pasó, al día siguiente la esperé a la salida de la escuela y como si fuera de mucho tiempo conocida quedamos de vernos en su casa a las siete de la noche…

El Hotel de la Galarza es un caserón de apartamentos, porque no es hotel y no sé de una manera fija porqué se le dice así. Ella vivía en el tercer piso y la cita era en el descanso de la escalera del segundo, lugar ideal escogido por ella para estar a solas y ocultos a las miradas impertinentes.

Todos estos actos los fui catalogando en mi mente y me fui dando cuenta en lontananza que la virginal criatura era más bien una infernal diablesa; pero era muy linda y esa belleza me hizo olvidar esos defectillos para no pensar más que en el goce del momento.

Primero me di cuenta de una impertinencia cometida por ella o más bien maldad porque no puede llamarse de otra manera, pues estábamos platicando y besándonos a Dios dar, que no nos dimos cuenta de un señor que bajaba las escaleras, yo me separé de ella, pero me atrajo nuevamente y me besó más, no te apures es mi papá y no nos ve porque está completamente ciego; esa burla me dolió, pues yo siempre he tenido respeto por los inválidos de la vista y más o menos me iba dando cuenta de la mujer con quien había trabado relaciones amorosas, ese día bajo el pretexto de un dolor de cabeza me despedí.

Nuestras relaciones fueron deslizándose, casi puede decir, sin contratiempos, aunque de todas maneras yo vivía prevenido, pues su apariencia beatífica no era más que un disfraz de su alma corrompida.

Yo la quería, pero de una manera moderada, su carne y belleza me tenían engreído, pero no enamorado, bien sabía que en cualquier momento podía burlarse de mí, y por eso no le dispensaba ni un átomo de confianza y para contrarrestar al amor que pudiera despertar en demasía cortejé a otras dos mujeres, casi tan bonitas como ella.

Por esos días nuestras armas revolucionarias hicieron irrupción en Guanajuato con la alarma consiguiente, pasado el susto de los primeros días volvió a normalizarse la tranquilidad y podía uno transitar a todas horas por las calles sin molestia, cual ninguna solo yo principié a notar algo anormal en mi Anita y procuré espiarla, pero sin resultado alguno.

Salieron esos revolucionarios y entraron otros y otra vez la misma inquietud de mi novia, nada más que ahora sí fue de verdad, pues un día que me despedía de Ana, un mílite me paró en la puerta y con toda la altanería pelada de esa gente me dijo:

─Oiga amigo, ¿qué le trae por aquí?

─¿Por qué? ─respondí.

─Porque quiero saberlo, pues yo también aquí tengo mi novia.

─Pues, amigo, hay tanta gente aquí que no nos vamos a hacer bolas.

─Nada de bolas, amiguito, ni de burlarse porque le puede costar el pellejo. ─Yo era muy joven pero también tenía pundonor y le dije:

─Pues mire usted ya que de serio se trata, no estoy dispuesto a que nadie me interrogue y menos usted, ¿sabe?

─Soy el jefe del regimiento de dinamiteros de Villa y traigo seis hombres para hacerme respetar ─alardeó.

─Pues muy valiente que es usted, y ya que solo no se puede dar abasto se hace acompañar de gente para que lo cuide.

─Mire jovencito, más vale que nos arreglemos por la buena, ¿cuál de las tres hermanas es su novia?

─La más chica ─le respondí intrigado.

─Pues sépase que es mi novia y que no estoy dispuesto a que un jovencito como usted me la birle y ya lo sabe, que ni siquiera quiero verlo por esta calle porque me lo trueno.

─Mire usted, así de joven como me ve, también tengo los calzones en mi lugar y no estoy dispuesto a recibir órdenes de nadie y menos de usted; me devolví con ganas de matar a mi novia, pero ya no quiso salir. Me fui para mi casa con toda la rabia consiguiente, jurando por mi madre que eso tendría sus consecuencias, nada más que mi venganza la preparaba en contra del odiado mílite y no pensaba en ella que era la causa de todo.

