lunes, 21 de diciembre de 2020

#unaNavidaddiferente

 Toque de queda

 Walter Arias

En ese año, las navidades no solo eran frías, sino que el ambiente concentraba la sensación de derrota de muchos que echaban de menos a sus seres queridos que no estarían para celebrar las fiestas. Las calles se encontraban vacías porque el gobierno, dos semanas antes, decretaba el toque de queda con tal de hacer frente a la ola de contagios de un nuevo virus respiratorio. Joaquín Villegas buscaba una callejuela, no tan fría, donde hubiese chimeneas para sentarse a comer un pan con mantequilla y jamón que le había dado una vieja caritativa a la salida de la iglesia. Desde hacía once meses que dormía en la calle y aquella noche en los refugios para indigentes no cabía ni un alma más.

Había apostado todo a ser escritor y fracasó; el banco se había quedado con su casa y él sin siquiera un amigo o un familiar que lo consolase. Estaba solo, aunque se decía a él mismo que el próximo año alguien iba a descubrir su talento y estaría rodeado de lujos, abundancia, admiradores, gente que lo reconocería a simple vista para pedirle su autógrafo. Pero, por ahora, debía tragar sapos y esperar a que pasara esa mala racha. Lo peor del virus era que la gran mayoría de la gente se había vuelto desconfiada y egoísta; y si él les contaba su historia, y su caída en desgracia, lo tildaban de loco al verlo con la ropa sucia y rota. Siempre se quedaba con las ganas de hablar cuando todo el mundo le rehuía.

Los adornos navideños iluminaban su paso y creía que esa noche él no existía para nadie, pues nadie lo veía. La ciudad callaba, sus habitantes estarían resguardados en casa por órdenes de las autoridades, hasta que escuchó unos gritos:

          ─¡Alto ahí! ─se giró y vio a un par de policías que venían hacia él. Apuró el paso sin perder la calma. Uno de ellos le asestó un golpe con su porra en un hombro. Joaquín Villegas gritó de dolor y del susto. Conocía el comportamiento de aquella policía asesina que tenía órdenes de limpiar la ciudad y más si se trataba de un estado de excepción. Corrió con todas sus fuerzas apretando en sus manos la bolsa con su comida. Sus perseguidores le pisaban los talones hasta que pudo esconderse tras una verja cubierta de maleza proveniente de los jardines de las casas ricas de la zona. La respiración se le escapaba y comenzó a toser. Los jadeos y la falta de aire lo hicieron desplomarse en la acera. Los uniformados vieron cómo se retorcía y parecía que se asfixiaba.

          ─Vámonos de aquí, compañero. ¡Dejemos a este muerto de hambre palmar solo! Seguro que tiene el virus. ─Ambos agentes se taparon la cara con la mano y lanzaron una mirada de asco. Al tiempo que se alejaban, Joaquín Villegas retomó energía y comenzó a correr de nuevo. Los policías se dieron cuenta y volvieron con las porras desenfundadas a cazarlo. Cuando sintió de nuevo que las piernas ya no le respondían y respiraba con más dificultad se dio por vencido. Iba a levantar las manos en señal de rendición, cuando escuchó que alguien lo llamaba con una especie de silbido. Un gran adorno iluminado en forma de Santa Claus, que se había desprendido de los cables, lo cubría de la vista de los perseguidores. Miró a su alrededor y entre una tubería larga y ancha de un edificio en construcción distinguió un par de ojos que brillaban con el reflejo de aquel Santa Claus caído. Sin pensarlo entró en aquel pasadizo y una mujer en harapos y con la cara llena de hollín le susurró:

          ─Aquí estarás a salvo. Este es un buen lugar para esconderse. ─Joaquín, poco a poco retomaba el aire y veía con más claridad a aquella mujer, de quien pensó que en algún momento de su vida pudo haber gozado de una vida digna.

          ─¿A ti también te ha perseguido la policía? ─la cuestionó. Ella asintió y dejó ver su pelo sucio y las manos negras de tierra con la penumbra. Se adentraron hasta donde la luz del Santa Claus ya no se colaba─. ¿Desde cuándo vives en la calle?

          ─Ya no recuerdo ─dijo ella.

          ─¿Sabes que hay un virus contagioso y que hay toque de queda en todos lados? ─continuó él.

          ─No sé nada. Hace mucho tiempo que no sé nada.

          ─¿Pero sabes que esta noche es Noche Buena? ─Ella lo miró con indiferencia─. No tienes por qué estar triste. Yo también estoy solo en esta ciudad.

