martes, 12 de marzo de 2019

11. El recuerdo de mi terruño


La casa de la Contrapresa del venado ya no era de nadie de nuestra familia y prácticamente estaba abandonada después de que mi papá nos mandó llevar a Pachuca. No había vuelto a Guanajuato hasta que ya estaba casado y con hijos quise enseñarles a mis hijos la casa donde nací y las calles donde mis compañeros de palomilla nos divertíamos haciendo de las nuestras.

Para alojarnos escogí el Mesón de San Antonio. Dos cuartos grandes eran suficientes para pasar una noche y luego continuar a San Juan de los Lagos pues mi esposa era devota de la virgen.

Los baños estaban en la parte de abajo mientras los huéspedes se quedaban en los pisos de arriba. Aquellos baños seguían siendo los mismos que usaban las casas céntricas, que para aprovechar el espacio se colocaba un tablón largo de madera sobre los ladrillos de adobe con agujeros de distintos tamaños para adultos o niños. Todas las excresencias caían hacia el río que pasaba por debajo de los balcones en voladizo. Dentro de los baños solía haber cubetas con agua para limpiar los espacios después de utilizarse. Me vinieron a la cabeza los recuerdos de lo malillas que éramos mis amigos y yo cuando nos colábamos por los huecos que dejaban las paredes de las haciendas hacia el cauce del río.

 Aquello en la época de lluvias era peligroso pues las crecidas aguas podían arrastrar a cualquiera, sin embargo, en una gran parte del año solían ser solo charcos sobre los lodazales y piedras. Mis amigos y yo nos impusimos el reto de ir a contar los lunares de las nalgas de las mujeres más bellas de Guanajuato. Cada uno de nosotros debía llevar un conteo y el que tuviera más lunares contados ganaba. ¡Qué ingenuos! En ese momento pensábamos que todas tendrían lunares que esconderían con recelo y solo de esta manera los mostraban a Dios. En una ocasión mi amigo Casimiro mientras contaba lunares debajo de las calles que quedaron tras la construcción del mercado y la Plaza de Gavira, un hombre se dio cuenta que observaban a su hija o esposa ─nunca supimos bien─. Sin darse cuenta le comenzaron a llover orines y lo hizo correr tan deprisa y asustado que al llegar a donde estábamos rompió en llanto. Nosotros le juramos que vengaríamos aquella afrenta y nos dedicamos a velar a aquel baño hasta que saliera el viejo a hacer sus necesidades. La suerte estuvo de nuestro lado y al día siguiente volvimos; no esperamos más de una hora cuando vimos que el trasero de un viejo se asomaba por el agujero. Nuestro plan fue ejecutado y comenzamos a tirar piedras con tan buen tino que al menos dos pegaron en el blanco. El hombre gritó de dolor y luego de coraje. Corrimos lo más que pudimos por la senda del río hasta salir cerca de la calle de Cantarranas donde trepamos cuales arañas sobre piedras y lodo. Nos sentíamos invencibles. Conocimos los secretos de las Ceballos, de las González, de las Martínez, las Fernández, etcétera. Familias de antaño desaparecieron después de la revolución.

Pregunté al viejo del mesón qué había sido de las familias vecinas de la zona: «se fueron a la capital y vendieron todo». No había rastro de nadie de mi juventud. Las familias que ahora se ostentaban como guanajuatenses no eran más que las que habían escalado después de la revolución y que habían logrado estudiar en México y volvieron como profesionistas o nuevos comerciantes. Parecía que mi terruño estaba cambiando rápidamente. El viejo del mesón me comentó que había rumores de que querían entubar el rio y convertirlo en una calle. No sé si lo habrían hecho. El recuerdo que tengo de Guanajuato es el recuerdo de una loca juventud haciendo novillos, haciéndole el amor (cortejando) a las muchachas y haciéndome el hombre que ahora soy.
S.
PS. Me despido. Si acaso alguien quisiera que le contara más de mi vida, váyanme a visitar al panteón. Si estoy de buen humor les contaré muchos secretos más de mi terruño.

domingo, 10 de marzo de 2019

10. Tu amor y tu belleza las conservo en el corazón

Guanajuato. Marzo 1 de 1915.