Todos los días buscaba a mi odiado rival, lo odiaba porque me ofendió en la hombría, no porque me pudiera el amor de ella. Supe como se llamaba y qué grado tenía. Por esos días regresaron los carrancistas y éste, según costumbres de muchos vividores, desertaba de un bando para darse de alta en otro y de esa manera iba ganando los grados.

Volvieron los villistas y éste se escondió, pero la jugarreta ya no le surtió porque el coronel jefe de las fuerzas era un ogro y estaba fusilando hasta por gusto y eso lo obligó a ocultarse por tiempo indefinido.

Las relaciones con mi Ana se enfriaron al grado de que casi terminamos, ya no iba por las noches y a pesar de que si estaba a la salida de la escuela, me hacía el disimulado para no hablarle, era tan veleidosa que la creía capaz de buscarme otros trastornos, por eso y por mis otras novias, la dejé…

Un día en que nuestra pandilla o palomilla, como nos decía “el güero” portero del colegio, estábamos en el Jardín del Cantador, vimos a mi odiado rival sentado en una banca, mis compañeros principiaron a chulearme y me comprometieron a que fuera a maltratarlo y así lo hice, con tan buena suerte que ni siquiera las manos metió; pero días después me di cuenta de que ya era otra vez villista lo cual me obligó a ponerme alerta.

Ya me había vengado de él, ahora le tocaba a ella. Como si nada hubiera pasado me presenté en su casa y como siempre a gozar de la vida y con la esperanza de que el capitancito de marras se presentara a reclamarme y más valió que la suerte me protegiera porque nunca se dio el caso de otro frente a frente.

La locura de mi juventud me llevó, y mal aconsejado por los amigos, a que me diera de alta con los carrancistas que estaban próximos a tomar Guanajuato; en mis elucubraciones mentales encontré el modo de vengarme en esa aventura y de los dos, porque al darme de alta obligaría a mi novia a que se fuera conmigo y después la abandonaría por esos mundos de Dios y a él lo buscaría para fusilarlo, así como lo pensé lo ejecuté: La noche en que entramos a Guanajuato lo primero que hice fue buscar a mi odiado rival para fusilarlo y la suerte lo salvó, pues mis compañeros y yo lo buscamos por todas partes y se volvió ojo de hormiga y a mi novia después de haberla sacado de su casa el General me prohibió terminantemente que llevara mujeres pues la caminata era a pie y llena de peligros; no tuve más remedio que volver a mi novia a su casa con el correspondiente desprestigio y todo terminó…

Me sumí en la vorágine revolucionaria hasta que la suerte quiso que recapacitara y con el permiso del General Serrano nos dieron de baja a seis compañeros y a mi que “ya no queríamos queso sino salir de la ratonera” como decía el general.

Por ese tiempo mi padre, que vivía en Pachuca, mandó por nosotros y hasta con gusto salí de esa mi querida tierra en donde tan miserablemente había perdido el tiempo en detrimento de mi futuro y del bolsillo de mi padre. Yo no era mala cabeza, ni tonto, pero las amistades con dinero y las muchachas, pero más bien mi poca experiencia y mi ninguna voluntad por el estudio me hicieron caducar.

Ya la vida en mi tierra era imposible, pues con el solo hecho de haber sido revolucionario se me veía como cosa extraña, eso en la calle porque en el colegio la raspa era la que me traía loco pues ya no solo los muchachos me chuleaban con lo de “mi general” sino hasta los maestros me generealaban de una manera mordaz y más aún como sabían lo de la aventura de mi novia más me cargaban la mano.

