miércoles, 6 de febrero de 2019

2. Los primeros pasos de la vida siempre son en falso

Guanajuato. Septiembre de 1913

Cuando frisaba los catorce años de mi vida, me enamoré perdidamente de una chamaca dos años mayor que yo, y por lo tanto para mi parecer, con más experiencia y mundo, porque para un hombre de mi edad, la experiencia es de un niño y para los dieciséis de ella la experiencia es casi madura porque ya se es, lo que coloquialmente llaman una mujercita.

La conocía desde hacía tiempo porque seguíamos el mismo camino de la escuela, pero nunca me había llamado la atención, hasta que uno de mis amigos me hizo notar sus miraditas capciosas y coquetas, y me animaron a que le declarase mi amor. Era tan novato en estas lides, que el día en que me le acerqué no encontraba palabras para decirle que la amaba y que quería que me correspondiera. Ella más sagaz dijo que, podría recibirme la carta, que para el caso llevaba prevenida ─pues así se usaba en esos tiempos─, tendría la respuesta en la tarde misma de mi declaración.

Señorita:

Desde el feliz momento en que tuve la dicha de verla, no sé qué le pasó a mi corazón que deseaba con ansia verla a la vez que lo temía. Pero ahora ya convencido de que el amor que por Ud. siento no me ha sido posible dilatar más esta declaración, que lleva todo el amor y todo el calor de esta alma enamorada. 

¿Lucirá para mi el sol que ambiciono? Así lo espera vuestro más apasionado adorador. Severino.

Esta carta era el formato con que todos los compañeros de pandilla nos declaramos a infinidad de chamacas, era “la de la suerte” y producto fecundo de mi entonces numen amoroso. 

La contestación de ella decía así:

Señor:

Enterada de su amable cartita, quedo satisfecha de que su amor para mi es verdadero y no como otros que nada más se acostumbran a burlarse de las mujeres.

Sepa que queda Ud. correspondido.

Suya. María Gutiérrez Márquez.

Con esta contestación me quedé atontado, era la primera vez que yo me encontraba envuelto en esta clase de líos, a tal grado que cada que la veía no encontraba palabras y ella con más soltura, me las sacaba con tirabuzón.

Así duramos algunos meses. Por estar pensando en ella y acompañarla a todas partes perdía lamentablemente el tiempo que correspondía a mis estudios, a tal grado que perdí el año redondamente. 

Con el año perdido principiaron mis desengaños y mis amarguras; en mi casa me castigaron no comprándome nada, ni dándome permiso para salir. Cuando se abrieron los cursos, me inscribí gustoso con el afán de salir a la calle, naturalmente que lo primero que hice fue buscar a mi novia para ver qué decía de mí, pero no fue nada agradable pues yo era poco para ella, una mujer hecha y derecha, casadera y con derecho a un porvenir el cual no podía esperar de mi nada, que no tenía oficio ni beneficio.

Su pecado consistió en seguir alimentando mi amor que día con día era más grande, al grado que sus deseos eran para mí leyes que obedecía al pie de la letra. Entre las prohibiciones había una que me desesperaba, y era la de que por su casa jamás pasara si no quería tener un disgusto con su padre. 

Una vez y siempre en detrimento de mis clases me di a espiarla en su casa y… ¡qué grande fue mi desilusión! La vi platicando con un hombre en la puerta de su casa. Los pocos años no me daban un valor suficiente para enfrentarme ante aquel problema tan grande. Para darme valor compré unos cigarros, aunque no sabía fumar prendí uno y me acerqué muy valiente hasta donde estaba mi rival. Tan entretenidos estaban que no se dieron cuenta de mi llegada, la cual fue una sorpresa para ella y una cosa extraña para él. Con corrección me dirigí y la dije: 

─María, por lo que he visto, me hace comprender que nuestras relaciones han terminado, me conformo, y con permiso del señor me haces el favor de retornarme mis cosas, que yo con gusto te devolveré las tuya. ─Que a la sazón llevaba siempre conmigo─. 

─¿Y qué es lo que tiene que arreglar con la señorita, jovencito?─ dijo el hombre. 

─Hágame el favor de que sea ella la que le dé las explicaciones, para que así en esa forma no pasen de allí las cosas. 

