martes, 16 de junio de 2020

18. La inteligencia te dará el triunfo...

Pachuca. Septiembre 14 de 1916.

Las fiestas patrias en la Escuela Normal, en tiempo de la señorita Hazas, hacían un ruido inusitado a las que asistíamos numerosos institutenses, no tanto con el fin de aprender algo, sino de ver a las muchachas.

Para demostrar sus conocimientos en idiomas, Teresa Silva recitó en inglés el monólogo de Hamlet y lo hizo con tal soltura y fluidez que mereció el aplauso del público, y principalmente mío que tuve la osadía de hacerlo de una manera particular.

Desde ese día me transformé en su sombra, pues a todas partes la seguía, hasta que la hice mi novia.

Su inteligencia clara, su educación esmerada, su facilidad de expresión y su sociabilidad, la hacían adorable para el que tenía el placer de platicar con ella.

Su inteligencia me abstraía de tal manera que nuestras pláticas se basaban siempre sobre tópicos educativos, de historia, geografía y de literatura, que era lo que más nos distraía.

Había pasado un mes y ni siquiera un beso había premiado a mi amor, ella no era partidaria de estas efusiones, ni siquiera me era permitido acariciarle la mano porque esto, según ella, era ridiculez.

Todas estas maneras de pensar fueron enfriando nuestras relaciones y con el pretexto de los exámenes deje de verla; aunque ella no dio por terminadas nuestras relaciones, sino que pacientemente esperaba el que yo tornarse a reanudarlas, como siempre.

La suerte me volvió a proteger, presenté mi año completo casi siempre a título de suficiencia, y con bastantes buenas calificaciones pasé de año. Hice gala de mis conocimientos en las sobremesas de mi casa, pero más que de eso, hice gala de mi cerebro que tenía la facultad de asimilar con facilidad todos los conocimientos del curso. Mi padre callaba y se alegraba con satisfacción, y que si no me perdonaba mis desvíos estoy seguro de que los dispensaba porque de su boca ya no salía ningún reproche. No tenía por qué decirme nada, porque según yo cumplía con mi obligación, máxime que siempre me desvelaba, al día siguiente me levantaba como siempre el cumplimiento de mis obligaciones.

Llegado el día último del año y encontrándonos arrancados de dinero, no encontrábamos una parte que nos invitaran a la fiesta de fin de año sin la correspondiente cuota. Para esto, ya nada más éramos dos los cuates de la palomilla, pues desgraciadamente nuestro amigo Armando Loza tuvo que trasladarse por cuestiones de negocios a la capital, así es que Ruperto y yo nos dimos a la caza de alguien que nos invitara.

Ruperto se acordó de que, en la casa de Teresa, mi novia, iban a hacer una fiesta a todo trapo, y que, hasta la marimba, cosa nueva aquí en Pachuca, iba a tocar. Yo no tenía cara con que presentarme a Teresa, puesto que la había cortado, pero mi amigo me convenció de que no habíamos terminado, que no había sido más que una tregua y que por consiguiente no teníamos más que el hacernos los encontradizos, así sabíamos a qué atenernos; pues así no nos exponíamos a que nos fueran a correr, que no sería la primera vez, pero no queríamos otra.

Nos plantamos en las calles de Guerrero, frente a la casa de ella, y a la vuelta y vuelta estuvimos desde las cuatro de la tarde hasta las seis en que ya impacientes íbamos a retirarnos, cuando la suerte nos protegió pues Teresa en persona salió a la puerta de su casa y con la alegría pintada en el rostro me saludo: «¡qué milagro!», «pues pasábamos por aquí y ya que tengo la suerte de verte me alegro de saludarte». «¿a dónde van?», «vamos a prepararnos para ir al casino a despedir el año», mi amigo me dio un pellizco. «¿y por qué no se vienen con nosotras? vamos a tener una fiestecita, no como la del casino, pero si ustedes quieren los esperamos». «Pues ni modo Teresita, ya estamos comprometidos», otro pellizco de mi amigo. «¿qué les cuesta venir aquí? ¡nos faltan muchachos!». En esos momentos salieron las otras amiguitas de ella y en coro nos rogaron que nos quedásemos de una buena vez. «Mejor miren…» les decía yo «un ratito allá y luego venimos acá». Entonces mi amigo no se pudo contener y dijo: «No se apuren muchachas, de mi cuenta corre que Severino y yo, y otros amigos más, venimos a despedir el año con ustedes». ¿Entonces los esperamos a las nueve?» «sí» le respondimos.

«Qué bárbaro» me decía mi cuate, «con tus impertinencias ya se me hacía que nos quedamos sin baile». «Hay que hacerse del rogar, mi amigo, mas en fin, ya está la fiesta en las manos, hay que avisarles a los demás amigos, nos vemos a las nueve de la noche en la puerta».

Fuimos muy puntuales, nos apoderamos del baile y de las mejores muchachas en detrimento de los que habían pagado su cuota y no tenían con quien bailar, hasta se rumoraba el corrernos, pero ellas se declararon en favor nuestro y amenazaron con pasar la noche en el patio de la casa con nosotros, y tuvieron que rendirse. Pasamos un fin de año como nunca.

Mis relaciones con Teresa se reanudaron, pero como ella ya se había recibido de profesora y su trabajo estaba listo en la capital tuvimos que despedirnos para no volvernos a ver más. Cuando yo terminé el instituto la volví a ver en México, pero ya sin amor. Después, es decir años más tarde, supe que aún era soltera y que seguía dedicándose al meritorio placer de la enseñanza.

Este amor, que puede llamarse científico, no dejó huellas en mi corazón más que el simple recuerdo de un deseo cumplido…


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