martes, 5 de mayo de 2020

14. Eres bella y hermosa como tu nombre.

Pachuca, septiembre 28 de 1915.

Eran tres hermanas, vivían por las calles de Zaragoza, en la que la mayor de ellas tenía su consultorio de partera; muy inteligente, muy simpática y desde la primera vez que trabamos amistad, teníamos la costumbre de ir a quitarle el tiempo y más que a eso, a ver a sus dos hermanas chicas. Ellas nos consecuentaban y, hasta creo, le gustaba el chacoteo, pues hacía fiestecitas muy seguido, que resultaban muy animadas. Esto dio lugar a que uno de mis compañeros y yo saliéramos novios de las dos chicas, con beneplácito de la mayor.

Blanca era una chica ligeramente rubia, de ojos verdes, su cuerpo si no escultural, era bueno y algo sosa en la conversación, yo creo que, porque aún no había terminado su instrucción escolar, su carácter era apacible, dócil, se dejaba guiar por cualquiera y no era capaz de oponerse, ni siquiera a su perdición…

Cuando la hermana salía a su trabajo nos quedábamos solos en el consultorio y entonces era aquel un aquelarre, ─¡qué digo aquelarre, bacanal, pero sin vino!─. Se les había agregado una amiguita y el tercio estaba completo para mis amigos y yo.

Día a día, cuando estábamos solos, nuestros atrevimientos iban subiendo de color, porque aparte de los besos, ciertos manoseos indecentes sentaron lugar sin protesta de ellas, sino que al contrario, nos daban alas para seguir adelante.

Cuando salíamos de la casa y venían los comentarios:

─Oye guanajua, ¿qué te parece que hagamos con ellas? porque ya eso es insoportable y aquí no hay más remedio, o seguir adelante o cortarse ─me dijo Loza.

─Pues miren muchachos, ─respondía yo─, veo por delante un compromiso, no para nosotros sino para nuestros padres, que ignorantes de lo que hacemos, pagarían el pato para evitarse un escándalo, yo soy partidario de lo que dice Loza y lo mejor es cortarse.

─Yo por mi parte no dejo de ninguna manera a mi manzanita, ─así le decíamos a la novia de Loza, por el color de sus mejillas─ al fin que la puedo ver en su casa y sin compromiso, pero les propongo un paso menos drástico el cual no nos obligará a dejar tanto deleite.

─¿Cuál?

─Les propongo que nuestras visitas sean únicamente cuando esté allí la hermana, es decir por las noches y así no habrá el peligro que ustedes ven en lontananza.

─Ay, mano, hablas y piensas más que un libro abierto, ¿cómo no se nos había ocurrido?

Así lo hicimos, seguimos asistiendo a las reuniones hasta que llegó el tiempo de posadas y… ¡qué posadas! Pues allí pasamos las noches enteras en el más completo holgorio y todo a la vista de la hermana, que veía con satisfacción como nos divertíamos, desde luego que ella también se cargaba a su novio y yo creo que más que novio…

En nuestras casas, al menos en la mía, ya mi padre había perdido la paciencia y por prudencia no me llamaba la atención, porque todo era inútil, ya había perdido la vergüenza, me castigaban no comprándome ropa y no dándome raya. Yo tenía la suficiente dignidad para no exigirles nada, puesto que nada les daba a cambio y eso que se trataba de mi porvenir. En mi optimismo juvenil nunca pensaba en el futuro, seguramente pensaba que mis padres me iban a mantener toda la vida y que eran inmortales. Ya había perdido dos años y la vergüenza no me subía a la cara, pero si muchas veces, cuando la conciencia me remordía buscaba trabajo en las minas y mi padre, que era tan conocido, hacía que no se me aceptara en ninguna parte; él quería que yo estudiara a toda costa y lo consiguió, pero después de muchos enojos y muchas desilusiones.

Todo esto de repente me hacía sufrir y me arrepentía de todos mis pecados procurando retirarme de la vagancia, poniéndome a partir leña en la casa o metiéndome en la biblioteca y estudiando; seguramente mi cerebro joven y descansando asimilaba fácilmente, porque estos ratos de estudio y de lucidez me fueron muy útiles en los exámenes finales.

Pero estos ratos de arrepentimiento me duraban a veces hasta quince días y no faltaba el demonio en forma de amigos o de mujeres que me hicieron tornar a las andadas.

Desde luego que en los exámenes finales del año tuve la suerte de salir bien y eso debido a que en los periodos de arrepentimiento estudiaba y lo hacía con ganas, al llevar a mi casa el pase de año con unas calificaciones regulares hicieron crecerme abusando más de la bondad de mis padres, pues me creía con el derecho de hacer lo que me diera la gana, por eso en las posaditas de la casa de mi novia me atrevía a faltar hasta las noches completas.

Llegó el día último y la fiesta de despedida del año fue en grande, nuestras novias más desvergonzadas que nunca asumieron una actitud que no puede llamarse más que de ataque, pues de tal manera se extralimitaron, que siendo nosotros hombres no tuvimos más que aceptar todo lo que ellas quisieron y ese día primero de enero de 1916 recibió a tres vírgenes menos.

La sangre no llegó al río porque todo lo que teníamos de parte de las familias no fue más que temor, pues ni siquiera se dieron cuenta o lo callaron por bien propio, porque, ¿qué podían sacar de nosotros? Nada. Era mejor callar que hacer un escándalo en el cual ellas tenían la mayor parte de culpa y las familias la otra.

El sabio tiempo se encargó de enfriar nuestras relaciones, la familia de nuestras novias se trasladó a la capital por cuestiones de negocios y allí terminó todo, no volví a saber nada de ellas, se perdieron en el olvido y en la vorágine capitalina…


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