Uno de mis amigos tenía una novia la que se hacía acompañar de una de sus amiguitas más íntimas y esto le amargaba el rato de entrevista y optó por pedirme que lo acompañara y le ayudara para que la amiguita se aprendiera el onceavo mandamiento.

Ella se llamaba Herlinda Ruiz, era muy bonita, muy amable, simpática en su trato y sobre todo su saludable alegría se avenía a mi carácter o como decíamos en el caló estudiantil “me cayó como anillo al dedo”.

Durante mucho tiempo asistí gustoso a las citas con mi amigo, él estaba muy contento por el quite y yo también porque ella me proporcionaba momentos de la más agradable charla. Herlinda Ruiz, que así se llamaba, era como yo, nunca estaba enojada, siempre con la sonrisa a flor de labio.

Yo sabía que tenía novio, pero lo callaba, mas tampoco le declaraba mi amor y mal lo hubiera hecho puesto que yo no sentía por ella más que un afecto de simpatía y nada más.

Pero un día se me apersonó el novio y me reclamó mi proceder para con su novia, al principio estaba algo exaltado, pues ha de haber creído que siendo mayor de edad podría asustarme, pero yo le paré el alto:

─Mire amigo, mientras venga a hablarme en ese tono no nos vamos a entender; máxime que no sabe usted explicar la razón por la cual se ha acercado usted a mí.

─Es que yo no voy a seguir tolerando el que usted y mi novia se estén burlando más de mí.

─¿Pero quién es su novia? Explíquese con claridad.

─Pues mi novia es Herlinda Ruiz a la que usted acompaña todos los días al salir de la escuela.

─Por allí debía haber empezado y no que enredó usted las cosas más de lo debido, por ese lado puede que tenga usted razón, mas debe de tenerle toda la confianza a Herlinda, porque no es nada mío, sino únicamente una amiguita, no la ofenda usted con esa manera de pensar.

─Pues es que a mí me lo hicieron pensar, como lo ven todos los días con ella…

─También me ven con otras más y no voy a ser novio de todas las mujeres de Guanajuato.

─Entonces usted dispense, con su permiso.

Al día siguiente que vi a Herlinda le conté lo ocurrido, ella se apenó sobremanera mas yo la tranquilicé y como se pusiera a llorar la dije:

─No llores, no te pongas fea, no quiero que tu lindo rostro y sobre todo tus hermosos ojos se nublen por el llanto, di que es lo que te aflige, soy todo tuyo, pues estoy en la más grande disposición de desagraviarte.

─Yo creo que todo es inútil Severino.

─¿Inútil por qué?

─Porque lo principal ya se perdió.

─¿Y cuál es lo principal?

─¿Qué no lo comprendes? ¿Qué no te has dado cuenta de que te amo?

─Pero si tú tienes novio, por eso nunca me atreví a insinuarme.

─Sí, pero no lo quiero, mi amor es nada más tuyo y solo que tú lo rechaces me harás la mujer más desgraciada.

─¿De veras me amas?

─Sí.

Entonces sin decirle nada la tomé entre mis brazos y la besé con ternura una y mil veces a lo que ella correspondió con toda la fuerza de su corazón…

Nos despedimos esa tarde con el alma llena de optimismo y amor… y me decía a solas, ahora sí ya es mía, y es menester que mi rival lo sepa, es de hombres y además no quiero tener contratiempos y así lo hice. Lo busqué, lo encontré y le dije:

─Ahora sí, mi amigo le traigo una mala noticia y para que no haya confusiones le diré; ya Herlinda es mi novia, ya ella no lo quiere a Usted y si quiere convencerse  le doy permiso de que la entreviste el día que quiera, pero eso sí, mucho cuidado con las groserías porque entonces se las tendrá que ver conmigo, ha ya visto que soy legal y le aviso para que así no tengamos que lamentarnos después….

No me contestó nada, se quedó anonadado con la noticia, seguramente la ha de haber querido mucho y era natural, pues ella estaba tan hermosa que cualquiera no se enamoraría de ella. Después de eso yo sentía remordimientos tanto por ella como por él, por ella porque en realidad yo no la quería, pero me gustaba hasta el extremo de llegar a quererla algún día y por él porque se veía a leguas que se lo traía de remolque y que era capaz hasta de darse un tiro. Olvidé esas nimiedades y… a seguir gozando.

