domingo, 10 de febrero de 2019

4. La mujer nació para la felicidad del hombre y solo le trajo la desgracia

Guanajuato. Enero de 1915

Principiaba el año de 1915 y en una de las serenatas pueblerinas conocí a la hermosa mujer de mi aventura: era blanca, de una blancura fascinadora, era rubia, de un rubio encantador, las esmeraldas de sus ojos adormidos tenían un mirar lánguido, monjil, beatífico, de estatura baja y eso la hacía semejar a una muñeca de porcelana, su conjunto en general era bello. Se llamaba Ana.

Será posible, me decía, que tan bella muchacha no me hubiera llamado la atención desde antes ¿qué será posible que no la hubiera distinguido entre las demás? Porque es inconfundible, su belleza llamaba a leguas la atención.

Según costumbre, principiaron las miraditas, los galanteos y la consabida gardenia; con eso quedaba cerrado el pacto de una cita para el día siguiente o cuando menos había esperanzas de ser correspondido en mis amores; y así pasó, al día siguiente la esperé a la salida de la escuela y como si fuera de mucho tiempo conocida quedamos de vernos en su casa a las siete de la noche…

El Hotel de la Galarza es un caserón de apartamentos, porque no es hotel y no sé de una manera fija porqué se le dice así. Ella vivía en el tercer piso y la cita era en el descanso de la escalera del segundo, lugar ideal escogido por ella para estar a solas y ocultos a las miradas impertinentes.

Todos estos actos los fui catalogando en mi mente y me fui dando cuenta en lontananza que la virginal criatura era más bien una infernal diablesa; pero era muy linda y esa belleza me hizo olvidar esos defectillos para no pensar más que en el goce del momento.

Primero me di cuenta de una impertinencia cometida por ella o más bien maldad porque no puede llamarse de otra manera, pues estábamos platicando y besándonos a Dios dar, que no nos dimos cuenta de un señor que bajaba las escaleras, yo me separé de ella, pero me atrajo nuevamente y me besó más, no te apures es mi papá y no nos ve porque está completamente ciego; esa burla me dolió, pues yo siempre he tenido respeto por los inválidos de la vista y más o menos me iba dando cuenta de la mujer con quien había trabado relaciones amorosas, ese día bajo el pretexto de un dolor de cabeza me despedí.

Nuestras relaciones fueron deslizándose, casi puede decir, sin contratiempos, aunque de todas maneras yo vivía prevenido, pues su apariencia beatífica no era más que un disfraz de su alma corrompida.

Yo la quería, pero de una manera moderada, su carne y belleza me tenían engreído, pero no enamorado, bien sabía que en cualquier momento podía burlarse de mí, y por eso no le dispensaba ni un átomo de confianza y para contrarrestar al amor que pudiera despertar en demasía cortejé a otras dos mujeres, casi tan bonitas como ella.

Por esos días nuestras armas revolucionarias hicieron irrupción en Guanajuato con la alarma consiguiente, pasado el susto de los primeros días volvió a normalizarse la tranquilidad y podía uno transitar a todas horas por las calles sin molestia, cual ninguna solo yo principié a notar algo anormal en mi Anita y procuré espiarla, pero sin resultado alguno.

Salieron esos revolucionarios y entraron otros y otra vez la misma inquietud de mi novia, nada más que ahora sí fue de verdad, pues un día que me despedía de Ana, un mílite me paró en la puerta y con toda la altanería pelada de esa gente me dijo:

─Oiga amigo, ¿qué le trae por aquí?

─¿Por qué? ─respondí.

─Porque quiero saberlo, pues yo también aquí tengo mi novia.

─Pues, amigo, hay tanta gente aquí que no nos vamos a hacer bolas.

─Nada de bolas, amiguito, ni de burlarse porque le puede costar el pellejo. ─Yo era muy joven pero también tenía pundonor y le dije:

─Pues mire usted ya que de serio se trata, no estoy dispuesto a que nadie me interrogue y menos usted, ¿sabe?

