miércoles, 3 de junio de 2020

17. Tu cuerpo será tu perdición…

Pachuca. Julio 16 de 1916.

Yo nunca he sido perezoso y por costumbre siempre he tenido la de ser madrugador, por ese tiempo iba todos los días a las seis de la mañana al Parque Hidalgo a estudiar, aunque a clases no asistiera, pues esto siempre me servía en los exámenes y era natural, con la mente descansada, los ratos de estudio los asimilaba y fijaba al momento, teniendo la facultad de no olvidar nada de lo que aprendía.

Había un señor, Alberto Vargas, ferrocarrilero, que también tenía esa costumbre, hicimos amistad porque no había con quién hacerla más, siempre estábamos solos; cuando terminaba el estudio me decía: «ándale, chamaco. Vamos a correr» y nos poníamos a darle de vueltas al parque hasta que el sudor nos bañaba, principalmente a él que estaba gordo. Una vez me preguntó si sabía manejar los resortes en todas sus formas, le conteste que sí y me invitó a su casa para que se los enseñara. Yo fui con él y allí me presentó a su esposa e hija, una chamaca de unos quince años que estudiaba en el colegio americano; me agradó y desde ese día el señor Vargas me tuvo como asiduo concurrente en su casa. Ella como nunca había tenido un novio, sin embargo, era coqueta, exhibicionista, pues le gusta lucir su cuerpo escultural rebosante de juventud.

Era como su padre, alta de estatura, pero bien proporcionada, formas irreprochables, su color moreno, sus ojos negros, su seno erguido, la hacía más atractiva… más, pues ella procuraba hacer resaltar todas esas cualidades.

A la semana de conocernos ya éramos novios, nos veíamos en el parque a la salida de sus clases, charlamos de cosas triviales, uno que otro beso furtivo y nada más.

─¿Cómo haremos para platicar más a gusto sin que nos vean?

─Pues muy fácil ─le dije─ aquí donde yo vivo, en la Hacienda de Guadalupe podemos estar a nuestras anchas.

─Pues vámonos allá.

Nos fuimos y la verdad era que esta mujer tenía una escuela amorosa como si hubiera tenido más edad. Allí dimos rienda suelta a todos los encantos del amor, nadie nos estorbaba; mas yo notaba que eso no le satisfacía, ella tenía deseo de algo desconocido, o más bien creo que tenía curiosidad por saber más, cosa a la que yo me hacía el sueco, en primer lugar por el escándalo y en segundo por su padre, que era mi amigo y había que ser leal con su amistad.

Yo procuraba no dar motivo a un fracaso, pero ella se impacientaba y hasta se enojaba conmigo, pues cuando yo me daba cuenta de que aquello tomaba color de hormiga pretextaba algo para irnos del lugar; pero un día en qué estábamos encerrados en el tenis, después de muchos besos me dijo:

─Severino yo quiero ser tuya, estamos solos nadie nos ve, cerré con llave la puerta de modo que nada temas.

─¿Y cuando tu padre lo sepa entonces no debo de temerlo?

─¿Y quién se lo ha de ir a decir?

─Tú, que una vez perdida te vayas a arrepentir de tus actos y entonces el amolado soy yo.

Sin embargo, era yo hombre, hubo un simulacro de posesión y hasta allí… fue medio, porque no volví con ella a la Hacienda

Viendo que era imposible que yo me doblegara a sus deseos principió a burlarse de mi poca hombría y de todos los recelos de que yo me valía para huirle, hasta que una vez cansado de tantas burras le dije:

─Conste que tú lo quieres no te vayas a hacer la chiquita, después cuando te venga el arrepentimiento y que si acaso se llega a saber algo seas tú la que tengas toda la culpa.

─No tengas cuidado, yo sabré defenderme en caso dado.

Nos encaminamos a la Hacienda y de allí al tenis. Nos encerramos por vía de precaución y allí se entregó a mí como por vía de sport. Fue una hora de prolongado placer, pues ella lloraba de placer en cada orgasmo, y salimos de allí, yo preocupado y ella feliz de haber saboreado lo desconocido.

Nuestras visitas al tenis se sucedieron cuotidianamente hasta que nuestros cuerpos hastiados pidieron una tregua, nos separamos por una nimiedad y yo me agarré a esa tregua como el náufrago a la tabla. Sentí que un gran peso se me quitaba de encima y ella se quedó tan conforme como si nunca me hubiera conocido.

Días después ya era novia de un amigo mío, el cual me preguntó que, si ella había sido mi novia y yo le contesté que no, que nunca me hubiera atrevido a tanto por ser amigo del señor Vargas, y quedó tan conforme que hasta más amable se volvió conmigo.

Como vivíamos en el mismo rumbo muchas veces nos llegamos a encontrar, nos saludábamos y hasta platicábamos de muchas cosas fútiles, pero nunca más recordamos todo lo que había pasado, que como ella me decía: «eso ya huele a muerto».

Solamente una vez, quizá nostálgica de placeres, me pidió que le llevara a pasear. Yo como hombre le concedí el gusto, al fin ya sabía qué clase de mujer era ella.

Por ese tiempo cambiaron a don Alberto a la división de Sonora y tuvo que abandonar Pachuca, me invitó a comer para despedirse de mí. Yo asistí y francamente debo de confesar que sentí tristeza por su despedida, era un gran amigo a pesar de la diferencia de edades.

Mi amigo, que rico era, casi se lo traga la tierra de dolor por la ausencia de ella y su padre que vio los trastornos que esto le causaba a su hijo el consentido, le dio el dinero necesario para que fuera por ella a Sonora y se casara si lo creía conveniente. Fue por ella y vino casado. Este cortó sus estudios, ella sufrió el primer descalabro porque se la llevó al rancho vivir, pues él tenía que trabajar para comer …

Con el tiempo, él se volvió borracho y con la sífilis que se cargaba hizo completa la desgracia de Lupe, que a gritos le rogó a su padre que viniera por ella, porque ya su esposo se había vuelto inaguantable.

Su padre vino por ella, se la llevó a Sonora y mi amigo murió de borracho.

No volví a saber de ella, ni ha menester…



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