No supe si hubo o no aclaraciones ni le pregunté a Herlinda si las había habido, nos dedicamos a querernos y nada más, era una delicia como me brindaba sus encantos, estaba yo extasiado con su belleza, pues de tal manera se entregaba que si yo hubiera querido no tenía más que tomarla.

Yo era un sinvergüenza de marca que se dejaba querer. «¿Qué me había visto? ¿Qué le gustaba de mí? Yo no era un hombre de porvenir, no llegaba más que a un mal estudiante, es decir, que no estudia, ni tenía tiempo para ello, pues todo se lo dedicaba a la vagancia y sin embargo así me quería, no modo, ese es mi sino y una euforia placentera inundaba mi ser, me sentía muy grande siendo tan pequeño».

Cuando volví de la revolución fue la única de mis novias que llorando me esperaba, me remordía la conciencia el haber despertado a ese amor puro con otro más falso que era el que yo sentía; ¿Mas cómo decírselo? ¿Cómo amargar su vida con un desengaño? No era capaz de tanto, así es que dejé al tiempo que lo compusiera, que es el que verdaderamente pone fin a los dolores y a las alegrías.

No me atreví a despedirme de ella, tenía miedo de cometer una burrada con ella y francamente no merecía tan mal pago, era tan buena que preferí desaparecer y así lo hice…

Benedicta

No sé a dónde llevóse la marea

De la suerte tu ser, pero yo exclamo

Con el inmenso amor con que te amo:

¡donde quiera que estés, bendita seas!



Al siguiente año, en mi retorno, el tiempo la había curado, ya se había casado con el antiguo novio… que sea feliz.



Pequé, Señor, mas no porque he pecado

De tu clamor y clemencia me despido,

Temo, según mi culpa, el ser punido,

Y espero en tu bondad ser perdonado.

A.V.A

viernes, 8 de marzo de 2019

9. Eres la mujer más femenina a pesar de tu inclina

Guanajuato. Febrero 24 de 1915.

La secta de los hombres negros había nacido. Su fin era la ayuda mutua, en la forma que fuere menester hasta ese día fueron puros hombres los que la formamos, porque admitimos a la primera mujer que se atrevió a obedecer el reglamento interior de la asociación.

«María de Jesús Márquez, ─le preguntó el gran mago de la rosa cruz─ ¿Estás decidida a obedecer y hacer obedecer los deberes de nuestra comunidad?» «Sí mago». «Entonces quedas admitida y ocuparás el sitio que te corresponde».

Esta mujer era una morena blanca, menuda, de ojazos negros, pelo lacio, boca pequeña, su conjunto era de una muñeca, de un valor a toda prueba, en ella no había indecisiones, cuando se le ordenaba alguna cosa la cumplía al pie de la letra sin discutir el porqué.

Desde un principio me gustó, pero la disciplina de la sociedad me detenía, pues el amor entre los asociados estaba penado y fuertemente, a pesar de que yo era el jefe supremo no me atrevía a salirme del reglamento, ni siquiera modificarlo.

Pero esa simpatía mutua fue subiendo al grado que a los ocho meses de agremiada sosteníamos unas discretas relaciones a espaldas de la sociedad.

Un día me pidió un trabajo para ella y la agrupación, consciente de su deber, cumplió a su debido tiempo el encargo de nuestra socia. Era un asunto de familia que ella me agradeció, por la premura que puse en su desarrollo, que ese agradecimiento se tornó en noviazgo, el que guardábamos con el más profundo secreto.

Nos veíamos todos los días en la sala de la agrupación y sobre todo cuando no había nadie, sin embargo, nadie se dio cuenta y menos que habíamos aceptado a nueve mujeres más, así no era extraño que se encontraran todos los días a las asociadas en la sala de reunión… aquel amor fue creciendo porque ella era muy obediente, sumisa, cariñosa, cosa que me iba ganando la voluntad y hasta creo que sí la amaba.

