domingo, 26 de julio de 2020

Tú medio era la perdición… y te perdiste.

Pachuca. Febrero 2 de 1917

En la subida del Instituto, cerca del Mesón de Peregrinos, habitaba un viejo pianista al que por mal nombre apodaban el Borrego y este tenía una hija a la que por antonomasia le decíamos la borrega.

Esta chica era muy agraciada, tendría unos diecisiete años, su color moreno apiñonado, sus grandes ojos negros dotados de unas pestañas que causaban la envidia de muchas chicas y la hacían parecer adormidos, su cuerpo muy bien formado, en fin, que el conjunto era bonito por todos lados y desde luego atraía la mirada de todos los estudiantes que pasaban al Instituto.

Yo la había floreado de pasadita, pero nunca me había fijado en ella, ni los atractivos de que estaba dotada, hasta que una vez nos invitaron a una fiestecita en la que me encontré a la mentada borreguita. En esa fiesta escaseaban las parejas y no tuve más remedio que disfrutar de lo que había, hasta que en una de las piezas me tocó por turno con la del cuento. Supe que se llamaba Amalia y que no iba a la escuela cuál ninguna porque ya había terminado su instrucción primaria, pero a más de eso que yo le caía bien. Nos acomodamos tan bien que ya no nos separamos en toda la noche, al grado de que al terminar el baile ya éramos novios y nos despedimos de beso y todo.

Mi amigo del alma no se había quedado atrás y también había sacado su parte, su novia se llamaba Esperanza, con la fortuna de que era amiga de la mía y eso facilitaba el pretexto para nuestras entrevistas; pues ella, mi novia, iba a casa de Esperanza y le pedía permiso de ir a su casa y Esperanza al revés le pedía permiso a mi novia con el mismo pretexto.

Así se realizaban nuestras entrevistas sin el más leve contratiempo, nuestras novias se entendían muy bien, ellas eran las que arreglaban todo y nosotros no hacíamos más qué aceptar. Así caminaban las cosas, cuando un día Esperanza nos notificó que ya tenía dónde se efectuaren nuestras entrevistas para así estar a salvo de las miradas ajenas, y nos llevó a una casa de ella situada cerca de dos caminos. Era una casita arreglada con elegancia y confort, con un objetivo muy sospechoso y no me daba cuenta de por qué ella disponía de esa casa de esparcimiento. Empecé a sospechar de la conducta de Esperanza y de paso de Amalia que, aunque ella no me había hecho ninguna insinuación, no tenía ninguna protesta por el caso.

En un momento en que nos quedamos solos mi amigo y yo le hice notar mi extrañeza:

─¿Qué ya las muchachas no serán vírgenes que nos trae esta garçoniere?

─¿Y qué nos importa…?

─¡Pero sí es un cuarto para hacernos caer y que nos sorprendan!

─¡Tú siempre pesimista y miedoso! ¿qué nos pueden hacer? Tú y yo somos unos míseros estudiantes a los que no nos sacan un centavo ni volteándonos al revés, menos nos van a querer encadenar para que nos tengan que mantener.

─Tienes mucha razón, pues eres el libro abierto para el mal, ¿pero no te parece que tomemos nuestras precauciones? Busquemos una retirada estratégica y atranquemos bien la puerta.

─Ni mandado a hacer, mira aquel solar que da al cerro, por aquí y con nuestras buenas piernas no tenemos que temer a nadie…

Hay mujeres que nacen para la prostitución y estas eran unas de ellas, pues cuando volvimos de nuestro reconocimiento nos esperaban en bata de baño; nuestro temor se tornó en sorpresa y nuestra sorpresa en admiración, pues debajo de las batas no se vislumbraba más que el ropaje de nacimiento. El cuerpo escultural de Amalia, moreno, terso… lo admiré en todo su esplendor… ¡qué bella estaba! su pecho tan hermosamente formado lo besé hasta el cansancio y después… la virgen se había transformado en ramera…

Nuestras bacanales se prolongaron por espacio de dos meses y durante ese tiempo supimos que las madres de estas dos pobres chicas eran proxenetas, y que estaban haciendo propaganda para vender en subasta al mejor postor las primicias de sus hijas, primicias que ya no tenían puesto que nosotros habíamos disfrutado sin producto.

Tiempo después suspendieron nuestras entrevistas sin causa justificada aparentemente, pero la verdad fue que las madres se dieron cuenta de lo que estaban haciendo con nosotros y no las volvieron a dejar salir ni a la puerta por miedo que se les escapara el negocio de la iniciación; ¡pero qué optimistas! Ya llevaban por delante el desengaño a su avaricia de proxenetas ¡qué asco! no alcanzo a comprender que haya madres capaces de esas cosas, aunque viéndolo bien no se portaron con nosotros como cualquier hetaira si eso me demostraba que ya había nacido con la herencia corrompida en la sangre.

Hetaira

Sé bendita entre todas las mujeres

porque jamás tu seno concibió; porque eres

como piedra en el fondo de los mares caída;

porque no deja huella los besos de tus labios

y porque entre sus muslos elásticos y sabios

se pierde inútilmente la savia de la vida.

F. Villaespesa



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