lunes, 28 de septiembre de 2020

Masum: Inocente. Cuando una serie policiaca transmite más sensaciones que una simple investigación criminal.

La serie turca de Netflix es de lo mejor que he visto últimamente. Me refiero a mis gustos propios, no voy a entrar en lo que es bueno o es malo para otros. Esta es una serie de las que me atrevo a recomendar por muchas razones, una de ella es la de la transmisión de sensaciones que producen los personajes, más allá de la investigación policiaca. 

Los elementos familiares y sentimentales que se tejen en la historia me llevaron a empatizar con las enfermedades mentales tan negadas y sufridas por los propios familiares y estigmatizadas por nuestra sociedad. 

Respecto a la producción, actuación y dirección nada que añadir. La historia está llena de flashbacks y giros inesperados que hace que el estrés de la trama valga la pena. Desafortunadamente una serie así no podría adaptarse en México, pues como todo mundo sabe, aquí la policía es incapaz de resolver nada y la historia carecería de verosimilitud. 

Si Turquía siempre me ha parecido un país interesante, aunque no haya estado, con esta serie tengo un poquito más de prisa por cruzar el Bósforo.   



viernes, 18 de septiembre de 2020

22. Eras buena, pero el tiempo te hizo mala

 Pachuca. 22 de febrero de 1917.

En las tradicionales fiestas de San Francisco del año 1916 conocí a una mujercita que me llamó mucho la atención, me puse a perseguirla, pero me perdía entre el gentío, volví a encontrarla y cuando quería acercármele huía acompañada de dos chiquillos que le hacían el juego. Esa persecución duró casi todo el tiempo de la fiesta y no pudiendo atraparla, me fastidié dejándola por la paz.

Por el mes de enero de 1917 volví encontrármela en las en la calle,  su sonrisa coqueta me obligó a perseguirla nuevamente, pero me ganó en tiempo porque se metió a su casa en la calle Fernando Soto. Al menos ya sabía su domicilio.

Me di a la tarea de espiarla todos los días a una misma hora, pero no dio la oportunidad deseada para hablar con ella, lo único que me animaba eran sus miraditas por la ventana y una que otra asomada por la puerta, hasta que una vez en el Mercado de Barreteros la vi y sin que ella se diera cuenta ya estaba al lado de ella, y sin más ni más, con esa desvergüenza estudiantil le declaré lo mucho que yo la amaba, nada más se sonreía, pero no me contestaba nada a pesar de mis insinuaciones; yo estaba dispuesto a no retirarme hasta no obtener una respuesta fuera la que fuera. Subimos hasta las calles de Abasolo para bajar por Covarrubias y ya casi llegando a su casa me respondió que sí y me citó para el día siguiente a la misma hora. Cuando volví con mi amigo del alma le dije con rebosante alegría «¡ya estuvo manito envídiame!».

Así estuvimos por algún tiempo hasta que un primo suyo con un garrote en la mano me hizo correr y ya no la dejaron salir, pero yo estaba picado y por consejo de mi amigo nos disfrazamos de electricistas y pedimos en su casa pasar a la azotea para revisar unas líneas, los primeros días pasaron con felicidad, pero el pariente empezó a recelar de esos inspectores tan jóvenes que no podían terminar su revisión y, con un aviso oportuno de ella, no volvimos. Después solamente en la misa nos podíamos ver mientras su tía rezaba devotamente nosotros platicábamos irreverentemente, mas la señora se dio cuenta y ya ni eso pudimos hacer. Viendo la inutilidad de mis esfuerzos por verla la borré de mi lista y no volví a molestarme en buscarla.

Pasó el tiempo, cursaba el cuarto año de Medicina cuando una vez que entré a comprar pasteles a una dulcería-café llamada El Fénix, al pagar en la caja me encontré con la agradable sorpresa de que la cajera era nada menos que ella. Me recibió amablemente hasta que me rogó que la esperara pues ya se acercaba la hora de su salida, naturalmente que la esperé. Cuando salió y la vi de cuerpo entero me quedé asombrado al ver que la chiquilla de aquellos tiempos no quedaba nada y en su lugar había una mujer ¡pero qué mujer! la más bella que hasta entonces había conocido en la ciudad de México. Era en realidad una belleza despampanante que llamaba la atención hasta el más exigente, todo en ella era bonito, hasta el detalle más nimio era agradable.

Esa cara tan hermosa, posada en ese cuerpo estupendo, me hacía concebir en un plus ultra entre las mujeres: su cara de un blanco sonrosado, con unos ojazos azules con grandes pestañas, su nariz céltica remangadita, su boca diminuta, su cabello de un rubio ligero la hacían adorable y con ese cuerpo escultural la hacían deseable.

Después de los saludos de rigor y rememorar los antiguos tiempos me notificó que ya se había casado, pero qué debido a malos acuerdos se había separado. Así platicando llegamos a su casa, me pasó, me presentó a su madre y a su hermosísima hija: una encantadora chiquilla y como a mí siempre me han gustado los niños me puse a jugar con ella al grado que simpaticé tanto que cuando me despedía me decía papá.

Como su casa quedaba en camino al Hospital General, cada que me tocaba clase pasaba a visitar a la encantadora chiquilla, ya que no a su madre porque estaba en su trabajo y en donde yo evitaba el verla porque era un lugar para los que tenían dinero y yo no lo tenía; muchas veces le pedía permiso a la abuela y me prestaba a la niña para dar la vuelta y ella encantada con su papá postizo.

