jueves, 28 de febrero de 2019

7. Tu loca juventud te llevó a la muerte

Guanajuato. Enero 27 de 1914.

Clementina Ulloa era una muchacha dos años más grande que yo, nos conocíamos desde chicos, jugábamos juntos entre toda la chiquillería, ella tenía desde entonces predilección por mí a pesar de que había muchos y mayores que yo.

Crecimos. Ella se hizo señorita y yo un mozalbete. Acostumbrábamos a ir a nadar a los baños de San Juan y ella algo impúdica se bañaba con nosotros en la presita también con Carmen Valtierra que nos acompañaba, de la misma edad que ella; muchacha muy agraciada pero demasiado coqueta por lo que Clementina la excluyó de nuestros paseos matutinos y los cambiamos por las presas verdes que estaban más solitarias y no había ojos vigilantes

Un día llegó llorando y me dijo:

─Fíjate que ya tengo un novio ¿no te enojas?

─¿Y yo por qué? ─respondí.

─Yo creía que te ibas a enojar pues a mí no me gustaría que tuvieras novia…

─Ni tengo ni quiero no te apures. ─Yo tenía trece años y si bien es cierto que era un malilla aún no pensaba en las novias.

Pasó el tiempo yo tenía catorce años me había estirado en estatura hasta 1.70 cm y ella dieciséis cumplidos. Un día me volvió a confesar que tenía un novio ahora sí en serio; era un ingeniero de sociedad, ricachón.

─¿No te enojas?

─No mujer porqué me había disgustar si tú no eres más que una amiga de infancia.

─Pero lo que sí te digo es que tú no te vayas a buscar novia porque, aunque no somos más que amigos a mí sí me da coraje que le gustes a otra mujer.

─Pues mira no te lo había dicho, pero ahora sí ya tengo una novia.

─¿Quién es?

─Después te lo digo.

─No Severino, ¡te exijo que me digas quién es para darle sus cachetadas!

─¿Pero por qué?

─Porque tú no debes querer a una mujer hasta que yo quiera. 

─Pero, como si tú tienes novio y yo no digo nada.

─Pues tú no, pero yo sí, así es que si te encuentro con ella no respondo de mí. De modo que cuídate y no me vuelvas a hablar.

¿Por qué me celaba? yo no sentía por ella más que el aprecio de la amistad ¿y si estaba enamorada de mí, por qué ella sí tenía novio? era muy voluntariosa y enérgica y estaba acostumbrada a que le obedecieran sin réplica y solamente a mí me respetaba y confesaba todas sus cuitas yo no estaba en edad para dar consejos, pero se los daba según mis alcances.

Dejamos de hablarnos hasta que un día llorando me confesó en un momento de ofuscación que se había entregado al ingeniero.

─¿Qué hago Severino?, ¿qué hago?

─No te sabría decir porque si él se va a casar pues cásate y ya…

─Pero lo que tú no sabes es que ya se fue de aquí para no volver en mucho tiempo…

─Pues mira aquí si no sé qué decirte.

    ─¿Y que no te da coraje con Carlos por haberme abandonado?

─No, porque tú tienes toda la culpa por liviana.

─¡Pero es que soy mujer y él me forzó!  

─Mira Clementina, por primera vez siento deseo de pegarte por estúpida, este arrepentimiento llega demasiado tarde, tuya es toda la culpa y no te hagas la inocente porque si tú te hubieras portado a la altura de tu honradez no estuvieras lamentándote, no sé cómo puedo ayudarte, pero si en algo puedo haré todo lo posible. ─La regañe como si fuera una mocosa y no volví a verla, pues su padre que veía que siempre andaba conmigo creía que yo era el causante de su desgracia, pero todo se aclaró y no volví a verla hasta que ya sabía hasta que ya había nacido el niño. Me mandó llamar para que lo viera, la felicité porque había salido bien del trance y nada más.

Tenía quince años y ella diecisiete, volvimos a reanudar nuestra amistad y un día por el mes de octubre me presentó a una amiguita que nos encontramos en la Plaza de la Paz; era una rubia de ojos azules de la misma edad que ella, más baja de estatura, muy blanca, era una preciosidad. Ella notó la impresión qué le había causado mi presencia a su amiga porque una vez que nos quedamos solos me dijo:

─Ya noté que le gustaste Jesús, ─o Chucha como le decía ella─, pero mucho cuidadito porque si sé que tú le haces el amor vamos a tener un serio disgusto.

