domingo, 10 de febrero de 2019

3. Tus consejos han sido la guía de mi alma

Guanajuato. Abril de 1914



Corría el mes de abril y en Guanajuato la Semana Santa es una fiesta que se celebra en forma inusitada, y naturalmente los estudiantes nos poníamos las botas con tanta muchacha que venía de fuera, entre las que llegaron se encontraba una chamaca llamada Beatriz Ruiz, era muy bella, de pelo blondo que caía sobre sus hombros como una casada de oro, sus ojos azules eran un par de estrellas en sus mejillas ligeramente sonrosadas y su cuerpo… en fin, que para mí era una divinidad.

Circunstancialmente la conocí y simpatizamos a primera vista. Sus padres, oriundos de San Felipe, iban a establecerse en la capital en busca de un mejor ambiente; les caí bien y me dejaban pasear por todos lados con ella, también hay que hacer notar que era dos años mayor que yo, es decir diecisiete, lo cual le daba cierta superioridad sobre mi en cuestiones de amor. Yo le abrí mi corazón sin malicia, le conté mis descalabros con la primera novia que tuve y ella me consoló dándome de paso muchos consejos.

Le declaré mi amor al que ella correspondió al instante sin hipocresías, era muy amable conmigo y casi puede decirse que me trataba de una manera maternal, pues me daba consejos en contra de las mujeres coquetas y me guiaba por el camino del bien, nada más que en eso sí no le obedecía pues del colegio ni siquiera me acordaba.

La enseñé a nadar, a tirar piedras con la honda, a comer tunas sin quitarlas del nopal, en fin, otras tantas inocentadas de las que se me ocurrían durante nuestros largos paseos por los cerros. Ella desde luego, debió haber comprendido que yo era una inocente criatura al lado de ella, pero no por eso me despreciaba como una cosa inútil y de ningún provenir, sino todo lo contrario, a pesar de tener muchos pretendientes con un futuro regular, nunca les hizo caso, quizá por el aprecio, o cuando menos por un poco de amor hacia mí.

         No encuentro la manera de como explicar su forma de quererme, si hubiera sido por distracción, me hubiera despachado a la primera oportunidad de un partido mejor, pero no, ella tenía preferencia por mí y con eso me bastaba, aunque no me hubiera querido nunca.

         A su padre no le asentó pecuniariamente Guanajuato y hablaba de retirarse nuevamente a su tierra natal, pero ella no dejó de translucir esta idea aunque yo ya me la esperaba y así sucedió porque un día que fui a buscarla ya se habían ido… me entristecí de corazón, no me dolió su ausencia ni la manera de despedirse, pues comprendía claramente que de seguir nuestras relaciones ella era la que perdía su tiempo, que para su juventud y belleza eran adorables.
Me conformé al fin y escribí el segundo verso de mi vida:

A Beatriz.
            Qué fue de aquel amor, Beatriz de mi alma
Qué fue de las promesas que me hiciste
Por qué rompiste de mi amor la calma
Y sin decirme adiós, por qué te fuiste…
Tu amor era la dicha de mi vida,
Fue canto de pasión de los conciertos;
Y aun lloro la esperanza ya perdida,
Como lloran las almas a sus muertos…
Cuando sepas, que mi amor aún no ha muerto
Y mires en los versos mis congojas;
Recuerda siempre que allá en mi huerto,
Está mi tumba con marchitas rosas…
¡Visítala, mi amor, que está muy triste!
Que con solo una lágrima que viertas,
Sobre la tumba que en tu ausencia hiciste,
Las rosas quedarán por siempre abiertas…

Severino. Mayo 6 de 1914.

Y en realidad no volví a saber de ella nada, ni siquiera si estaba en su tierra, su amor dejó una huella muy honda en mi corazón; pero también dejó un recuerdo imperecedero en mi alma, le vivo y le viviré reconocido por lo bien que se portó conmigo y que, si las circunstancias no permitieron que nuestro amorío se prolongara, solo Dios sabe porqué y solo él guía nuestros pasos por el sendero que nos corresponde.

Por eso, tus consejos han sido la guía de mi alma.

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