Ella me citaba para platicar, pero mis estudios no lo permitían porque si en Pachuca posponía el estudio por el amor, en México fue todo lo contrario.

Un buen día en que no tenía clases salir de mi práctica del Hospital Juárez y me encaminé con la intención de sacar la niña, llevármela Chapultepec, pero al llegar a su casa encontré con la nueva de que era día de su santo de su madre y ya no me soltó, me hizo tomar algunas copas fuera de mi costumbre y con eso me tuvo prisionero. Asistieron un montón de encantadoras chamacas, se bailó, se comió mole y en fin que la fiesta estuvo encantadora, máxime que de hombres era casi el único y las muchachas como es natural querían charlar conmigo, pero ella tuvo el buen tacto de limpiárselas todas, hasta que al dar las 10:00 de la noche no quedábamos más que ella y yo solos, porque la nena y la abuela ya estaban dormidas. Entonces hice el intento despedirme y ella con dulzura me dijo «nada de que te vas, ahora te quedas aquí conmigo». Y naturalmente obedecí.

Fue una noche de placer, fue una noche en que me sentí transportado a un paraíso en donde yo, únicamente yo, disfrutaba de las caricias de las huríes del profeta. Ella se entregó a mí con el fuego de primicias contenidas y mi juventud le concedió todo el complemento a sus deseos. Era una mujer adorable en todos los sentidos, al menos yo la consideraba así en aquel tiempo en que ofuscado por su belleza no veía en ella ninguno de los defectos de que padece toda mujer caprichosa como lo era ella, y el tiempo vino confirmármelo sin detrimento de mi bienestar.

Tuvo un hijo el cual, o más bien al parecer era mío y que su comportamiento ulterior me hizo dudar de esa paternidad; pues desde el embarazo tuvimos una vida de infierno y después de él vino lo peor, porque ella se volvió descarada y prostituida el grado de llegar con diferentes hombres a su casa.

Yo nunca la celé, porque no la quería y poco importa su comportamiento y sí tuvimos algún disgusto fue por causa del maltrato que ella daba a los chiquillos que ninguna culpa tenían que haber venido al mundo.

Yo quería demasiado este par de chiquillos y ellos respondían con creces mi cariño, de buena gana los hubiera adoptado si hubiera tenido quién los cuidará, pero yo era un hombre solo y vivía en compañía de mi hermano y otros dos compañeros.

Un día tuvimos un disgusto y a pesar de lo mucho que me dolió dejar a ese par de chiquillos no volví a verla ni siquiera a pasar por donde vivía ni por donde trabajaba.

Así pasó el tiempo y ya una vez médico recibí un telegrama en el que se anunciaba que el niño se moría y que ella no hallaba qué hacer con él, me presté de buena voluntad y cuando estuve junto a él me di cuenta de que se trataba de una difteria, que llevaba a una muerte segura al nene y así sucedió, murió por falta de cuidado de esa madre negligente, pues por andar con sus fechorías no se había dado cuenta de la gravedad del hijo.

«Ya pagarás todo el mal que has hecho a tus hijos porque nadie más que tú tienes la culpa de esta muerte» y no la volví a ver en mucho tiempo.

Hacía casi trece años que yo no veía a Elena la chiquilla que me decía papá y el día en que estuve presente ya no me conocía, ni siquiera se acordaba de mí.

De esa fecha, pasaron dos años y la volví a encontrar una fiesta, ella aún conserva mucho de su belleza, pero la hija la opacaba con sus quince abriles, ya era una preciosa chiquilla, sin la malicia de la madre y menos de sus costumbres, pues era recatada, inteligente, reservada, todo lo contrario de su madre que aún le quedaban arrestos para el mal.

Me la presentó en una manera muy correcta se puso a mis órdenes, no me conocía, ni yo hice la lucha para que me recordara.

También me vi comprometido a bailar con mi antigua amante, me hizo bastantes insinuaciones como queriendo reconquistarme, pero ya mi estado de casado no me permitió aceptar sus proposiciones y yo creo que ni aunque hubiera sido soltero habría vuelto a reanudar mi idilio con ella; de tal manera que quedé asqueado con su conducta que me parecía ver a cada instante todos los descalabros por los que pasé por ella.

Dos años más tarde la volví a encontrar por las calles de Camelia, me invitó a su casa y me hice el desentendido preguntándole por la chiquilla, volvió a repetir su oferta y la eludí con fútil pretexto y ella comprendiendo que yo hacía todo lo posible por evitar esa platica me dio entonces la noticia de que su hija se había casado bien y que luego la habían dejado en las cuatro esquinas pues su novio ha de haber sabido algo de su dudoso pasado y no quiso que la que era su esposa se enlodara con la antigua mala conducta de la madre.

Ahora ha pasado ya mucho tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella. ¿Se habrá muerto? ¡quién sabe! pero no es para mí más que una mala sombra del pasado tonto de mi vida estudiantil.


Olvido

Dicen que el que bien ama nunca olvida,

porque presa su mismo pensamiento,

lleva la imagen de la faz querida

que forma su ventura y su tormento.

Yo he querido una vez y aquel momento

que eternizar pensé, toda mi vida,

cruzó por mí, como huracán violento,

sin dejarme una huella ni una herida…

Bastó para lograrlo, únicamente,

alzar sobre la roca de mi orgullo,

mi firme voluntad, recia y potente,

Y cuando retornó la primavera,

de aquel nombre que fuera dulce arrullo

no recordaba la vocal primera…

                                            S.