─Pero oye Clementina según tú estoy condenado a no tener novia en todos los días de mi vida porque te has abrogado de un mando el cual yo no te he concedido.

─No lo sé, pero ya sabes el coraje que me da verte con otras mujeres que no sea yo.

─¿Pero con qué derecho?

─Con ninguno y no me preguntes más.

Por ese tiempo se hizo una fiestecita en honor a su hermano Fernando que había llegado de lejos y ahí estaba Chucha; qué linda estaba, le cargué el amor y ya casi me correspondía cuando se me presentó Clementina y se armó la de Dios es Cristo, me corrieron de su casa, lo que me cayó de perilla porque yo ya no hallaba qué hacer con ella, y lo que me daba libertad para hacer el amor libremente a Chucha que de paso ya me gustaba mucho, pues a pesar del escándalo y de que Clementina le había dicho muchas cosas, yo estaba seguro de que ella me quería porque así son las mujeres cuando se les mete en la cabeza.

Era primero de enero de 1915 lo celebramos con gran pompa. Ya Clementina me había acaparado nuevamente, ya he dicho que yo no la quería, que la apreciaba como amiga de la infancia pero nada más, mas ella se empeñaba siempre en mandarme y para mayor desgracia la de ella, su mamá que era una mujer bella aún quizá más bella que ella principio a insinuárseme y una vez nos encontró besándonos o más bien era la que me estaba besando, porque yo la respetaba, pero yo era un hombre y ya me estaba gustando el juego. Hubo su disgusto correspondiente y me llamó aparte y me dijo:

─Oye Severino por qué te portas así con mi madre, ¿que no pudiste evitar es que esto sucediera? y estoy seguro de que tú no tienes la culpa porque te conozco pero debías de haberte retirado porque mi madre se encuentra medio volada por el vino, tú a quien debes de querer es a mí y estoy dispuesto a darte y servirte de la manera que me quieras así es que de hoy en adelante no tendrás más novia que yo o más bien una amante que es más ¿lo entiendes?

─Pero Clementina razona bien lo que dices yo quiero ser tu amigo nada más.

─Te he dicho que no, y no discutamos más…

Lo dicho por ella se llevó a cabo y casi le temía pues era muy voluntariosa pero en fin, yo era joven y me sentí hasta hombre al tener una amante gratis que no digo me quería, sino que creo que me idolatraba pues me velaba el pensamiento y casi me lo adivinaba. Yo creo que ella de su cuenta me hubiera querido tener pegado a su cuerpo pues era muy celosa y solamente con el pretexto del estudio podía dejarla tranquila casi todo el día.

Pero llegó la Revolución y me fui con ella, con la Revolución no con Clementina, que de buena gana me hubiera acompañado y después de mi salida y después mi salida hacia Pachuca y solamente un «allá nos vemos pronto» que no le creí, fue la despedida. 

Yo la olvide muy pronto y creo que ella hizo lo mismo porque nunca nos escribimos, ni siquiera nos mandamos recuerdos con las personas que iban y venían de Pachuca a Guanajuato.

Llegada la Semana Santa del año 1916 volví a mi tierra en donde me encontré que ya se había casado y nada menos con un hombre que causaba terror en Guanajuato era un hombre de 1.90 y que tenía muy mala fama y además era pendenciero, mas tenía mucho dinero y eso le ayudaba en sus fechorías: Seguramente las malas condiciones en que las dejó su padre al abandonarlas la orillaron a este paso. Por vía de precaución no la fui a ver sino que en la calle me encontré a su hermano y como éramos muy buenos amigos se dedicó a pasear conmigo contándome a la vez el abandono de su padre y las de Caín que pasaban, él trabaja en la mina pero ganaba muy poco yo le recomendé que se trasladara a Pachuca, que mi padre le daría trabajo y que las compañías pagaban el tipo de cambio en el sueldo, yo le proporcionaría el pasaje y días de manutención mientras se establecía. Era mi amigo y lo que hice por él lo hubiera hecho cualquiera pues yo obré sin interés.