Las horas pasaban raudas cuando nos encontrábamos solos y hasta recuerdo que una vez nos dieron las ocho de la noche en la sala y hasta tuvimos miedo de que alguien nos viera salir en detrimento de mi jefatura, pero la suerte nos protegió porque nadie nos vio.

Cuando estaba solo y la recordaba me ponía a soñar… y me decía: «…eres la mujer con la que había soñado, eres el ideal que yo me había forjado, pues el encanto de tu belleza me lleva a quererte y el encanto de tu carácter me obliga a adorarte, yo que me había vuelto reacio a las lides amorosas, has hecho de mí un hombre nuevo que ve la felicidad en tus ojos bellos. ¿Qué quisiera para que este ideal no se trocara en un desengaño mas la lista ya bien larga de mis sufrimientos? No quiero ni pensar que tú, el bello ángel de mi ideal se trocara en otro fracaso como los que hasta la fecha he sufrido… Solo un defecto encuentro en este amor que por ti he sentido, yo quisiera que fuera únicamente en idealismo, pero desgraciadamente tu cuerpo núbil, tentador me hace a veces olvidar el platonismo para caer en la tentación de la carne y me dio con Nervo:»



Carne, carne maldita, que me apartas del cielo,

Carne tibia y rosada, que me impeles al vicio;

Ya rasgué mis espaldas, con cilicio y flagelo

Por vencer tus impulsos y… ¡es en vano! Te anhelo,

A pesar del flagelo y a pesar del cilicio.



No cabe duda de que soy un irredento, la tentación llegó tan de improviso que un día sin darnos cuenta nos habíamos entregado el uno al otro, no hubo lágrimas, solo amor, mucho amor y nada más…

Nuestras citas se sucedieron sin interrupción hasta el día de mi partida, fue un adiós dulcísimo, que, si hubiera muerto en ese supremo instante, los dolores de la muerte serían de gran satisfacción…

El 24 de febrero de 1915 fue nuestra despedida; no hubo lloros ni promesas falsas para el futuro, solo besos y un «hasta la vista si Dios quiere…» y no lo quiso porque nunca más nos volvimos a ver, ni de ella tengo el más leve recuerdo… creo que ya murió.



Avant de t’en aller vers le sombre rivage,

Chaque jour, chaque instant, te separait de moi,

Car la barque approchait pour l’éternel voyage…

Maintenant, chaque jour nous unit d’avantage,

Je suis tous les instants plus près, plus près de toi!



Ajourd’hui, plus qu’hier, et plus encore demain!

Ainsi, combine de soirs, je pense avec émoi:

“Qui sait si elle me tend déjà la blanche main

Pour m’aider à franchir son abîme lointain!”

…Et je me sens plus près, toujours plus près de toi!...

lunes, 4 de marzo de 2019

8. Te fuiste como habías venido… calladamente

Guanajuato. Febrero 8 de 1915.

La noche en que se celebra el día de la virgen de Guanajuato me fue presentada una muchacha, muy bonita, de estatura regular para mujer, rubia clara, de unos grandes ojos azules y de una tersa piel blanquísima, un cuerpo bien formado.

Noté que a la hora de la presentación no le causé mala impresión, así como a mi también me simpatizó y lo que dijo me llamó más la atención: «Estoy en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús y salgo a las cinco de la tarde, vivo en la cerrada de Pardo número uno para cuando quieras ir a visitarme». Esta cantidad de detalles no solo llamó la atención mía sino también de quien me la presentaba. «Qué raro, ─me decía─, lo amable que estuvo conmigo, nunca nos hemos querido desde que estuvimos juntas en el colegio, ella era muy estirada y aristócrata y ahora nada más me vio contigo y hasta se paró a saludarme». «Figuraciones tuyas, vámonos».

Al día siguiente de la presentación me fui al Jardín de San Fernando y allí me aposté detrás de un árbol para que cuando saliera hacerme el encontradizo, pero grande fue la sorpresa, pues cuando estaba espiando hacia la puerta de la escuela me saludaron por detrás. «¿Cómo le va señor Severino? ¿Qué está haciendo usted aquí?» Sorprendido infraganti no encontraba disculpa alguna. «Nada aquí esperando a un amigo». «Entonces ya me voy, adiós». No supe qué hacer para detenerla.