─Soy el jefe del regimiento de dinamiteros de Villa y traigo seis hombres para hacerme respetar ─alardeó.

─Pues muy valiente que es usted, y ya que solo no se puede dar abasto se hace acompañar de gente para que lo cuide.

─Mire jovencito, más vale que nos arreglemos por la buena, ¿cuál de las tres hermanas es su novia?

─La más chica ─le respondí intrigado.

─Pues sépase que es mi novia y que no estoy dispuesto a que un jovencito como usted me la birle y ya lo sabe, que ni siquiera quiero verlo por esta calle porque me lo trueno.

─Mire usted, así de joven como me ve, también tengo los calzones en mi lugar y no estoy dispuesto a recibir órdenes de nadie y menos de usted; me devolví con ganas de matar a mi novia, pero ya no quiso salir. Me fui para mi casa con toda la rabia consiguiente, jurando por mi madre que eso tendría sus consecuencias, nada más que mi venganza la preparaba en contra del odiado mílite y no pensaba en ella que era la causa de todo.

Todos los días buscaba a mi odiado rival, lo odiaba porque me ofendió en la hombría, no porque me pudiera el amor de ella. Supe como se llamaba y qué grado tenía. Por esos días regresaron los carrancistas y éste, según costumbres de muchos vividores, desertaba de un bando para darse de alta en otro y de esa manera iba ganando los grados.

Volvieron los villistas y éste se escondió, pero la jugarreta ya no le surtió porque el coronel jefe de las fuerzas era un ogro y estaba fusilando hasta por gusto y eso lo obligó a ocultarse por tiempo indefinido.

Las relaciones con mi Ana se enfriaron al grado de que casi terminamos, ya no iba por las noches y a pesar de que si estaba a la salida de la escuela, me hacía el disimulado para no hablarle, era tan veleidosa que la creía capaz de buscarme otros trastornos, por eso y por mis otras novias, la dejé…

Un día en que nuestra pandilla o palomilla, como nos decía “el güero” portero del colegio, estábamos en el Jardín del Cantador, vimos a mi odiado rival sentado en una banca, mis compañeros principiaron a chulearme y me comprometieron a que fuera a maltratarlo y así lo hice, con tan buena suerte que ni siquiera las manos metió; pero días después me di cuenta de que ya era otra vez villista lo cual me obligó a ponerme alerta.

Ya me había vengado de él, ahora le tocaba a ella. Como si nada hubiera pasado me presenté en su casa y como siempre a gozar de la vida y con la esperanza de que el capitancito de marras se presentara a reclamarme y más valió que la suerte me protegiera porque nunca se dio el caso de otro frente a frente.

La locura de mi juventud me llevó, y mal aconsejado por los amigos, a que me diera de alta con los carrancistas que estaban próximos a tomar Guanajuato; en mis elucubraciones mentales encontré el modo de vengarme en esa aventura y de los dos, porque al darme de alta obligaría a mi novia a que se fuera conmigo y después la abandonaría por esos mundos de Dios y a él lo buscaría para fusilarlo, así como lo pensé lo ejecuté: La noche en que entramos a Guanajuato lo primero que hice fue buscar a mi odiado rival para fusilarlo y la suerte lo salvó, pues mis compañeros y yo lo buscamos por todas partes y se volvió ojo de hormiga y a mi novia después de haberla sacado de su casa el General me prohibió terminantemente que llevara mujeres pues la caminata era a pie y llena de peligros; no tuve más remedio que volver a mi novia a su casa con el correspondiente desprestigio y todo terminó…

Me sumí en la vorágine revolucionaria hasta que la suerte quiso que recapacitara y con el permiso del General Serrano nos dieron de baja a seis compañeros y a mi que “ya no queríamos queso sino salir de la ratonera” como decía el general.

