domingo, 10 de marzo de 2019

10. Tu amor y tu belleza las conservo en el corazón

Guanajuato. Marzo 1 de 1915.

Uno de mis amigos tenía una novia la que se hacía acompañar de una de sus amiguitas más íntimas y esto le amargaba el rato de entrevista y optó por pedirme que lo acompañara y le ayudara para que la amiguita se aprendiera el onceavo mandamiento.

Ella se llamaba Herlinda Ruiz, era muy bonita, muy amable, simpática en su trato y sobre todo su saludable alegría se avenía a mi carácter o como decíamos en el caló estudiantil “me cayó como anillo al dedo”.

Durante mucho tiempo asistí gustoso a las citas con mi amigo, él estaba muy contento por el quite y yo también porque ella me proporcionaba momentos de la más agradable charla. Herlinda Ruiz, que así se llamaba, era como yo, nunca estaba enojada, siempre con la sonrisa a flor de labio.

Yo sabía que tenía novio, pero lo callaba, mas tampoco le declaraba mi amor y mal lo hubiera hecho puesto que yo no sentía por ella más que un afecto de simpatía y nada más.

Pero un día se me apersonó el novio y me reclamó mi proceder para con su novia, al principio estaba algo exaltado, pues ha de haber creído que siendo mayor de edad podría asustarme, pero yo le paré el alto:

─Mire amigo, mientras venga a hablarme en ese tono no nos vamos a entender; máxime que no sabe usted explicar la razón por la cual se ha acercado usted a mí.

─Es que yo no voy a seguir tolerando el que usted y mi novia se estén burlando más de mí.

─¿Pero quién es su novia? Explíquese con claridad.

─Pues mi novia es Herlinda Ruiz a la que usted acompaña todos los días al salir de la escuela.

─Por allí debía haber empezado y no que enredó usted las cosas más de lo debido, por ese lado puede que tenga usted razón, mas debe de tenerle toda la confianza a Herlinda, porque no es nada mío, sino únicamente una amiguita, no la ofenda usted con esa manera de pensar.

─Pues es que a mí me lo hicieron pensar, como lo ven todos los días con ella…

─También me ven con otras más y no voy a ser novio de todas las mujeres de Guanajuato.

─Entonces usted dispense, con su permiso.

Al día siguiente que vi a Herlinda le conté lo ocurrido, ella se apenó sobremanera mas yo la tranquilicé y como se pusiera a llorar la dije:

─No llores, no te pongas fea, no quiero que tu lindo rostro y sobre todo tus hermosos ojos se nublen por el llanto, di que es lo que te aflige, soy todo tuyo, pues estoy en la más grande disposición de desagraviarte.

─Yo creo que todo es inútil Severino.

─¿Inútil por qué?

─Porque lo principal ya se perdió.

─¿Y cuál es lo principal?

─¿Qué no lo comprendes? ¿Qué no te has dado cuenta de que te amo?

─Pero si tú tienes novio, por eso nunca me atreví a insinuarme.

─Sí, pero no lo quiero, mi amor es nada más tuyo y solo que tú lo rechaces me harás la mujer más desgraciada.

─¿De veras me amas?

─Sí.

Entonces sin decirle nada la tomé entre mis brazos y la besé con ternura una y mil veces a lo que ella correspondió con toda la fuerza de su corazón…

Nos despedimos esa tarde con el alma llena de optimismo y amor… y me decía a solas, ahora sí ya es mía, y es menester que mi rival lo sepa, es de hombres y además no quiero tener contratiempos y así lo hice. Lo busqué, lo encontré y le dije:

─Ahora sí, mi amigo le traigo una mala noticia y para que no haya confusiones le diré; ya Herlinda es mi novia, ya ella no lo quiere a Usted y si quiere convencerse  le doy permiso de que la entreviste el día que quiera, pero eso sí, mucho cuidado con las groserías porque entonces se las tendrá que ver conmigo, ha ya visto que soy legal y le aviso para que así no tengamos que lamentarnos después….

No me contestó nada, se quedó anonadado con la noticia, seguramente la ha de haber querido mucho y era natural, pues ella estaba tan hermosa que cualquiera no se enamoraría de ella. Después de eso yo sentía remordimientos tanto por ella como por él, por ella porque en realidad yo no la quería, pero me gustaba hasta el extremo de llegar a quererla algún día y por él porque se veía a leguas que se lo traía de remolque y que era capaz hasta de darse un tiro. Olvidé esas nimiedades y… a seguir gozando.

No supe si hubo o no aclaraciones ni le pregunté a Herlinda si las había habido, nos dedicamos a querernos y nada más, era una delicia como me brindaba sus encantos, estaba yo extasiado con su belleza, pues de tal manera se entregaba que si yo hubiera querido no tenía más que tomarla.

Yo era un sinvergüenza de marca que se dejaba querer. «¿Qué me había visto? ¿Qué le gustaba de mí? Yo no era un hombre de porvenir, no llegaba más que a un mal estudiante, es decir, que no estudia, ni tenía tiempo para ello, pues todo se lo dedicaba a la vagancia y sin embargo así me quería, no modo, ese es mi sino y una euforia placentera inundaba mi ser, me sentía muy grande siendo tan pequeño».

Cuando volví de la revolución fue la única de mis novias que llorando me esperaba, me remordía la conciencia el haber despertado a ese amor puro con otro más falso que era el que yo sentía; ¿Mas cómo decírselo? ¿Cómo amargar su vida con un desengaño? No era capaz de tanto, así es que dejé al tiempo que lo compusiera, que es el que verdaderamente pone fin a los dolores y a las alegrías.

No me atreví a despedirme de ella, tenía miedo de cometer una burrada con ella y francamente no merecía tan mal pago, era tan buena que preferí desaparecer y así lo hice…

Benedicta

No sé a dónde llevóse la marea

De la suerte tu ser, pero yo exclamo

Con el inmenso amor con que te amo:

¡donde quiera que estés, bendita seas!



Al siguiente año, en mi retorno, el tiempo la había curado, ya se había casado con el antiguo novio… que sea feliz.



Pequé, Señor, mas no porque he pecado

De tu clamor y clemencia me despido,

Temo, según mi culpa, el ser punido,

Y espero en tu bondad ser perdonado.

A.V.A

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