Me invitó a su casa y como no queriendo fui, ella me recibió con los brazos abiertos me preparó una merienda de rey, lo que disgustó a su marido pues dijo que ni los que pagaban comían mejor; era muy grosero y ella me recomendó que disimulara.

Al día siguiente me despedí para volver al seno de la familia, llevándome al Flaco, cómo le decíamos los amigos, y ella un «por allá nos vemos» y se acabó.

Habían pasado seis meses cuando Clementina se presentó en Pachuca en casa de una tía a donde me mandó llamar después de los abrazos y besos correspondientes me dijo «ya abandoné a mi marido y me vine a tu lado».

─¿A mi lado? ¿bromeas?

─No, no creas que vengo a vivir contigo, pues bien sé que no puedes mantenerme, pero yo buscaré la manera de que no te cause molestia cual ninguna.

─¿Pero en qué vas a trabajar si no sabes hacer nada?

─Ya verás…

Trabajó con un español el que después de un tiempo se enamoró perdidamente de ella y le prometió matrimonio. Ella me lo consultó a mí y no tuve en ambages en contestarle que estaba en libertad de hacer lo que le diera la gana sin consultarme.

Se casó, el español fue muy buen esposo con ella, pero principió a entristecerse sin causa justificada, su esposo creyó que era porque su madre no estaba aquí y se la mandó traer, pero nada, seguía de mal en peor. Un día le interrogué a instancias de su madre…

─¿Qué te pasa?

─Nada que tú no puedas comprender, estoy aburrida, solo cuando estoy a tu lado siento un poco de consuelo.

─Pero hay algo más en tu vida que no me quieres confesar, ya sabes que soy amigo de infancia y en lo que pueda te ayudaré a solucionar tus problemas.

─No Severino mío, de mi mal nadie se alivia, siento una tristeza, un hastío de la vida que hay veces que quiero quitármela… ¿es cierto que tienes una novia?

─Sí ¿Por qué?

─Pues procura por lo que más quieras que no te vea con ella, ya sabes que nunca me ha gustado que otra mujer te quiere más que yo, ya sé que no tengo derecho a celarte pero qué quieres… es una cosa que no puedo evitar, toda la vida te he celado desde que estábamos chicos ¿te acuerdas? es un egoísmo mío que nunca he podido quitarme de encima pues me parece que siempre te he querido no como amigo sino como amante. ¿De chicos te acuerdas cómo me peleaba con las demás chicas porque se te acercaban? teníamos de ocho a diez y ya ves cómo te quería así que perdóname mis inconsecuencias, si quieres no me hagas caso, pero si sábelo que siempre te he querido con el alma.

No supe qué contestar a su imprecación pues de sobra sabía que ella me quería y que por mí había hecho un sinnúmero de locuras. Lo que no me explico es su manera de pensar en el suicidio pues económicamente no le faltaba nada cariño, menos porque el esposo era bueno, a mí me tenía al alcance de su mano y su familia estaba a su lado.

No tardó mucho en su resolución y un día en que su neurastenia llegaba al máximo se tomó quince pastillas de bicloruro de mercurio y pasó a mejor vida, sin tiempo para decirle adiós, fue muy buena conmigo fuera de lo celosa que era no me causó más que satisfacciones y un susto pues una vez que estaba muy celosa me ofreció pan con cajeta y cianuro de mercurio, pero un amigo mío que había visto la maniobra me lo dijo y tiré el pan, fingí un dolor de estomago para salir de su casa y ella con lágrimas me rogaba que me quedase creyendo seguramente que me iba a morir, pero el día siguiente me vio sano y salvo y le conté lo que sabía, se enfureció y con unas tijeras me hirió en pleno corazón, mas como le detuve la mano no penetro más que un centímetro en cambio en mi mano izquierda aún conservo la cicatriz por la herida profunda que me causó al grado que estuve en peligro de perder la mano.

Se le enterró. Yo no asistí a su sepelio. No por desamor, sino porque nunca me han gustado los entierros. Se fue y que Dios la perdone sus pecados. Lo único que le dediqué sinceramente fue uno de mis versos:

En la muerte de C.

murió como una flor en manos frías,

murió pidiendo amor y más amor;

y en cambio a su dolor, flacas arpías

para siempre arrancaron su estertor.

S.

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