          Joaquín sacó el pan con mantequilla y jamón y lo partió en dos. La chica tomó un pedazo y comenzó a devorarlo. Él la miraba mientras también comía su parte. Al menos les quitaría un poco el hambre de esa noche.

          ─ Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Joaquín Villegas, soy escritor, solo que nadie me cree. Lo perdí todo, porque así es este mundo: fariseo, injusto, prosaico e incomprensivo. Aunque estoy seguro de que el próximo año todo cambiará y alguien reconocerá mi talento. Ya verás, todo será mejor, te sacaré de esta miseria en la que estamos ahora mismo y serás mi secretaria. ─Ella lo miraba con humedad en los ojos─. Porque sabes leer y escribir ¿no? ¡No me mires así, no soy un demente! ─dijo gesticulando con las manos─ ¡Feliz Navidad querida amiga! o más bien, ¡feliz Nochebuena! ─Los dos sonrieron mientras masticaban el último bocado de su cena navideña.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Fragmento: El estampado perfecto

 

 

PRÓLOGO

 

 

F

rancisco Iglesias i Capdevila conoció a su hijo, el Francisquet, dos semanas después de que Josefa Vila lo diera a luz. Fue en abril de 1785 cuando Francisco viajó desde Cádiz a Barcelona para el bautizo en el templo de Sant Just Pastor. La suavidad de la primavera mezclaba la humedad con las brisas saladas que daban un aroma particular a su ciudad que no tenían otras; los viandantes habían dejado la ropa de lana y comenzaban a lucir las prendas de algodón.

Aún no se cumplía un año de la muerte de su padre Oleguer Iglesias, el estampador de indianas que durante décadas había pintado telas de algodón y lino, y de la aparición de aquel italiano en el velorio, que se había convertido, sin saberlo, en la primera señal por la que Francisco Iglesias dejaría su natal Barcelona para siempre.

 

  

                                               


                                               

PRIMERA PARTE


Capítulo I

F

ue entrado el verano cuando los cuerpos sudorosos cargaban el ambiente de aromas agrios y tristes. La calle de las Trenta Claus estaba oscura y desierta. Olía a maderas y a agua estancada. Francisco y sus hermanos se consolaban mientras la madre sollozaba y los vecinos compartían su dolor. El italiano miraba la reunión desde la puerta e incomodaba a Francisco y este vigilaba sus manos huesudas que sostenían el sombrero de ala ancha que se había quitado ante el dolor de la muerte. Francisco se acercó a su hermano mayor, Oleguer el más ecuánime de los tres, y le señaló con la cabeza al extraño aquel. El primogénito dio un paso adelante y cruzó la mirada por segundos con los ojos verdosos del visitante.

─¡Vete con mi madre! ─ordenó─. Una mezcla de confusión y miedo se apoderó de Francisco quien abrazó a su madre y a Antón, el menor de los hermanos, viendo al primogénito descender por las escaleras junto con el extraño del sombrero.

─¿Cómo se atreve a venir aquí, precisamente hoy? ─dijo Oleguer ya en la calle.

─No tenía opción ─respondió con acento lombardo.

─¡Le pagaré todo lo que se le deba, pero ahora márchese!

Dificile… debo llevarme alguna garantía o mi amo se picará conmigo.

─¿Qué quiere? ─empuñó las manos sudorosas.

─El acta de propiedad de la fábrica, por ejemplo ─contestó con seriedad el italiano.

─¡Imposible! ¿No basta con mi palabra? ─Oleguer mostró rabia y presentía que no se quitaría de encima los problemas económicos tan fácilmente.

─Las palabras no son suficientes para un maltés. Si no, dígamelo a mí, que las palaras me sobran ─dijo con sorna.

─Le juro que pagaremos. Venga mañana cuando mi madre no esté, no quiero preocuparla.

No signore, esta noche parto y no puedo dejar a mi patrón con las manos vacías. ─El lombardo sacudió su bolsa llena de monedas. Oleguer sacó de su faja varios pesos fuertes venidos de las Indias. Cogió la mano del lombardo y se las puso cerrándole los dedos.

─¡Oh, signore! Grazie, aunque a DePauli le gusta la plata, él espera algo mucho mayor ─exclamó guardándose las monedas para él.

─Le daré más si me ayuda a negociar con DePauli ─suplicó Oleguer.


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miércoles, 16 de diciembre de 2020

 

Quédate en esos caminos

(Relato)

 

Walter Arias

 

Llevaba varias noches soñando con lo mismo. Era como si su memoria se hubiese convertido en un mar sin profundidad, en el que las gaviotas se lanzaban en picada para pescar los recuerdos sin dificultad. Cada mañana, Manelic despertaba sin atreverse a buscar a quien fue su amor platónico de la adolescencia. Una tarde, cuando no dejaba de pensar en ella, se fue a la calle a verse con Ismael, su cómplice de batallas perdidas y, hasta cierto punto, su terapeuta de vida.