Con gusto en el alma me fui a despedir de todas mis novias, pero principalmente de mi Ana, que al saber que yo me ausentaba para siempre tuvo un desmayo como cosa obligada en estos casos, porque a lo único que dio lugar fue a que yo la hiciera mía bajo el pretexto de su inconciencia falsa, porque durante la copulación dio trazas de estar en su más completo sentido. Nos hicimos promesas para el futuro y con la condición de que volvería por ella para casarnos ¡Qué ilusos! ¿cuál era el futuro de que yo disponía? ¿cuáles eran las posibilidades pecuniarias para hacerle frente a una vida honorable? ¡futilezas! Yo estoy seguro de que ella en sus adentros nunca pensó serme fiel y mucho menos esperarme un tiempo indefinido, ella en su carácter era incapaz de serle fiel ni a su padre porque su coquetería la arrastraba con fuerza inaudita hacia la perdición no solo de su persona sino de cuantos la rodeaban. Yo desde luego sabía muy bien que las promesas hechas eran palabras escritas sobre la arena del mar, pues no tenía forjado ningún porvenir.

Al salir de mi tierra, siempre sentí un gran dolor, no por dejar a mis amores sino por dejar ese Guanajuato tan querido que me vio nacer ya sin la esperanza de tornar al suelo de mis padres.

Un año había transcurrido y la ansiedad por volver al terruño era a tal grado que cuanto centavo caía en mis manos era el mismo que guardaba para el viaje, pero no era el deseo de ver a mi novia, no, era la nostalgia del terruño. Cuantas dificultades se me presentaron fueron vencidas y un buen día me encontré de viaje con la compañía de uno de los de mi pandilla que se había venido a trabajar a las minas de Pachuca recomendado por mí y apoyado por mi padre.

Cuando llegué a mi querida tierra me sentía tan grande que me parecía no caber en ningún lugar. Me encaminé a visitar a mi padrino y pariente, comí con él y después a pasear. A las siete de la noche fui a ver a Ana, le silbé y como de costumbre ella apareció radiante de belleza y alegría, nos besamos y volvió a ser mía; el rato había sido a satisfacción de ambos y ya nos despedíamos cuando se presentó de improviso un antiguo compañero mío. Me llamó aparte y después de aclarar correctamente la situación resultó novio oficial de ella. Por mi parte, le decía: no te preocupes yo salgo de hoy a mañana y jamás volveré, te dejo el campo libre y no ha menester un escándalo, sigue con ella si así te lo dicta tu corazón y más aún si la quieres yo no seré nunca un estorbo, nos vemos…

Dos días me estuve en mi querida tierra después de los cuales torné a Pachuca ya con más resignación y hasta con gusto, ya la nostalgia fue menos y la costumbre vino a sentar sus anchas en mi corazón.

Mucho tiempo después supe que se había casado con mi amigo y que al poco él se suicidaba por no poder resistir los devaneos de Ana y que después tuvo otro y otros hombres de los cuales tuvo un hijo de cada uno, casi un museo; que bien le vaya, yo por mi parte la olvidé desde el primer día en que dejé Guanajuato… fue el primer amor carnal…tenía yo dieciséis años...

3. Tus consejos han sido la guía de mi alma

Guanajuato. Abril de 1914



Corría el mes de abril y en Guanajuato la Semana Santa es una fiesta que se celebra en forma inusitada, y naturalmente los estudiantes nos poníamos las botas con tanta muchacha que venía de fuera, entre las que llegaron se encontraba una chamaca llamada Beatriz Ruiz, era muy bella, de pelo blondo que caía sobre sus hombros como una casada de oro, sus ojos azules eran un par de estrellas en sus mejillas ligeramente sonrosadas y su cuerpo… en fin, que para mí era una divinidad.

Circunstancialmente la conocí y simpatizamos a primera vista. Sus padres, oriundos de San Felipe, iban a establecerse en la capital en busca de un mejor ambiente; les caí bien y me dejaban pasear por todos lados con ella, también hay que hacer notar que era dos años mayor que yo, es decir diecisiete, lo cual le daba cierta superioridad sobre mi en cuestiones de amor. Yo le abrí mi corazón sin malicia, le conté mis descalabros con la primera novia que tuve y ella me consoló dándome de paso muchos consejos.

