jueves, 21 de mayo de 2020

16. Blanca paloma de mis dolores…

Pachuca. Mayo 10 de 1916.

 

Acaba de llegar de Puebla su tierra la conocí en uno de los conciertos del Instituto. Nos simpatizamos, trabamos una amistad al principio de cortesía y después una amistad sincera.

Ella venía a Pachuca con su madre a cambiar temperamento y no sabía a ciencia cierta el tiempo que se quedaría en esta ciudad polvosa.

Durante nuestra amistad nos contamos nuestras cuitas respectivas; yo le conté mi desencanto por la pérdida de mi novia que se había ausentado, dejándome con el alma dolorida y ella el desengaño terrible de que le salió el novio casado.  

Ella era muy amante de la poesía como yo, de modo que pasábamos largos ratos recitando versos. Poco a poco esa intimidad se fue transformando en afecto amoroso y terminamos un día de novios.

El verso a Rosario, de Manuel Acuña, fue el que nos emocionó y sin darnos cuenta, al terminar el poema no nos dijimos nada, pero nuestras bocas se juntaron una y mil veces. Fue un amor romántico, un amor dulce y plácido, sin fuertes emociones, ni fuegos candentes.

Ella me quería y su amor me lo demostraba con un romanticismo como si fuésemos o hubiésemos sido Romeo y Julieta en persona; pues su modo de hablar y de expresarse era casi un romance; yo, desde luego, correspondía en la misma forma, nos besábamos y al momento salía un poema melancólico y místico como los de Amado Nervo. Nuestras citas eran como un liceo, porque los poetas, tanto mexicanos como extranjeros, eran fieles asistentes a nuestras citas de amor.

    Cierta vez me dijo: ¿qué te parecen estos versos de Víctor Hugo?

    Que ferai-je de la lyre

de la vertu, du destin?

¡Hélas! Et, sans ton sourire,

Que ferai-je du matin?

    Que ferai-je seul, farouche,

Sans toi, du jour et des cieux

De mes baisers sans ta bouche

Et de mes pleurs sans tes yeux!

 

    Y lloraba, estos versos le causaban una profunda tristeza. ¿Por quién lloraba? ¿Por mí? No lo sé. La consolaba con mis besos y mis caricias y le recitaba de Icaza:

            Fragmento

    ¿Para qué contar las horas

de la vida que se fue,

de lo porvenir que ignoras?

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

¿Cabe en la injusta medida

aquel instante de amor

que perdura y no se olvida?

¿cabe en la justa medida del dolor?

¿Vivimos del propio modo

en las sombras del dormir

y desligamos de todo

que soñando único modo

de vivir?

¿Al que enfermo desespera,

qué importa el cierzo invernal

 el soplo de primavera,

al que enfermo desespera

de su mal?

¿Para qué contar las horas?

no volver a lo que fue,

y lo que ha de ser ignoras.

¡Para qué contar las horas!

    ¡Para qué!

 

    ─Qué verso tan precioso, dámelo ¿y tú no has hecho alguno?

    ─Sí, muchos…

    ─¿Por qué no me los has enseñado?

    ─Porque quizá no te gusten.

    ─Recítame uno no seas malo, mira que te lo pide tu Magdalena.

    Rememoré y le dije:

A la que pudo amarme …y no lo quiso.

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que tú un día,

me encuentro yo clavado en la tortura,

apurando mi cáliz de amargura,

en el huerto fatal de la agonía …

    ¡Señor!, ¡Señor! …lo mismo que sentía

tu alma doliente, enferma y sin ventura,

sin consuelo y sin fe siente la mía…

    ¡Señor!, ¡Señor!… con el costado abierto

por donde escapa la vida eterna,

siento venir con caminar incierto

y más triste que tú, la hora postrera,

    ¡Pues te amaron a ti después de muerto

y a mí no me han de amar, ni cuando muera!

 

    ─¡Qué lindo! ¿y por qué no me habías dicho que hacías versos?

    ─Pues por nada.