Era diciembre. A las siete de la tarde todo estaba oscuro y frío; parecía la una de la madrugada si no fuera porque había gente paseando y los bares y restaurantes estaban llenos. Ismael lo esperaba leyendo el periódico en una de las mesas junto a la ventana, la bufanda le cubría casi hasta la boca y su respiración provocaba vaho que Manelic confundió con un cigarrillo.

─Buenas tardes, compañero ─dijo Manelic mientras acomodaba la silla frente a su amigo quien por su parte había cerrado el periódico y le sonreía con fraternidad.

─Pues, aquí estamos… Aguantando el frío, no podemos aislarnos en nuestras casas sin enloquecer.

─Te agradezco que vinieras. Como te adelanté por teléfono, llevo tiempo soñando con ella. En la escuela nunca me atreví a decirle nada, siempre estaba escoltada por sus amigas y de vez en cuando aparecía el novio al que yo veía como un ser amenazante con solo su presencia.

El mesero se acercó y con «precisión», llenó de café la taza de Ismael sin derramar gota en el mantel impoluto, al tiempo que Manelic pedía lo mismo para él. El ruido de voces, risas y cristales distrajeron la conversación; ambos miraron el ambiente del local: una mezcla de parroquianos asiduos con jóvenes estudiantes que buscaban un sitio donde merendar. A pesar del movimiento y la vida en la cafetería, a Manelic le parecía un lugar gris.

─¿Esa edad tenías cuando te enamoraste de ella? ─preguntó Ismael señalando con la cabeza a un muchacho con gafas.

─No, más joven. Si mal no recuerdo, yo tendría unos catorce o quince años. Ese que señalas tendrá por lo menos veinte y tiene cara de haber sido más espabilado que yo en ese aspecto. Seguro que nunca se quedó con las ganas de decirle a alguien que se quedase con él o que invitara a salir a la chica en cuestión. ─Se lamentó Manelic moviendo la cucharilla de su café.

─¡Uy! Te veo mal, amigo mío. ¿De veras crees que eres el único desgraciado que ha sufrido por un amor platónico? A quien mires. Te aseguro que todo el mundo ha pasado por lo mismo, inclúyeme a mí, por supuesto. ─Ismael tomó un sorbo más de su café─. Bueno, cuéntame más de ella. ─Las manos de Manelic se posaron en los bolsillos de sus pantalones, se estiró hacia atrás apoyado en el respaldo de la silla y continuó:

─Cuando salimos de la secundaria, yo estaba solo. No quise que fueran mis padres a la ceremonia y fui el primero en salir de aquel evento para comprar la fotografía de ella, que hasta la fecha la conservo.

─O sea que cuando sus padres fueron a buscar la foto de su hija alguien se la había llevado… ¡menudo pillo! Menos mal que no eran estos tiempos, porque de lo contrario pensarían que un acosador estaría acechando a la chica. ─Ambos rieron y Manelic agradeció que su amigo le sacara una sonrisa.

─Luego por la noche, en la discoteca, la observé con la típica mirada del cobarde, es decir, no me atreví a pedirle que bailara conmigo y me quedé con la sensación de la derrota sin haber siquiera hecho el esfuerzo. Quizás me hubiera rechazado, quizás estaba su novio allí, quizás…─Ismael negó con la cabeza, desaprobaba las palabras de su amigo─. Al terminar la noche salimos y llovía un poco. Mientras esperaba un taxi junto con mi vecino la vi salir y perderse en la penumbra. ¿Conoces la canción de A-ha «Stay on these roads»?

─¡Claro que sí, era el mismo título del disco!

─Pues esa canción la relaciono con aquella noche. En mi cabeza sonaba cuando la vi desaparecer. Hasta la fecha si la escucho me transporta a ese momento. ─Manelic hizo la seña para que el mesero le sirviese más café─. Una escena cargada de nostalgia y de tristeza, sin duda. ¿Pero sabes qué? Me gusta recordar ese momento exacto.

El mesero trajo café para los dos amigos y tras agradecerle volvieron a su charla.

─¿Y luego? ¿Qué pasó con ella tras todos estos años? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Después le perdí la pista… al menos eso creo. No recuerdo haberla visto o hablado con ella en los años siguientes. Posiblemente mis pensamientos estaban en otros lugares y con otras personas. Ya sabes, bachillerato, chicas, amigos, etcétera. ─Ismael levantó una ceja, se acarició las barbas ralas y con una seña le hizo saber a Manelic que tenía que seguir con la historia─. Pues así pasaron veintidós años hasta que la volví a buscar gracias a una reunión de ex compañeros de la secundaria.