Le declaré mi amor al que ella correspondió al instante sin hipocresías, era muy amable conmigo y casi puede decirse que me trataba de una manera maternal, pues me daba consejos en contra de las mujeres coquetas y me guiaba por el camino del bien, nada más que en eso sí no le obedecía pues del colegio ni siquiera me acordaba.

La enseñé a nadar, a tirar piedras con la honda, a comer tunas sin quitarlas del nopal, en fin, otras tantas inocentadas de las que se me ocurrían durante nuestros largos paseos por los cerros. Ella desde luego, debió haber comprendido que yo era una inocente criatura al lado de ella, pero no por eso me despreciaba como una cosa inútil y de ningún provenir, sino todo lo contrario, a pesar de tener muchos pretendientes con un futuro regular, nunca les hizo caso, quizá por el aprecio, o cuando menos por un poco de amor hacia mí.

         No encuentro la manera de como explicar su forma de quererme, si hubiera sido por distracción, me hubiera despachado a la primera oportunidad de un partido mejor, pero no, ella tenía preferencia por mí y con eso me bastaba, aunque no me hubiera querido nunca.

         A su padre no le asentó pecuniariamente Guanajuato y hablaba de retirarse nuevamente a su tierra natal, pero ella no dejó de translucir esta idea aunque yo ya me la esperaba y así sucedió porque un día que fui a buscarla ya se habían ido… me entristecí de corazón, no me dolió su ausencia ni la manera de despedirse, pues comprendía claramente que de seguir nuestras relaciones ella era la que perdía su tiempo, que para su juventud y belleza eran adorables.
Me conformé al fin y escribí el segundo verso de mi vida:

A Beatriz.
            Qué fue de aquel amor, Beatriz de mi alma
Qué fue de las promesas que me hiciste
Por qué rompiste de mi amor la calma
Y sin decirme adiós, por qué te fuiste…
Tu amor era la dicha de mi vida,
Fue canto de pasión de los conciertos;
Y aun lloro la esperanza ya perdida,
Como lloran las almas a sus muertos…
Cuando sepas, que mi amor aún no ha muerto
Y mires en los versos mis congojas;
Recuerda siempre que allá en mi huerto,
Está mi tumba con marchitas rosas…
¡Visítala, mi amor, que está muy triste!
Que con solo una lágrima que viertas,
Sobre la tumba que en tu ausencia hiciste,
Las rosas quedarán por siempre abiertas…

Severino. Mayo 6 de 1914.

Y en realidad no volví a saber de ella nada, ni siquiera si estaba en su tierra, su amor dejó una huella muy honda en mi corazón; pero también dejó un recuerdo imperecedero en mi alma, le vivo y le viviré reconocido por lo bien que se portó conmigo y que, si las circunstancias no permitieron que nuestro amorío se prolongara, solo Dios sabe porqué y solo él guía nuestros pasos por el sendero que nos corresponde.

Por eso, tus consejos han sido la guía de mi alma.

miércoles, 6 de febrero de 2019

2. Los primeros pasos de la vida siempre son en falso

Guanajuato. Septiembre de 1913

Cuando frisaba los catorce años de mi vida, me enamoré perdidamente de una chamaca dos años mayor que yo, y por lo tanto para mi parecer, con más experiencia y mundo, porque para un hombre de mi edad, la experiencia es de un niño y para los dieciséis de ella la experiencia es casi madura porque ya se es, lo que coloquialmente llaman una mujercita.

La conocía desde hacía tiempo porque seguíamos el mismo camino de la escuela, pero nunca me había llamado la atención, hasta que uno de mis amigos me hizo notar sus miraditas capciosas y coquetas, y me animaron a que le declarase mi amor. Era tan novato en estas lides, que el día en que me le acerqué no encontraba palabras para decirle que la amaba y que quería que me correspondiera. Ella más sagaz dijo que, podría recibirme la carta, que para el caso llevaba prevenida ─pues así se usaba en esos tiempos─, tendría la respuesta en la tarde misma de mi declaración.