Al día siguiente, calculando la hora y por donde debía pasar me puse a esperarla y me salió muy bien, porque la saludé y la acompañé hasta su escuela, pero no le hablé de amor y así pasó una semana sin que yo le declarara mi amor hasta que un amigo mío me animó, pues él se le declaró a la hermana y yo a ella que ni tarde ni perezosa me correspondió, luego lo mismo que a mi compañero.

Me planteó la cartilla lo cual no me cayó muy bien, me dijo: «A las siete de la noche me silbas “asómate a tu ventana” y cuando puedas acercarte te canto desde el balcón “ven, deja de llorar” y mucho cuidado que mi padre es muy malo, tiene un genio que es capaz de matarte, está bien». Teníamos un balcón para cada uno y a una altura de seis metros.

Diez días duró mi suplicio, ya estaba yo  de “asómate a la ventana” hasta el copete pues me tenía silbándola hasta media hora y después como de limosna “ven deja de llorar”; por mucho tiempo me chocaron estas dos muy lindas canciones y después la platicada a seis metros para arriba ya me tenían el cuello torcido y terminantemente le dije a mi amigo que si él estaba conforme con platicar de esa manera yo no, y que le iba a decir que se bajara al zaguán o cortábamos las relaciones.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde fuimos a esperarlas y una vez que salieron le dije: «Mira, si no has de bajar a platicar por las noches al callejoncito no nos veremos más que a las horas de salida de la escuela, pues ya me duele el pescuezo de mirar para arriba y más aún que me tienes como limosnero chifla y chifla». «Tú no conoces a mi papá, si lo conocieras no dirías lo mismo, mañana tenemos que arreglar la casa en que nos vamos a cambiar, en los Llanitos de Salgado 2. Vamos a ir a solas, allí nos vemos». «Así sí, pero ya nada de incomodidades».

Acudimos mi amigo y yo a la cita y ¡qué diferencia! Hubo besos, abrazos y estábamos en lo más bonito del repertorio cuando unos toquidazos nos volvieron a la vida y mi novia pálida con el terror pintado dijo «¡mi papá!». «Qué mi papá ni qué ocho cuartos han de ser los muchachos traviesos», me acerqué a la puerta y cual no sería mi sorpresa cuando vi del otro lado de la cerradura el ojo azul y feroz de mi suegro. De dos saltos llegué hasta una escalera de mano muy pesada, trepamos a la azotea y la soltamos al suelo con la esperanza de que él no podría levantarla. Corrimos brincando azoteas hasta que nos encontramos una escalera que daba a una vecindad y tan atarantados estábamos que no encontrábamos la salida hasta que una señora indulgente nos la señaló. Corrimos callejón abajo con gran desazón porque el callejón era ciego y no tenía salida, de este modo estábamos obligados a pasar forzosamente por el frente de la casa de mi novia; el miedo me daba alas mientras que a mi compañero lo paralizaba, me había sujetado por la chaquetilla y parecía garra, no me podía soltar y con esto los movimientos me los tenía limitados. Pasamos por enfrente de la casa y como el zaguán estaba abierto nos fijamos en nuestras novias todas llorosas y al suegro buscándonos con un palo dentro del horno de la casa y que era muy grande; pasamos como bólidos, ya había logrado desasirme de mi amigo y volábamos callejón abajo de los Llanitos de Salgado hasta llegar a la Tamazuca, callejón en que encontramos ya el descanso, pero al llegar pisé en falso una piedra y me torcí un pie, ya no pude andar, mi compañero casi cargado me llevó hasta mi casa. El dolor fuerte me duró veinticuatro horas pero la inutilidad de mi tobillo me duró seis meses y lo falso de la articulación toda la vida, por eso estas relaciones me dejaron recuerdos imborrables.

Nuestras relaciones se deslizaron después de esto suavemente como en manso arroyuelo, nos veíamos todos los días y en lugar de irnos a la escuela nos íbamos al cerro a pasear.

