lunes, 4 de marzo de 2019

8. Te fuiste como habías venido… calladamente

Guanajuato. Febrero 8 de 1915.

La noche en que se celebra el día de la virgen de Guanajuato me fue presentada una muchacha, muy bonita, de estatura regular para mujer, rubia clara, de unos grandes ojos azules y de una tersa piel blanquísima, un cuerpo bien formado.

Noté que a la hora de la presentación no le causé mala impresión, así como a mi también me simpatizó y lo que dijo me llamó más la atención: «Estoy en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús y salgo a las cinco de la tarde, vivo en la cerrada de Pardo número uno para cuando quieras ir a visitarme». Esta cantidad de detalles no solo llamó la atención mía sino también de quien me la presentaba. «Qué raro, ─me decía─, lo amable que estuvo conmigo, nunca nos hemos querido desde que estuvimos juntas en el colegio, ella era muy estirada y aristócrata y ahora nada más me vio contigo y hasta se paró a saludarme». «Figuraciones tuyas, vámonos».

Al día siguiente de la presentación me fui al Jardín de San Fernando y allí me aposté detrás de un árbol para que cuando saliera hacerme el encontradizo, pero grande fue la sorpresa, pues cuando estaba espiando hacia la puerta de la escuela me saludaron por detrás. «¿Cómo le va señor Severino? ¿Qué está haciendo usted aquí?» Sorprendido infraganti no encontraba disculpa alguna. «Nada aquí esperando a un amigo». «Entonces ya me voy, adiós». No supe qué hacer para detenerla.

Al día siguiente, calculando la hora y por donde debía pasar me puse a esperarla y me salió muy bien, porque la saludé y la acompañé hasta su escuela, pero no le hablé de amor y así pasó una semana sin que yo le declarara mi amor hasta que un amigo mío me animó, pues él se le declaró a la hermana y yo a ella que ni tarde ni perezosa me correspondió, luego lo mismo que a mi compañero.

Me planteó la cartilla lo cual no me cayó muy bien, me dijo: «A las siete de la noche me silbas “asómate a tu ventana” y cuando puedas acercarte te canto desde el balcón “ven, deja de llorar” y mucho cuidado que mi padre es muy malo, tiene un genio que es capaz de matarte, está bien». Teníamos un balcón para cada uno y a una altura de seis metros.

Diez días duró mi suplicio, ya estaba yo  de “asómate a la ventana” hasta el copete pues me tenía silbándola hasta media hora y después como de limosna “ven deja de llorar”; por mucho tiempo me chocaron estas dos muy lindas canciones y después la platicada a seis metros para arriba ya me tenían el cuello torcido y terminantemente le dije a mi amigo que si él estaba conforme con platicar de esa manera yo no, y que le iba a decir que se bajara al zaguán o cortábamos las relaciones.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde fuimos a esperarlas y una vez que salieron le dije: «Mira, si no has de bajar a platicar por las noches al callejoncito no nos veremos más que a las horas de salida de la escuela, pues ya me duele el pescuezo de mirar para arriba y más aún que me tienes como limosnero chifla y chifla». «Tú no conoces a mi papá, si lo conocieras no dirías lo mismo, mañana tenemos que arreglar la casa en que nos vamos a cambiar, en los Llanitos de Salgado 2. Vamos a ir a solas, allí nos vemos». «Así sí, pero ya nada de incomodidades».

Acudimos mi amigo y yo a la cita y ¡qué diferencia! Hubo besos, abrazos y estábamos en lo más bonito del repertorio cuando unos toquidazos nos volvieron a la vida y mi novia pálida con el terror pintado dijo «¡mi papá!». «Qué mi papá ni qué ocho cuartos han de ser los muchachos traviesos», me acerqué a la puerta y cual no sería mi sorpresa cuando vi del otro lado de la cerradura el ojo azul y feroz de mi suegro. De dos saltos llegué hasta una escalera de mano muy pesada, trepamos a la azotea y la soltamos al suelo con la esperanza de que él no podría levantarla. Corrimos brincando azoteas hasta que nos encontramos una escalera que daba a una vecindad y tan atarantados estábamos que no encontrábamos la salida hasta que una señora indulgente nos la señaló. Corrimos callejón abajo con gran desazón porque el callejón era ciego y no tenía salida, de este modo estábamos obligados a pasar forzosamente por el frente de la casa de mi novia; el miedo me daba alas mientras que a mi compañero lo paralizaba, me había sujetado por la chaquetilla y parecía garra, no me podía soltar y con esto los movimientos me los tenía limitados. Pasamos por enfrente de la casa y como el zaguán estaba abierto nos fijamos en nuestras novias todas llorosas y al suegro buscándonos con un palo dentro del horno de la casa y que era muy grande; pasamos como bólidos, ya había logrado desasirme de mi amigo y volábamos callejón abajo de los Llanitos de Salgado hasta llegar a la Tamazuca, callejón en que encontramos ya el descanso, pero al llegar pisé en falso una piedra y me torcí un pie, ya no pude andar, mi compañero casi cargado me llevó hasta mi casa. El dolor fuerte me duró veinticuatro horas pero la inutilidad de mi tobillo me duró seis meses y lo falso de la articulación toda la vida, por eso estas relaciones me dejaron recuerdos imborrables.