─!Con que bravatas ¿no, jovencito?! ¡Pues sépase que la señorita es mi novia y no permito que nadie y menos un mocoso como usted la moleste! ─Eso de mocoso me encendió el alma. Yo me sentía un hombre y sin decirle agua va le arrié el primer manazo ─mi estatura era de un hombre alto, aunque mi cara no lo fuera─, y tras de ese otro y otro, porque quien pega primero pega dos veces. Él sacó un puñal y yo una pistola vieja de mi abuelo que debió ser del tiempo de Maximiliano, me tiró una puñalada y yo tuve el buen tino de asestarle un pistolazo en la cabeza y al mismo momento se me iba un tiro, ─no supe si por el golpe o porque sin querer le hubiese jalado el gatillo─. Por la sangre que brotó de su sien creyó que era por el tiro y no por el golpe y se dio a correr antes de que yo le siguiera disparando. Volví en sí y dándome cuenta del peligro en que me encontraba me di a la fuga quebrando callejones hasta llegar a mi casa de la que no salí hasta pasada una semana bajo el pretexto de estar enfermo.

Cuando supe por mis amigos que la herida causada a mi rival no era más que una simple descalabradura me alivié de mi mal y salí a la calle orondo como pavo y sintiéndome más hombre de lo que era en ese tiempo.

Por si las dudas, no dejaba de cargar la enorme pistola de mi abuelo que era la que me haría respetar en un caso ofrecido, pero afortunadamente mi rival ya me temía a pesar de que él era un hombre hecho. Supe también que María la de mis sueños había terminado con él, o más bien yo creo, mi rival la había cortado.

María había sufrido una transformación completa, mis amigos me admiraban por la hombría con que yo me había portado, todo eso me envaneció un poco y todos alegaban que volviese con ella casi como despojo opimo del vencedor. Había un pero muy grande y era mi amor propio mancillado y a pesar de que yo quería a María más que antes me abstuve aun de mirarla, hasta que materialmente la olvidé. 

Ella en su atolondramiento me carteaba a cada instante y yo displicente rompía las misivas en su propia cara y sin leerlas. Estaba decidido a abandonarla y lo conseguí a costa de un sufrimiento interior que supe ocultar delante de mis amigos que aún más llegaron a admirarme. Después de esta hazaña, yo era el jefe de la pandilla y lo seguí siendo hasta que abandoné mi querido terruño.

Mi orgullo exterior contrastaba con el romanticismo de que estaba llena mi alma, pues ya me gustaba versificar, al grado que mi inclinación por las letras me hizo estudiar la literatura que mi hermana mayor cursaba en su escuela. A los doce años me sabía ese primer libro de literatura y otros más; ya leía libros de respeto como eran los de Víctor Hugo y los de Alejandro Dumas que daban como regalos los periódicos del momento. 

Ese fue un triunfo más sobre mis compañeros y me transformé en un nuevo “secretario de los amantes” para mis amigos, pues yo era el encargado de escribir las cartas para las muchachas y de contestar las de ellas, y a veces tanto a ellas como a ellos les redactaba sus misivas y hasta acrósticos les hacía mediante un dinero que yo aceptaba con gusto, ya que en mi casa y en castigo a mi vagancia no se me daba ni un centavo.

Entre la literatura, las muchachas, el béisbol y la natación perdí miserablemente otro año del colegio; mi madre sufría porque hacía de padre también por la ausencia de éste que a su vez no se daba cuenta de nada, más que por lo que mi madre le decía y eso era bien poco. Se conformaba con castigarme pecuniariamente. Por fortuna en el vestir fui siempre conforme, nunca ambicioné lo que no podía conseguir y naturalmente no les iba a exigir a mis padres, puesto que no cumplía con mis obligaciones que eran las de estudiar.

Muchos de los versos que yo hice en aquel tiempo eran unas especies de sátiras y el primer verso serio se lo dediqué naturalmente a María:

María

Nunca esperes que a tus plantas yo me humille

Ni que ruegue a tu amor que es muy tirano,

Que si dejo a mi estrella que no brille

Yo no hundo mi honor en un pantano…

Tú quieres que yo sea como un mendigo,

Que te ruegue, que me hinque, que te diga;

Que me ames, que me aprecies y yo digo:

¡jamás me bajaré ante esa intriga!

Mas si sabes muy bien que yo te quiero,

No intentes humillarme porque adoro,

Pues antes que tu amir mi honor prefiero.

No creas que pida amor con triste lloro

Pues prefiero morir, mas yo no quiero

De ese, tu vil amor…! Ser pordiosero.

Severino. Febrero de 1914

       Fue mi primer verso, lo quiero mucho, adolece de muchos defectos, pero así me salió espontáneamente el día en que el dolor y la amargura de no ser amado me dieron el primer desengaño.

        Y ella… se perdió en la vorágine del tiempo y fue así como aprendí que los primeros pasos de la vida siempre son en falso.

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