Yo era feliz, el amor para mí era un juguete, yo gozaba, reía con optimismo, ni una sombra opacaba mi dicha, ni siquiera los celos, hasta creí que nunca sería celoso y prueba de ello fue que mi novia se empezó a descarriar con la amiga que me la había presentado y la llevó al “matadero de libertinos”, nada más que yo me di cuenta de que se la iban a entregar a riquillo presumido, al que le llegué a reclamar pero con guasa y él inocentemente me confesó todo: cómo se veían y en donde tenían sus encuentros, que todavía no pasaba nada pero que no estaba lejano el día en que cayera, pues de día en día ella tomaba confianza y la hacían beber hasta que un día perdiera el sentido y lo demás…

Naturalmente que eso me hizo poner alerta y me dije: «Yo tengo la primacía y no voy a dejar escapar la oportunidad y ya que eso es lo que ella quiere hay que satisfacer su estupidez y su lujuria con un buen desengaño, ella cree que vivo ignorante de todo esto y la sorpresa que se va a llevar cuando sepa que yo estoy enterado de todo y de la premura con que va bajando por la pendiente del vicio».

Ya no era una chiquilla para que no reflexionara, porque era dos años mayor que yo. Su familia, aunque caída en la desgracia, era aristócrata. Su madre era una santa mujer que dócilmente soportaba los malhumores de su esposo y las sinvergüenzadas de sus hijas. Seguramente empezó a creerse que era un brillante porvenir el que se le esperaba al lado de aquel mequetrefe y que éste la podía sacar de la pobreza en que se encontraban, y cuán lejos estaba de la verdad, porque a donde la llevaba su ligereza era a la prostitución.

Me dolió su estupidez, pero no me encelé, ni le llamé la atención, pero sí le preparé su desengaño y una vez que fuimos a una lunada a la Presa de los Pozuelos, al pie de un cazahuate la hice languidecer y se entregó a mí, ya estaba mi desquite. Cuando nos paramos me quiso que le jurara que me casaría con ella y yo le contesté: «Eso está verde, en primer lugar no te quiero, en segundo soy muy joven, no tengo con qué hacerle frente al matrimonio y en tercero eres una sinvergüenza que quisiste engañarme o tenerme como un paracaídas, ¿tú crees que no sé a dónde te vas a meter todos los sábados? Yo sé que en los reservados del Gambrinus no vas a rezar con el tal Parkman ¿y todavía así tienes la desvergüenza de pedirme promesas?» Se quedó asombrada, todo lo sabía y no tuvo más que resignarse. «Está bien Severino Severino. ─así me decía─ no te pido más que calles lo que aquí ha pasado». «De eso no tengas cuidado». Mas de eso la suerte no quiso que fuera así, porque otra pareja que estaba próxima y en las mismas condiciones que yo se había dado cuenta de todo y más aún, el muchacho se había apoderado de la ropa íntima de ella que en nuestro azoro nos la habíamos olvidado, tuve que rescatarla a la brava, porque este amigo quería cobrarse en especie y esto sino lo consentía yo.

Nuestras relaciones se enfriaron, si bien es cierto que nos seguimos viendo y disfrutando de nuestros sentidos, ya la displicencia se notaba en nuestras caras hasta que el viejo don Joaquín Parres, padre de las muchachas levantó anclas y se fue a radicar a la capital. Ella me dejó su dirección: Florida 27. Y a pesar de que yo salí de Guanajuato después que ella y radiqué en Pachuca a partir de 1915, nunca se me vino la idea de visitarla, yo creo que ni siquiera me acordaba de ella, solo cuando falseaba y me dolía elpie me acordaba de don Joaquín, pero de ella nunca.

¿Cómo es posible que ella haya salido una perdida teniendo un padre tan recto y una madre tan buena? No me explico estas cosas de la herencia, pues su educación fue esmerada tanto en su casa como en la escuela particular en que estudió; pues sus padres haciendo un esfuerzo lograron que terminara sus estudios a costa de miserias.

El poeta dijo:

Mujer preciosa, para el bien nacida,

Mujer preciosa por mí mal hallada,

Pero del solio del señor caída

Y en albañal inmundo sepultada.

Cándida rosa en el edén crecida

Y por manos infames deshojada;

Cisne de cuello alabastrino y blando

En indecente bacanal cantado…

Antonio Plaza