Nuestras relaciones se deslizaron después de esto suavemente como en manso arroyuelo, nos veíamos todos los días y en lugar de irnos a la escuela nos íbamos al cerro a pasear.

Yo era feliz, el amor para mí era un juguete, yo gozaba, reía con optimismo, ni una sombra opacaba mi dicha, ni siquiera los celos, hasta creí que nunca sería celoso y prueba de ello fue que mi novia se empezó a descarriar con la amiga que me la había presentado y la llevó al “matadero de libertinos”, nada más que yo me di cuenta de que se la iban a entregar a riquillo presumido, al que le llegué a reclamar pero con guasa y él inocentemente me confesó todo: cómo se veían y en donde tenían sus encuentros, que todavía no pasaba nada pero que no estaba lejano el día en que cayera, pues de día en día ella tomaba confianza y la hacían beber hasta que un día perdiera el sentido y lo demás…

Naturalmente que eso me hizo poner alerta y me dije: «Yo tengo la primacía y no voy a dejar escapar la oportunidad y ya que eso es lo que ella quiere hay que satisfacer su estupidez y su lujuria con un buen desengaño, ella cree que vivo ignorante de todo esto y la sorpresa que se va a llevar cuando sepa que yo estoy enterado de todo y de la premura con que va bajando por la pendiente del vicio».

Ya no era una chiquilla para que no reflexionara, porque era dos años mayor que yo. Su familia, aunque caída en la desgracia, era aristócrata. Su madre era una santa mujer que dócilmente soportaba los malhumores de su esposo y las sinvergüenzadas de sus hijas. Seguramente empezó a creerse que era un brillante porvenir el que se le esperaba al lado de aquel mequetrefe y que éste la podía sacar de la pobreza en que se encontraban, y cuán lejos estaba de la verdad, porque a donde la llevaba su ligereza era a la prostitución.

Me dolió su estupidez, pero no me encelé, ni le llamé la atención, pero sí le preparé su desengaño y una vez que fuimos a una lunada a la Presa de los Pozuelos, al pie de un cazahuate la hice languidecer y se entregó a mí, ya estaba mi desquite. Cuando nos paramos me quiso que le jurara que me casaría con ella y yo le contesté: «Eso está verde, en primer lugar no te quiero, en segundo soy muy joven, no tengo con qué hacerle frente al matrimonio y en tercero eres una sinvergüenza que quisiste engañarme o tenerme como un paracaídas, ¿tú crees que no sé a dónde te vas a meter todos los sábados? Yo sé que en los reservados del Gambrinus no vas a rezar con el tal Parkman ¿y todavía así tienes la desvergüenza de pedirme promesas?» Se quedó asombrada, todo lo sabía y no tuvo más que resignarse. «Está bien Severino Severino. ─así me decía─ no te pido más que calles lo que aquí ha pasado». «De eso no tengas cuidado». Mas de eso la suerte no quiso que fuera así, porque otra pareja que estaba próxima y en las mismas condiciones que yo se había dado cuenta de todo y más aún, el muchacho se había apoderado de la ropa íntima de ella que en nuestro azoro nos la habíamos olvidado, tuve que rescatarla a la brava, porque este amigo quería cobrarse en especie y esto sino lo consentía yo.

Nuestras relaciones se enfriaron, si bien es cierto que nos seguimos viendo y disfrutando de nuestros sentidos, ya la displicencia se notaba en nuestras caras hasta que el viejo don Joaquín Parres, padre de las muchachas levantó anclas y se fue a radicar a la capital. Ella me dejó su dirección: Florida 27. Y a pesar de que yo salí de Guanajuato después que ella y radiqué en Pachuca a partir de 1915, nunca se me vino la idea de visitarla, yo creo que ni siquiera me acordaba de ella, solo cuando falseaba y me dolía elpie me acordaba de don Joaquín, pero de ella nunca.

¿Cómo es posible que ella haya salido una perdida teniendo un padre tan recto y una madre tan buena? No me explico estas cosas de la herencia, pues su educación fue esmerada tanto en su casa como en la escuela particular en que estudió; pues sus padres haciendo un esfuerzo lograron que terminara sus estudios a costa de miserias.

El poeta dijo:

Mujer preciosa, para el bien nacida,

Mujer preciosa por mí mal hallada,

Pero del solio del señor caída

Y en albañal inmundo sepultada.

Cándida rosa en el edén crecida

Y por manos infames deshojada;

Cisne de cuello alabastrino y blando

En indecente bacanal cantado…

Antonio Plaza

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