─¿Veintidós años? ¡Más vale tarde que nunca! ─ironizó Ismael.

─Ya… La encontré divorciada y con dos hijos, ¡Seguía tan guapa o más, de como la recordaba! ─La expresión de Manelic le iluminó la cara e Ismael se alegró al ver cómo irradiaba ilusión─. Quedamos de vernos en un lugar para tomar un café.

─¡Muy bien! ¿Y luego qué pasó? ─Ismael seguía intrigado con la historia.

─Sufrí un accidente muy estúpido: me rompí el metatarso del pie derecho, la boca y un ojo me quedó como de boxeador tras un nocaut. ─Ismael se llevó la mano a la cabeza y cerró los ojos─. Aún así fui a la cita, aunque mi cara parecía un mapa, me dolía todo. Llegué al lugar acordado, pedimos algo de beber.

─Espero que le hayas hablado de tus triunfos, de tus últimos escritos, de ti mismo… porque te apuesto que ella quizás estaba pensando en esa cita, en un amor nuevo que esperaba aquella misma tarde, o mañana, no sé qué sería… ─adelantó Ismael. Manelic sonrió y dijo:

─Era de mañana, sí… y en medio del silencio hubo una frase y nos cogimos de la mano. Ismael, sentí que todo el pasado y las injusticias de la vida se habían reconciliado en ese momento. Mi mano y la suya temblaban. Transmitíamos una sensación de electricidad que se colaba hasta nuestras entrañas, al menos en mi caso, espero que en el de ella también.

El mesero interrumpió la conversación con el aviso de que dentro de veinte minutos cerrarían y podían aprovechar para pedir más café o ya les traía la cuenta. Ambos comprobaron que aún podían rellenarse sus tazas y pidieron además la cuenta.

─Vaya, este mesero nos ha cortado la charla ─dijo Ismael─. Bueno, ¿y luego qué pasó? ¿hubo algún roce más? ─sonrió con picardía.

─Un beso al despedirnos, pero…

─¿Pero?

─Mis heridas en la boca no me permitieron más, por lo que aquello merecía una segunda cita.

─No me digas que ya no hubo más citas… ─reprochó Ismael. Manelic agachó la cabeza y se encogió de hombros para mostrar su resignación.

─Ya no, Isma. Quizás fue mejor así. Las circunstancias de la vida nos llevaron por caminos similares, aunque paralelos.

─Recuerda que la excusa más cobarde es…

─Culpar al destino, sí, lo sé…

El mesero volvió con la cuenta, ellos pagaron los cafés y miraron que la cafetería estaba ya desierta.

─Te aseguro que si todos en este lugar hubieran escuchado lo que me estabas contando a mí se hubiesen quedado hasta el final. Porque les recordarías algo así de sus vidas.

Ambos salieron y el frío los sorprendió. De inmediato se acomodaron los guantes, se enrollaron las bufandas en el cuello y cubrieron sus narices. En la calle no se veía ni un alma. Pasó un coche y Manelic creyó que era ella quien lo conducía… imposible, estaban en ciudades lejanas.

─Oye, Manelic ─dijo Ismael poniéndole una mano en el hombro─ por cierto, ¿cómo se llama? Solo me has hablado de «ella»; nunca has mencionado su nombre.

─Liz Jiménez. Llamémosla así.

─¿Por qué no la buscas de nuevo?

─Porque soy un cobarde y no me atrevo a empezar de nuevo ─dijo Manelic sin titubear.

─Pues si es así, chico, seguirás teniendo esos sueños donde triunfas y cuando despiertas te das cuenta de tu fracaso. ¡Al menos pide un deseo cuando haya lluvia de estrellas!

─Quizás, Ismael… quizás un día de estos las cosas cambien y esos sueños se hagan realidad sin tener que hacer daño a terceras personas.

─¿A qué te refieres con terceras personas? ¿Hay algo que no me has dicho? ¿estás con alguien?

Ismael vio cómo la silueta de su amigo se desvanecía entre la oscuridad y la borrasca hasta perderlo de vista. Él encendió un cigarrillo y lo fumó hasta entrar en casa. En el salón buscó Stay on these roads, lo puso en el tocadiscos y comenzó a escribir una historia en la que el final fuese feliz para Manelic.      


Pd. Algunas líneas y diálogos fueron tomados de Ismael Serrano en sus canciones: "Para médicos y amantes" y "amores imposibles".