viernes, 18 de diciembre de 2020

Fragmento: El estampado perfecto

 

 

PRÓLOGO

 

 

F

rancisco Iglesias i Capdevila conoció a su hijo, el Francisquet, dos semanas después de que Josefa Vila lo diera a luz. Fue en abril de 1785 cuando Francisco viajó desde Cádiz a Barcelona para el bautizo en el templo de Sant Just Pastor. La suavidad de la primavera mezclaba la humedad con las brisas saladas que daban un aroma particular a su ciudad que no tenían otras; los viandantes habían dejado la ropa de lana y comenzaban a lucir las prendas de algodón.

Aún no se cumplía un año de la muerte de su padre Oleguer Iglesias, el estampador de indianas que durante décadas había pintado telas de algodón y lino, y de la aparición de aquel italiano en el velorio, que se había convertido, sin saberlo, en la primera señal por la que Francisco Iglesias dejaría su natal Barcelona para siempre.

 

  

                                               


                                               

PRIMERA PARTE


Capítulo I

F

ue entrado el verano cuando los cuerpos sudorosos cargaban el ambiente de aromas agrios y tristes. La calle de las Trenta Claus estaba oscura y desierta. Olía a maderas y a agua estancada. Francisco y sus hermanos se consolaban mientras la madre sollozaba y los vecinos compartían su dolor. El italiano miraba la reunión desde la puerta e incomodaba a Francisco y este vigilaba sus manos huesudas que sostenían el sombrero de ala ancha que se había quitado ante el dolor de la muerte. Francisco se acercó a su hermano mayor, Oleguer el más ecuánime de los tres, y le señaló con la cabeza al extraño aquel. El primogénito dio un paso adelante y cruzó la mirada por segundos con los ojos verdosos del visitante.

─¡Vete con mi madre! ─ordenó─. Una mezcla de confusión y miedo se apoderó de Francisco quien abrazó a su madre y a Antón, el menor de los hermanos, viendo al primogénito descender por las escaleras junto con el extraño del sombrero.

─¿Cómo se atreve a venir aquí, precisamente hoy? ─dijo Oleguer ya en la calle.

─No tenía opción ─respondió con acento lombardo.

─¡Le pagaré todo lo que se le deba, pero ahora márchese!

Dificile… debo llevarme alguna garantía o mi amo se picará conmigo.

─¿Qué quiere? ─empuñó las manos sudorosas.

─El acta de propiedad de la fábrica, por ejemplo ─contestó con seriedad el italiano.

─¡Imposible! ¿No basta con mi palabra? ─Oleguer mostró rabia y presentía que no se quitaría de encima los problemas económicos tan fácilmente.

─Las palabras no son suficientes para un maltés. Si no, dígamelo a mí, que las palaras me sobran ─dijo con sorna.

─Le juro que pagaremos. Venga mañana cuando mi madre no esté, no quiero preocuparla.

No signore, esta noche parto y no puedo dejar a mi patrón con las manos vacías. ─El lombardo sacudió su bolsa llena de monedas. Oleguer sacó de su faja varios pesos fuertes venidos de las Indias. Cogió la mano del lombardo y se las puso cerrándole los dedos.

─¡Oh, signore! Grazie, aunque a DePauli le gusta la plata, él espera algo mucho mayor ─exclamó guardándose las monedas para él.

─Le daré más si me ayuda a negociar con DePauli ─suplicó Oleguer.


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