Por ese tiempo mi padre, que vivía en Pachuca, mandó por nosotros y hasta con gusto salí de esa mi querida tierra en donde tan miserablemente había perdido el tiempo en detrimento de mi futuro y del bolsillo de mi padre. Yo no era mala cabeza, ni tonto, pero las amistades con dinero y las muchachas, pero más bien mi poca experiencia y mi ninguna voluntad por el estudio me hicieron caducar.

Ya la vida en mi tierra era imposible, pues con el solo hecho de haber sido revolucionario se me veía como cosa extraña, eso en la calle porque en el colegio la raspa era la que me traía loco pues ya no solo los muchachos me chuleaban con lo de “mi general” sino hasta los maestros me generealaban de una manera mordaz y más aún como sabían lo de la aventura de mi novia más me cargaban la mano.

Con gusto en el alma me fui a despedir de todas mis novias, pero principalmente de mi Ana, que al saber que yo me ausentaba para siempre tuvo un desmayo como cosa obligada en estos casos, porque a lo único que dio lugar fue a que yo la hiciera mía bajo el pretexto de su inconciencia falsa, porque durante la copulación dio trazas de estar en su más completo sentido. Nos hicimos promesas para el futuro y con la condición de que volvería por ella para casarnos ¡Qué ilusos! ¿cuál era el futuro de que yo disponía? ¿cuáles eran las posibilidades pecuniarias para hacerle frente a una vida honorable? ¡futilezas! Yo estoy seguro de que ella en sus adentros nunca pensó serme fiel y mucho menos esperarme un tiempo indefinido, ella en su carácter era incapaz de serle fiel ni a su padre porque su coquetería la arrastraba con fuerza inaudita hacia la perdición no solo de su persona sino de cuantos la rodeaban. Yo desde luego sabía muy bien que las promesas hechas eran palabras escritas sobre la arena del mar, pues no tenía forjado ningún porvenir.

Al salir de mi tierra, siempre sentí un gran dolor, no por dejar a mis amores sino por dejar ese Guanajuato tan querido que me vio nacer ya sin la esperanza de tornar al suelo de mis padres.

Un año había transcurrido y la ansiedad por volver al terruño era a tal grado que cuanto centavo caía en mis manos era el mismo que guardaba para el viaje, pero no era el deseo de ver a mi novia, no, era la nostalgia del terruño. Cuantas dificultades se me presentaron fueron vencidas y un buen día me encontré de viaje con la compañía de uno de los de mi pandilla que se había venido a trabajar a las minas de Pachuca recomendado por mí y apoyado por mi padre.

Cuando llegué a mi querida tierra me sentía tan grande que me parecía no caber en ningún lugar. Me encaminé a visitar a mi padrino y pariente, comí con él y después a pasear. A las siete de la noche fui a ver a Ana, le silbé y como de costumbre ella apareció radiante de belleza y alegría, nos besamos y volvió a ser mía; el rato había sido a satisfacción de ambos y ya nos despedíamos cuando se presentó de improviso un antiguo compañero mío. Me llamó aparte y después de aclarar correctamente la situación resultó novio oficial de ella. Por mi parte, le decía: no te preocupes yo salgo de hoy a mañana y jamás volveré, te dejo el campo libre y no ha menester un escándalo, sigue con ella si así te lo dicta tu corazón y más aún si la quieres yo no seré nunca un estorbo, nos vemos…

Dos días me estuve en mi querida tierra después de los cuales torné a Pachuca ya con más resignación y hasta con gusto, ya la nostalgia fue menos y la costumbre vino a sentar sus anchas en mi corazón.

Mucho tiempo después supe que se había casado con mi amigo y que al poco él se suicidaba por no poder resistir los devaneos de Ana y que después tuvo otro y otros hombres de los cuales tuvo un hijo de cada uno, casi un museo; que bien le vaya, yo por mi parte la olvidé desde el primer día en que dejé Guanajuato… fue el primer amor carnal…tenía yo dieciséis años...

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