domingo, 24 de febrero de 2019

6. Fuiste buena conmigo... pero mala con los demás.

Guanajuato. Enero 25 de 1915.

La contrapresa del venado es un barrio muy pintoresco y más aun porque yo nací en él. Se encuentra rodeado al norte por el callejón de Pajaritos y el del León de Bronce. Al sur por el de Casualidad y el de Paula la Galla. Pero para lo que me voy a referir basta con la prolongación del barrio en que nací porque allí nació también la mujer de mis recuerdos.

Su padre, un anciano muy respetable, decían que era un maestro de obras retirado y que en una de ellas había encontrado un “entierrito” y que por eso ya no trabajaba. Quería a su hija de tal manera que nunca salía sola, ni siquiera a la escuela porque tuvo profesores particulares que en su casa le enseñaron todo, principalmente el piano, el que tocaba con verdadero gusto.

Era mayor que yo en edad y recuerdo que la veía pasar todos los días acompañada de su padre y ni una mirada dirigía a los traviesos muchachos que me acompañaban. Crecimos... en 1915 yo tenía dieciséis años y ella dieciocho, nunca había tenido novio y nadie se atrevía por miedo al viejo que la cuidada como el más preciado tesoro.

Yo ya era muy malilla, me propuse enamorarla y lo conseguí gracias a una congregación de la cual era yo el jefe: “los cuatro magos de la rosa cruz”, que así le llamábamos, porque éramos los socios fundadores y los más aprovechados. Nuestros segundos, eran “los diez hombres negros”, los que aún tenían algo de las regalías que obteníamos y los terceros eran “los discípulos”, los que no tenían más que obedecer, aunque también tenían derecho a todas las prerrogativas de la sociedad menos las de dinero.

Por medio de una de las asociadas, que como mujer que era, sí tenía acceso a la casa del suegro futuro, y se encargó de decirle que yo me interesaba por ella y de que estaba perdidamente enamorado; las noticias no me fueron adversas pues supe que yo le caía bien y se interesaba por buscar la manera de que nos viéramos solos.

Ángeles era una morena de las más lindas que existen, morena apiñonada, ojos grandes y negrísimos, un cuerpo escultural, una boquita pequeña en arco de cupido, una cabellera negrísima que a raudales le caía casi hasta el sueño, era su mayor orgullo… eso era en lo físico que en lo moral y en la forma en que se había educado era un modelo de mujer que lo sabía hacer todo, todo… una mujer ideal para formar un hogar, lástima que se hubiera enamorado de mí que no tenía un futuro cercano ni lejano.

Chucha Márquez, de las asociadas fue la encargada de invitarla a su casa a una fiesta de puras mujeres y allí principió nuestro idilio, pero debido a las dificultades en las invitaciones y la frecuencia de éstas, obligó al desconfiado papá a suprimírselas por completo, entonces opté por alquilar la casa adjunta a la de ella y allí fue lo bueno porque nos veíamos a nuestras anchas; pero no faltó un “yo lo vi” que se lo contara a su papá y por primera vez en su vida se cambió al callejón del Calvario, a una casa que fue un calvario para mí, porque tenía que platicar reja de por medio y cuando terminaba tenía los cachetes más fríos que un muerto.

Una noche en que ladinamente nos estábamos besando y estábamos tan embelesados en ese placer que no nos dimos cuenta de que alguien subía por el callejón hasta que no sentí un estacazo en la espalda, no me di cuenta de que era el odiado suegro el que me había sorprendido, corrí como un gamo y una vez repuesto del susto juré vengarme y así lo hice. Al fin que con tantas dificultades no me importaba perder a mi Angelita, además que yo no la quería.

Reuní a los cuatro magos de la rosa cruz, a los diez hombres negros y a todos los discípulos, les planteé el caso. Unos propusieron una paliza al viejo, pero en eso sí me opuse pues estaba muy anciano y podía suceder un desaguisado, pero alguien sugirió el mal menor, romperle todos los vidrios de su casa y así se hizo: “Chartago delenda est”.

Por la noche y a la hora en que me tocaba platicar con ella comenzó la pedriza que dio al traste con toda la vidriería y como cien macetas que tenía en el corredor de su casa y no volví a verla hasta el día de mi partida para Pachuca… lloró y con las lágrimas en los ojos me suplicó que esperara bajo su balcón para oír en el piano la despedida romántica que me brindaba… tocó “cuando escuches este vals”, no lo he olvidado nunca pero tampoco esperé a que lo terminara y… no volví a verla.

Muchos años más tarde y cuando yo ya ni siquiera tenía idea de como era, se presentó en mi consultorio una señora muy bella, morena de pelo ondulado y corto.

─Doctor, yo no vengo a consulta, vengo a informarme de una casita que es de su propiedad y por la cual me intereso.

─Pues señora, llegó usted tarde porque ya está dada.

─Qué lástima… y doctor, ¿no se acuerda usted de mí?

─No señora, y me perdona lo mal fisonomista…

─¿Se acuerda del barrio de la contrapresa del venado en Guanajuato?

─Cómo no, si allí nací.

─Pues allí nací yo también, soy Ángeles Torres…

─¡Ah, pues sí!, ¡como no me voy a recordar de ti!.─ Le di un abrazo─ Y me dispensas que me tome este atrevimiento, pues me figuro que ya estás casada como yo también, pero el gusto de ver a una Guanajua, pero más que eso, somos del mismo barrio y amigos desde la infancia ¡cuántos recuerdos! ¿verdad? Todavía siento tristeza de ver que tu linda cabellera la hayas perdido a fuerza pues cuando yo volví a la tierra me encontré con la mala nueva de que tenías tifo y tuve que conformarme con tu recuerdo y ahora cuando menos lo esperaba te encuentro en ésta… sana y bella como siempre.

─Bromista como siempre, eres el mismo, no te alivias. Cómo voy a creerte si ni siquiera pudiste reconocerme y yo desde la primera vez que te vi te conocí y eso hace un año, como ves mi memoria me es más fiel. Vivo en Pachuquilla con mis padres ya muy ancianos, allí tengo un negocio y es el que me saca de apuros porque mi marido es una calabaza que no ata ni desata, ya me separé de él… te invito el domingo a comer.

─Allí estaré, adiós…

Fue un idilio, dulce, apacible, pero efectivo y puro… un año duró, se le murieron sus padres, se sintió sola, vendió el negocio y ni más he vuelto a tener noticias de ella. No me quedó más que el dulzor de su cuerpo capitoso…

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