Señorita:

Desde el feliz momento en que tuve la dicha de verla, no sé qué le pasó a mi corazón que deseaba con ansia verla a la vez que lo temía. Pero ahora ya convencido de que el amor que por Ud. siento no me ha sido posible dilatar más esta declaración, que lleva todo el amor y todo el calor de esta alma enamorada. 

¿Lucirá para mi el sol que ambiciono? Así lo espera vuestro más apasionado adorador. Severino.

Esta carta era el formato con que todos los compañeros de pandilla nos declaramos a infinidad de chamacas, era “la de la suerte” y producto fecundo de mi entonces numen amoroso. 

La contestación de ella decía así:

Señor:

Enterada de su amable cartita, quedo satisfecha de que su amor para mi es verdadero y no como otros que nada más se acostumbran a burlarse de las mujeres.

Sepa que queda Ud. correspondido.

Suya. María Gutiérrez Márquez.

Con esta contestación me quedé atontado, era la primera vez que yo me encontraba envuelto en esta clase de líos, a tal grado que cada que la veía no encontraba palabras y ella con más soltura, me las sacaba con tirabuzón.

Así duramos algunos meses. Por estar pensando en ella y acompañarla a todas partes perdía lamentablemente el tiempo que correspondía a mis estudios, a tal grado que perdí el año redondamente. 

Con el año perdido principiaron mis desengaños y mis amarguras; en mi casa me castigaron no comprándome nada, ni dándome permiso para salir. Cuando se abrieron los cursos, me inscribí gustoso con el afán de salir a la calle, naturalmente que lo primero que hice fue buscar a mi novia para ver qué decía de mí, pero no fue nada agradable pues yo era poco para ella, una mujer hecha y derecha, casadera y con derecho a un porvenir el cual no podía esperar de mi nada, que no tenía oficio ni beneficio.

Su pecado consistió en seguir alimentando mi amor que día con día era más grande, al grado que sus deseos eran para mí leyes que obedecía al pie de la letra. Entre las prohibiciones había una que me desesperaba, y era la de que por su casa jamás pasara si no quería tener un disgusto con su padre. 

Una vez y siempre en detrimento de mis clases me di a espiarla en su casa y… ¡qué grande fue mi desilusión! La vi platicando con un hombre en la puerta de su casa. Los pocos años no me daban un valor suficiente para enfrentarme ante aquel problema tan grande. Para darme valor compré unos cigarros, aunque no sabía fumar prendí uno y me acerqué muy valiente hasta donde estaba mi rival. Tan entretenidos estaban que no se dieron cuenta de mi llegada, la cual fue una sorpresa para ella y una cosa extraña para él. Con corrección me dirigí y la dije: 

─María, por lo que he visto, me hace comprender que nuestras relaciones han terminado, me conformo, y con permiso del señor me haces el favor de retornarme mis cosas, que yo con gusto te devolveré las tuya. ─Que a la sazón llevaba siempre conmigo─. 

─¿Y qué es lo que tiene que arreglar con la señorita, jovencito?─ dijo el hombre. 

─Hágame el favor de que sea ella la que le dé las explicaciones, para que así en esa forma no pasen de allí las cosas. 

─!Con que bravatas ¿no, jovencito?! ¡Pues sépase que la señorita es mi novia y no permito que nadie y menos un mocoso como usted la moleste! ─Eso de mocoso me encendió el alma. Yo me sentía un hombre y sin decirle agua va le arrié el primer manazo ─mi estatura era de un hombre alto, aunque mi cara no lo fuera─, y tras de ese otro y otro, porque quien pega primero pega dos veces. Él sacó un puñal y yo una pistola vieja de mi abuelo que debió ser del tiempo de Maximiliano, me tiró una puñalada y yo tuve el buen tino de asestarle un pistolazo en la cabeza y al mismo momento se me iba un tiro, ─no supe si por el golpe o porque sin querer le hubiese jalado el gatillo─. Por la sangre que brotó de su sien creyó que era por el tiro y no por el golpe y se dio a correr antes de que yo le siguiera disparando. Volví en sí y dándome cuenta del peligro en que me encontraba me di a la fuga quebrando callejones hasta llegar a mi casa de la que no salí hasta pasada una semana bajo el pretexto de estar enfermo.