    ─Ya sabes que de hoy en adelante solamente quiero oír tus versos son encantadores.

    ─Pues mi repertorio es muy pequeño y es personal, quiero decir que casi todos están dedicados y temo que esto no te gustaría…

    ─Bueno. ─Me dijo con molestia─ como tú quieras…

    A ella le gustaba mucho los poetas franceses principalmente Victor Hugo, que era el de su predilección, después venía Verlaine, Lafontaine, Malherbe, Deschanel, Alfred de Vigny y otros; y había veces que casi se enojaba porque para ella eran superiores a los nuestros.

    ─Mira mi vida no seas tonta. ¿Hay algo más dulce que este verso de Antonio Zaragoza?

Cuando Dios, Al que llora recompensa,

se apiade al fin de lo que yo he sufrido,

en silencio me iré como he venido…

Quiero en la sombra entrar. Tengo una inmensa

necesidad de olvido…

 

    ─¿Qué te parece? Dime uno que sea más triste más fluido más claro y con más alma que este que te recitado. ─Le dije.

    ─Ya verás ya verás cómo sí te lo encuentro… y es este:

Soñaba

Soñaba yo …mis párpados henchidos

    de lágrimas sentía;

soñé que estabas en la tumba, muerta,

    y muerta te veía …

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía …

estaba yo soñando y por la cara,

    el llanto me corría;

soñé que te arrancaban de mi lado

    alguno, vida mía…

era un sueño no más, pero despierto

    lloraba todavía…

soñaba yo… me ahogaban los sollozos,

    el llanto me bebía…

estaba yo soñando que me amabas.

    soñando que eras mía

era un sueño nomas, no más que un sueño,

    y lloro más que nunca, todavía…

                                        E. Heine.

 

    ─¿Qué te pareció? ─me preguntó.

    ─No es feo, es precioso, sentimental, también fluido, pero la belleza se la dio la traducción, casi puede decirse que la hizo Manuel M. Flores ¿o no es así?

    ─Cierto, pero en el fondo es de Heine.

    ─Pero el fondo sin la forma no es completo.

    ─De todas maneras habías de ganar… ─reímos, nos besamos y allí terminó la discusión.

    La madre ya se había dado cuenta de las relaciones románticas de su hija conmigo y principió a recelar, pero no me dijo nada. Ya se sentía bien de salud y hacían en frecuentes viajes a Puebla, en donde se quedaban, a veces, una semana, la misma que pasaba triste, sin esa compañía tan amena que era mi Magdalena.

    Por fin y cuando más engreído estaba, sucedió lo que debía de suceder, su madre midió el peligro de un enamoramiento de parte de su hija con un hombre sin porvenir y puso un «hasta aquí», se la llevó a Puebla y no volvió más. No tuvimos ni tiempo de despedirnos.

                A Magdalena

Blanca paloma de mis dolores

¿por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Vuelve a tu nido, mi bien amada,

donde eres dicha, dónde eres flor,

vuelve a mis campos dulce adorada

donde te espera mi ardiente amor.

No tardes mucho, paloma mía

que estoy enfermo por la pasión,

ven que te espera la sinfonía

de mi alma triste y mi corazón.

¿Por qué no escuchas mi eterno ruego?

¿Por qué no escuchas mi ardiente amor?

¿Qué tu alma pura hecha de fuego

ya no es sensible para el dolor?

¡Ven que te espero para estrecharte!

¡Ven que ya mi alma impaciente está!

¡Ven no me impidas volver a amarte!

Porque mi vida se acabará…

Blanca paloma de mis dolores

¿Por qué te ausentas? ¿por qué te vas?

¿Por qué si te amo con mil amores

me dejas solo sin volver más?

Severino.

     Ese fue nuestro adiós y el único recuerdo que de ella me quedó. he ido muchas veces a Puebla nunca la vi.

    Esa mujer romántica sólo podrá ser feliz con un hombre que la sepa comprender, que sea idealista, amante del arte, de la literatura, de la historia… de otra manera… la hará desgraciada.

 

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