Cuando supe por mis amigos que la herida causada a mi rival no era más que una simple descalabradura me alivié de mi mal y salí a la calle orondo como pavo y sintiéndome más hombre de lo que era en ese tiempo.

Por si las dudas, no dejaba de cargar la enorme pistola de mi abuelo que era la que me haría respetar en un caso ofrecido, pero afortunadamente mi rival ya me temía a pesar de que él era un hombre hecho. Supe también que María la de mis sueños había terminado con él, o más bien yo creo, mi rival la había cortado.

María había sufrido una transformación completa, mis amigos me admiraban por la hombría con que yo me había portado, todo eso me envaneció un poco y todos alegaban que volviese con ella casi como despojo opimo del vencedor. Había un pero muy grande y era mi amor propio mancillado y a pesar de que yo quería a María más que antes me abstuve aun de mirarla, hasta que materialmente la olvidé. 

Ella en su atolondramiento me carteaba a cada instante y yo displicente rompía las misivas en su propia cara y sin leerlas. Estaba decidido a abandonarla y lo conseguí a costa de un sufrimiento interior que supe ocultar delante de mis amigos que aún más llegaron a admirarme. Después de esta hazaña, yo era el jefe de la pandilla y lo seguí siendo hasta que abandoné mi querido terruño.

Mi orgullo exterior contrastaba con el romanticismo de que estaba llena mi alma, pues ya me gustaba versificar, al grado que mi inclinación por las letras me hizo estudiar la literatura que mi hermana mayor cursaba en su escuela. A los doce años me sabía ese primer libro de literatura y otros más; ya leía libros de respeto como eran los de Víctor Hugo y los de Alejandro Dumas que daban como regalos los periódicos del momento. 

Ese fue un triunfo más sobre mis compañeros y me transformé en un nuevo “secretario de los amantes” para mis amigos, pues yo era el encargado de escribir las cartas para las muchachas y de contestar las de ellas, y a veces tanto a ellas como a ellos les redactaba sus misivas y hasta acrósticos les hacía mediante un dinero que yo aceptaba con gusto, ya que en mi casa y en castigo a mi vagancia no se me daba ni un centavo.

Entre la literatura, las muchachas, el béisbol y la natación perdí miserablemente otro año del colegio; mi madre sufría porque hacía de padre también por la ausencia de éste que a su vez no se daba cuenta de nada, más que por lo que mi madre le decía y eso era bien poco. Se conformaba con castigarme pecuniariamente. Por fortuna en el vestir fui siempre conforme, nunca ambicioné lo que no podía conseguir y naturalmente no les iba a exigir a mis padres, puesto que no cumplía con mis obligaciones que eran las de estudiar.

Muchos de los versos que yo hice en aquel tiempo eran unas especies de sátiras y el primer verso serio se lo dediqué naturalmente a María:

María

Nunca esperes que a tus plantas yo me humille

Ni que ruegue a tu amor que es muy tirano,

Que si dejo a mi estrella que no brille

Yo no hundo mi honor en un pantano…

Tú quieres que yo sea como un mendigo,

Que te ruegue, que me hinque, que te diga;

Que me ames, que me aprecies y yo digo:

¡jamás me bajaré ante esa intriga!

Mas si sabes muy bien que yo te quiero,

No intentes humillarme porque adoro,

Pues antes que tu amir mi honor prefiero.

No creas que pida amor con triste lloro

Pues prefiero morir, mas yo no quiero

De ese, tu vil amor…! Ser pordiosero.

Severino. Febrero de 1914

       Fue mi primer verso, lo quiero mucho, adolece de muchos defectos, pero así me salió espontáneamente el día en que el dolor y la amargura de no ser amado me dieron el primer desengaño.

        Y ella… se perdió en la vorágine del tiempo y fue así como aprendí que los primeros pasos de la vida siempre son en falso.